Capítulo 8
八
Tres días antes de San Juan
Las calles están vacías mientras sigo a Bernhardt. Ni un coche, ni una bicicleta. Solo sus pasos que resuenan contra la piedra mojada.
Estamos en una de las zonas más caras de Shanghái. Villas rodeadas de setos, farolas con luz amarilla, silencio propio de un convento. Los bares y cabarés han quedado atrás. No entiendo por qué ha elegido este sitio para sus negocios. Demasiado limpio, demasiado visible.
Cada cruce me parece una emboscada.
Es la primera vez que hago algo así. La sensación es emocionante, sí, pero también aterradora.
Debo enfrentarme a la realidad: no estoy preparada para ser espía.
Es un milagro que Bernhardt no me haya descubierto, más aun habiéndome presentado en el Paramount.
¿Qué puedo decirle si me reconoce? No hay excusa posible.
Y entonces ¿qué? ¿Sacará un arma y me matará?
Me escondo donde puedo. Bajo un toldo, tras un árbol, pegada a la entrada de una tienda cerrada. Me muevo cuando él se aleja. Me detengo si aminora. El cuerpo actúa solo. No hay estrategia, solo instinto.
En un momento dado, se gira. Lo hace rápido, como si supiera que estoy aquí.
Me quedo helada. Los músculos se tensan. La piel se eriza. El pecho se me cierra como si alguien hubiera echado la llave por dentro. Me aplasto contra la pared. No respiro, no pienso. Solo puedo escuchar el zumbido en los oídos y, al poco tiempo, el leve clic de sus zapatos al girar.
Dios.
Pasan los segundos y Bernhardt vuelve a andar. Suelto el aire sin darme cuenta. Me tiemblan las rodillas.
No debería estar aquí. No soy espía. Ni siquiera soy valiente.
Me va a oír. Me va a ver.
Me va a matar.
Y, sin embargo…, hay otra cosa. Algo eléctrico. Vivo. Esto no tiene sentido, estoy desvariando.
Llegamos a una torre oscura de ladrillo gris, altísima, más alta que todo lo que la rodea. Se alza como un dedo que señala al cielo, como si no quisiera pertenecer del todo a esta ciudad. La fachada parece cerrada, pero dentro hay movimiento. Es el hotel Park.
Bernhardt entra sin detenerse.
Lo sigo con la mirada. Trago saliva. Sé que la noche no ha terminado, que lo más difícil aún no ha empezado.
Le sigo al interior.
El vestíbulo es circular, con suelo de mármol tipo tablero de ajedrez y lámparas a media luz.
No es grande. En los sillones hay algunos clientes conversando en voz baja.
Dos mujeres fuman junto a una columna. Un camarero bosteza.
Todo parece suspendido. Últimos gestos antes del sueño. O de continuar la noche de otra manera.
Bernhardt atraviesa el vestíbulo, saca una llave del bolsillo y sube al ascensor sin mirar a nadie.
Yo me detengo. Necesito un momento. Reprimo el temblor de las manos. El aire está frío como una cámara. No sé cómo consiguen siempre esta temperatura de morgue. Se me eriza la piel del cuello. Abro el bolso, con cuidado. La cámara sigue ahí.
Tengo que continuar. Sé que aún puedo conseguir más.
Me dirijo al tocador. Con manos temblorosas, me retoco el maquillaje y me ajusto el vestido. Sonrío, tratando de resultar seductora. No lo logro. Parezco un payaso con esa sonrisa impostada.
Regreso a recepción, moviendo absurdamente las caderas en un intento de parecer más voluptuosa.
—El señor Bernhardt me está esperando —digo con voz firme, aunque siento un nudo en el estómago.
El recepcionista chino me dirige una mirada lujuriosa que me hace sentir sucia, como si me hubiera cubierto de babas. Tras una pausa, revisa el registro y me comunica que el número de su habitación es el 407.
Me despido con una sonrisa forzada. Él no aparta la mirada de mi pecho. Cerdo.
Me resguardo en el vestíbulo y procuro decidir qué hacer a continuación. Respiro profundamente, intentando calmar el temblor de mis manos. Sé que es una locura, pero no puedo irme ahora. Tengo que ver qué hace Bernhardt, asegurarme de que está solo y averiguar qué demonios está tramando.
Camino hacia el ascensor con pasos que intento mantener firmes, aunque el corazón me martillea con fuerza en el pecho. Un mozo está de pie junto a las puertas, vestido con un uniforme impecable. Hago un gesto con la cabeza, casi sin mirarlo para que no pueda reconocerme después.
—Cuarta planta, por favor.
El chico asiente y pulsa el botón. Las puertas se cierran despacio, pero, justo antes de que lo hagan, un brazo se interpone y las detiene.
Levanto la vista, sorprendida. Un hombre bajo y corpulento entra con paso seguro.
Lleva un sombrero oscuro y un abrigo que parece demasiado grueso para el calor húmedo de Shanghái.
—Cuarta planta —dice, más como una orden que una petición. Su voz es grave y autoritaria, con un marcado acento alemán.
Se me revuelve el estómago. Mientras el ascensor comienza su ascenso, trato de mantener la compostura y evito mirarlo directamente, pero hay algo en su rostro que me resulta familiar.
Por supuesto. Es Hermann Kriebel, el cónsul alemán en Shanghái, un hombre que no se prodiga en los actos sociales y que no suele frecuentar lugares de alterne.
¿Habrá venido a ver a Bernhardt? Recuerdo la foto que encontré en un periódico alemán, en la hemeroteca del Weekly , que mostraba a Bernhardt y a Kriebel juntos.
Se conocen.
El ascensor se detiene con un leve temblor. Las puertas se abren y Kriebel sale con paso decidido. Yo dudo un instante, luego finjo buscar algo en mi bolso antes de seguirlo, manteniéndome a una distancia prudente.
Lo veo detenerse frente a una puerta: la 407.
Toca el timbre, y un instante después aparece Bernhardt. Desde mi posición, apenas puedo distinguir las palabras que intercambian, pero hay algo que no puedo pasar por alto. Sus voces resuenan claras por todo el pasillo.
— Heil Hitler!
La puerta se cierra y yo me quedo congelada.
Mi mente trata de procesar lo que acabo de ver.
No creo que Hermann Kriebel haga visitas consulares a domicilio en medio de la noche.
Hay algo más. Una línea invisible que une a Johannes Bernhardt con el cónsul alemán, y a su vez con el amante chino de Asier, el misterioso Wu T’ung-wen… y mi amigo Miguel.