Capítulo 7
七
Un año antes
El viaje desde Gernika resultó la hostia de difícil.
Había elegido Shanghái porque, en teoría, el frontón estaba de moda.
Al parecer a los chinos les encantaba todo lo que sirviera para apostar, o eso leyó en el periódico antes de embarcarse en aquella huida.
Habían publicado una entrevista con Teodoro Jáuregui, el jefe de los pelotaris y capitoste de la comunidad vasca en Shanghái. Las palabras se le quedaron grabadas:
«Aquí todo va bien, muy bien. Los pelotaris están muy contentos, pues ganan sueldos magníficos y ahorran mucho.
Contaminados del barullo comercial que reina aquí, se dedican casi todos ellos al comercio, y se han establecido con cafés, tiendas de modas, y —¡pásmate!
— uno de ellos ha montado un magnífico gabinete de belleza».
No lo dudó. Aquel guardia civil se lo había dejado claro: incluso después de cantar, o se marchaba de España o iba a la cárcel.
No había otra. Y estaba seguro de que, en Shanghái, encontraría trabajo en el equipo de hai alai .
Lo del gabinete de belleza incluso le dio cierta esperanza de encontrarse con una ciudad más liberal, más moderna que su pueblo.
Dejó atrás Gernika con un nudo en el estómago.
El viaje se alargó más de lo previsto y cada escala no hizo sino confirmarle que no había vuelta atrás.
Primero Barcelona, donde se sintió un paleto.
Después Marsella, donde empezó a desempolvar el poco francés que había aprendido en el colegio.
Se dedicó a chapurrear con marineros, putas y vendedores, y descubrió que con descaro y una sonrisa se podía salir adelante en casi cualquier idioma.
Por fin consiguió un billete de tercera clase en un buque que hacía el trayecto hasta Shanghái.
Compartía camarote con otros cinco emigrantes, cada uno de un país y con una historia más disparatada.
Todos hablaban por los codos, cada uno en su idioma, de día y de noche…
, menos Jakob, un alemán de aspecto taciturno que apenas abría la boca.
Quizá por eso trabó amistad con él. Fue el único que se tomó interés por él.
Hasta le regaló un librito de tercera mano de inglés para viajeros que Asier se estudió de memoria como si fuese el catecismo.
Jakob sabía escuchar y, aunque al principio la comunicación no fue fácil, al final le contó algo de su historia.
Era judío y había logrado escapar de Berlín para iniciar una vida mejor en la lejana Yunnan, un paraíso tropical en el sur de China.
Shanghái sería solo su primera parada. El puerto de entrada a su nueva vida.
Asier se identificó con él de inmediato. Jakob también se había visto obligado a huir de su país por ser quien era. Igual que él.
Pasaron por Alejandría y por el canal de Suez, y después cruzaron el mar Rojo y el océano Índico.
Cada escala fue una nueva prueba. Bombay, con un calor propio de los altos hornos de Vizcaya y un bullicio sin fin, con sus olores imposibles, con marajás y leprosos que iban por la misma calle.
Colombo y Singapur, donde por primera vez se dio cuenta de que aquel viaje no tenía vuelta atrás.
Al fin llegaron a su destino. A pesar de todo, Asier iba cargado de ilusión.
Tenía planes para alquilar una habitación con Jakob mientras ambos lograban ponerse en pie en el nuevo mundo.
Pero, antes de nada, tenía que ver a Jáuregui, de modo que se plantó en el Auditórium el mismo día de su llegada.
El lugar le pareció enorme comparado con cualquier edificio de Gernika.
La fachada era más bien simple, sin los adornos que esperaba ver en una ciudad tan moderna como Shanghái.
Aun así le resultó imponente, una especie de refugio para todos los que aman la pelota vasca tan lejos de casa.
Nada más entrar, se encontró en un vestíbulo más grande que cualquier taberna de su pueblo, con fotos de pelotaris colgadas en las paredes.
Reconoció algunos nombres, o creyó reconocerlos.
Un par de hombres conversaban en voz baja cerca de la pared y callaron al verlo pasar.
El suelo de madera crujía bajo sus pasos, igual que las tarimas viejas de la iglesia de Gernika.
La cancha se abría al fondo, larga y pulida, con gradas de madera a los lados.
Se imaginó el eco seco de la pelota golpeando contra el frontis.
Todo estaba demasiado limpio, demasiado ordenado.
En un rincón había un pequeño bar, vagamente familiar y, al mismo tiempo, fuera de sitio.
Aun así, durante un instante, tuvo la tentación de pensar que quizá allí podría encajar.
Decidió ir directo al grano y preguntó al camarero por Teodoro Jáuregui. Se trataba de un hombre mayor, con el cuerpo machacado por años de jugar a pelota, que enseguida se ofreció a llevarlo a la oficina del jefe.
Había tenido suerte. O eso creyó. Imaginaba que un paisano lo acogería con los brazos abiertos en un lugar tan lejano.
Pero no fue así.
—No hay ningún hueco en el equipo —le dijo.
—Y… perdone…, ¿no sabrá usted de algún otro empleo? Leí su entrevista, sé que muchos pelotaris han abierto negocios aquí. Puedo trabajar de cualquier cosa mientras aparece algo mejor.
—Preguntaré a los compañeros, pero no te hagas ilusiones. Está todo muy difícil. Y procura no dar el cante: aquí se nota enseguida quién viene a buscar trabajo… y quién busca otra cosa.
Asier no pudo dejar de preguntarse si las noticias del asunto habrían llegado hasta Shanghái.
El asunto, «aquello» que le destrozó la vida.
Se había ido al otro extremo del mundo para escapar del escándalo y recuperar la libertad, solo para encontrarse con otro muro.
Jáuregui incluso le sugirió que usara su nombre castellano, Adán, en lugar de su nombre vasco.
Al parecer, la comunidad española en la ciudad no apreciaba a los vascos «que van de diferentes».
Durante los siguientes días, Asier se dedicó a vagar de un lado a otro en busca de cualquier tipo de trabajo: albañil, camarero, peón, lo que fuera.
Pero nadie quería contratarlo. Los días se hacían largos y duros, y las noches, aún más.
Menos mal que al menos tenía a Jakob y un techo bajo el que dormir.
Pero su compañero tenía sus propios problemas.
Shanghái no era el paraíso con el que soñaba.
Los japoneses lo complicaban todo. Y Yunnan quedaba lejos, muy lejos.
Cuando se le acabaron las ideas para encontrar empleo, recurrió a la cerveza. Enseguida se le acabó el dinero y no pudo comprar más, así que acabó en uno de los tugurios de Blood Alley. Había oído que, a cambio de un «favorcito», algunos hombres te daban de fumar yen shee , el opio de los pobres.
Durante días no había hecho otra cosa: fumar y hacer favores, hacer favores y fumar.
La cabeza le flotaba en una neblina densa que no le dejaba ver lo que había alrededor.
Lo habían echado del tugurio: estaba demasiado ido para seguir con los favores, así que se había ido a tumbos hasta el Sacré Coeur, donde terminó con el culo en el suelo.
Miró a las monjas. No tenía otra cosa que hacer, ninguna opción mejor. Dejar pasar la vida, sin esperanza, sin expectativa. Llevaba apenas una semana en la ciudad y ya sentía que el mundo se le venía encima.
En ese momento, una mujer pasó frente a él. Su figura era una silueta recortada contra las luces de la calle, pero sus ojos, oscuros y penetrantes, se fijaron en los de Asier. Se detuvo y lo observó con intensidad. Tras un momento de silencio, se inclinó hacia él y le habló con voz suave.
—Te he visto antes. ¿Estás bien?
Asier levantó la mirada. El yen shee le impedía enfocar con claridad. Negó con la cabeza, lo cual aumentó su sensación de mareo.
—No conozco a nadie en Shanghái. No soy nadie aquí. Podría desaparecer y a nadie le importaría.
La mujer frunció el ceño y negó con la cabeza, como si rechazara la idea misma de sus palabras.
—Ya sé de qué te conozco —insistió ella—. Salías a toda velocidad de esa sombrerería, La España, y tropezaste conmigo. Se me cayó una carpeta con fotografías y me ayudaste a recogerlas, me pediste mil perdones.
Asier recordó.
—Lo siento. Espero no haberla lastimado.
—No, no, en absoluto… ¿Dónde ibas con tanta prisa?
—No llevaba prisa. Estaba enfadado. Había ido allí a pedir trabajo y…, bueno, se rieron en mi cara. Me molestó bastante. Llevo una semana buscando empleo, pero me han dado con la puerta en las narices en todas partes.
La mujer sonrió.
—Quizá no das el tipo para trabajar en una sombrerería —dijo, sin asomo de malicia en su tono—. Me llamo Isabel. Ven, acompáñame a tomar un café.
Asier se levantó con torpeza. Aún estaba bastante mareado.
—No tengo dinero.
—No te preocupes —dijo ella—. Invito yo.