Capítulo 6 #3
Con un suspiro de resignación, se alejó del edificio y decidió ponerse en camino hacia la casa de Yungli. Le debía una explicación. Una muy buena.
Chapei estaba lejos, pero Asier optó por caminar para despejar la mente y calmar los nervios.
Andar siempre le había parecido el mejor modo de pensar.
¿Qué podía tener Yungli en común con un hombre como Bernhardt?
Era cierto que, si de verdad era un empresario alemán como afirmaba Isabel, quizá estuvieran planeando juntos algún tipo de negocio, legal o no tanto.
Pero ¿por qué se había escondido Yungli en el Paramount, entonces?
Él sabía de sobra que Asier trabajaba allí. ¿Y qué tenía que ver el señor Roxas?
Todo es la hostia de complicado.
Las calles estaban desiertas a esa hora.
Apenas se cruzó con tres o cuatro personas que regresaban a sus casas bajo la tenue luz de las farolas.
Dejó atrás Bubbling Well Road y bordeó el Majestic.
Dos manzanas después llegó al límite de la concesión internacional.
Mostró su pasaporte a los guardias y entró en la zona china de Shanghái.
El entorno cambió de inmediato. Las avenidas de estilo europeo dieron paso a las callejuelas más estrechas y menos iluminadas de la ciudad vieja, donde el aire seguía lleno del olor de la comida callejera: frituras de pescado, carne especiada y el inconfundible aroma del ajo y el jengibre.
Asier se detuvo frente a un anciano que vendía brochetas de ternera y pidió una, un nieu-niu tsue , para calmar el ansia que le corroía por dentro.
En Chapei, el murmullo de la vida nocturna era más intenso, más bullicioso.
Más oriental. Las casas bajas y desgastadas se agolpaban unas contra otras, casi escondiéndose del escaso alumbrado público, como si quisieran proteger sus secretos de las miradas ajenas.
Allí, las ventanas estaban cubiertas con papeles de arroz o cortinas de tela barata, y el eco de las voces se mezclaba con el repiqueteo de los carros tirados a mano y el traqueteo de bicicletas sobre los adoquines irregulares.
El suelo de las callejuelas estaba lleno de charcos, un agua oscura y densa que reflejaba las luces difusas de los faroles rojos colgados en las puertas de algunos comercios, esos que nunca cerraban del todo.
Al fin llegó a la modesta vivienda de Yungli.
Pensó que, si en verdad se dedicaba a importar y exportar, debería irle mejor.
Yungli hablaba inglés y francés, y era listo, muy listo.
Un «comprador» shanghainés con sus habilidades tendría que ser rico.
¿O acaso todo aquello no era más que una fachada?
Asier empezaba a tener su teoría.
Ya lo había visto antes. Ese mismo patrón, la doble vida, el secreto que se enrosca y lo pudre todo. Y no estaba dispuesto a repetirlo. Una vez fue suficiente. Con Gorka bastó. Las armas, las consignas, la huida. La sensación de estar atrapado incluso cuando corría.
Asier no pensaba atarse a un gángster. Otra vez, no.
Había llegado la hora de enfrentarlo a la verdad.
El barrio estaba tranquilo. Asier bajó del vehículo, pagó al conductor y se dirigió a la entrada.
Tocó la puerta, pero nadie respondió. Yungli no estaba en casa.
Se sentó en las escaleras de piedra que llevaban a la entrada.
Apoyó la espalda contra la barandilla de hierro forjado y miró hacia el cielo cubierto de nubes.
Al cabo de lo que le parecieron horas, Asier vio a Yungli acercarse por la calle, la silueta elegante recortada contra las luces tenues de la ciudad.
Aún llevaba el esmoquin. Yungli lo vio y apresuró el paso, sin poder reprimir una sonrisa.
Sus zapatos de charol resonaron en el pavimento.
Sin decir una palabra, abrió la puerta y Asier lo siguió adentro.
Subieron por las escaleras angostas hasta el apartamento.
La calidez del hogar, con sus muebles sencillos pero bien cuidados, contrastaba con la frialdad de las calles.
Yungli depositó un beso sobre sus labios, luego se aflojó la pajarita, se quitó el cuello de la camisa y se dirigió a la cocina.
Asier lo observó en silencio mientras su amante hervía agua y servía dos tazas de té.
Se sentaron frente a frente en la mesa de madera.
Un tenso silencio llenó el espacio entre ellos.
Asier sintió el calor de la taza en las manos, pero por dentro lo invadió un frío inmenso. Miró a Yungli, buscando señales en su rostro.
—Lo sé todo —dijo al fin. Su tono era directo, cargado de acusación—. Eres traficante de opio. Dime, ¿eres miembro de una tríada? ¿De la Banda Verde? ¿Eres un gángster?
Yungli se quedó desconcertado. Los ojos se le agrandaron por la sorpresa.
Por un momento el silencio fue absoluto, solo interrumpido por el lejano ruido de la ciudad que se filtraba por las ventanas.
Dudó, la mirada se le volvió evasiva, como si buscara una salida en el aire denso de la habitación.
Asier lo observó con atención y tomó nota de cada pequeño gesto, cada signo de nerviosismo.
Al fin, Yungli soltó un suspiro.
—¿Puedes decirme cómo has llegado a esa conclusión?
—Solo hay una mercancía que mueve dinero de verdad en Shanghái: el opio.
—Precisamente. Si fuera traficante, viviría rodeado de lujo y no… —hizo un gesto que abarcaba su apartamento— así. Soy pobre.
—Finges para no alertar a la policía. Pero hoy, en el Paramount, te has delatado. Yo conozco a los pobres. No tienen esmoquin ni se mueven a sus anchas en el Paramount.
—Supongo… ¿Hay algo que pueda decirte para que te convenzas de que no es así, de que estás equivocado?
—Ninguna. Es la única explicación.
—En ese caso, imagino que no tiene sentido negarlo.
Y, con todo, Asier no se quedó del todo satisfecho.
Esconde algo más.