La noche cae sobre Shanghái Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—Y, sin embargo, insisto en ir. ¿Desea sentarse con nosotros, fräulein de la Cruz?

—Me encantaría, pero estoy trabajando. —Mientras hablo, señalo a Mei en el escenario—. Espero que volvamos a vernos, herr Bernhardt. Hasta luego, Miguel.

Me alejo con el corazón palpitando a toda velocidad.

Sé que lo que acabo de hacer es una temeridad, pero he conseguido una información valiosísima.

Bernhardt quiere hacerse invitar a la velada de San Juan y dudo mucho que sea para saltar las hogueras o porque tenga un interés cultural especial…

Trama algo, y tengo que averiguar el qué.

Veo por el rabillo del ojo a Asier, que regresa junto a mí con expresión grave.

—Hay algo más. Yungli está aquí.

Reconozco el nombre. Yungli es el novio chino de Asier, un joven «comprador».

Creo que me contó que lo había conocido en unos baños de la ciudad vieja o algo por el estilo.

Bien por él, admiro su capacidad de seguir adelante con su vida sin dar explicaciones.

En cuanto a Yungli, siempre me ha parecido bastante tímido.

Su presencia en el Paramount es insólita, no es para nada su ambiente.

Intento localizarlo cuando Asier me indica dónde estaba, pero no hay rastro de él.

Mi confusión aumenta.

¿Qué está pasando en realidad?

En ese instante termina la actuación. Mei Lanfang saluda entre los aplausos del público.

En cuanto desaparece tras el telón, la banda regresa al escenario y empieza a tocar Stardust. Polvo de estrellas, más apropiado imposible.

Bernhardt aprovecha la ocasión, se levanta de su asiento y se dirige hacia la salida. Mi instinto me dice que debo seguirlo.

—Voy tras él —le digo a Asier con un susurro urgente.

Antes de que pueda moverme, siento una mano en el hombro.

Reconozco a su dueño antes de verlo, su perfume lo delata.

Mouchoir de Monsieur es una de mis fragancias preferidas para hombre, y a Miguel le queda especialmente bien.

Me vuelvo y me doy de bruces con su rostro amigable y un poco sorprendido.

—¿Me concedes este baile? —me pregunta.

La invitación me deja desconcertada por un instante.

Sus ojos, tan familiares y amables, me observan con curiosidad, como si nada extraordinario estuviera ocurriendo.

Mi mente corre a toda velocidad. Intento encontrar una excusa, una salida, pero las palabras se me escapan.

Miguel se queda allí, esperando una respuesta mientras la figura de Bernhardt se desvanece en la distancia. Asier sale corriendo detrás de él.

—Lo siento, me tengo que marchar. Otro día, ¿te parece?

Su rostro refleja la desilusión.

—Claro. Otro día.

Se vuelve para regresar a su mesa, solo.

Siento el impulso de ir tras él y decirle que me encantaría, que realmente hoy no puedo, que mañana puedo estar libre, o cualquier otro día…

, pero no lo hago. Cruzo la pista de baile hacia la salida y bajo las escaleras del club a toda prisa.

No hay tiempo de esperar al ascensor. Mis tacones resuenan contra el mármol, voy corriendo y casi pierdo el equilibrio.

El tacón de mi zapato se tambalea, pero me las arreglo para mantenerme en pie.

Me acomodo el pelo y respiro hondo antes de cruzar el vestíbulo.

Al salir del Paramount, el aire me golpea en la cara como una toalla húmeda.

Ya no llueve, pero el calor persiste y el cielo está totalmente cubierto.

Miro a ambos lados de Bubbling Well Road.

La calle mojada refleja la luz de las farolas.

Hay más ambiente del que una pudiera imaginar: gritos, música, grupos de amigos.

Coches que se alejan a toda velocidad. En una palabra: vida.

Shanghái nunca duerme. Por lo que parece, yo tampoco.

Veo a Asier, unos pasos por delante de mí. Lo alcanzo. Me señala con la cabeza. Más adelante, la silueta de Bernhardt camina con paso firme. No nos preocupamos por mantener la distancia. La oscuridad y la relativa multitud nos protegen.

Al fondo se adivinan los techos dorados del templo de Jingan. Bernhardt se dirige hacia allí. ¿Qué busca un alemán en un templo budista a estas horas? ¿Una oración, una señal, un descanso? El aire huele a cera, a ceniza, a flores marchitas. El perfume de las ofrendas, aún sin nadie alrededor.

Se detiene junto al pozo burbujeante. Dicen que sus aguas curan, pero Bernhardt no tiene cara de enfermo. Mira el pozo, como si esperara algo que no tiene que ver con la salud. Se sienta en un banco y enciende un cigarrillo. La brasa ilumina su perfil un segundo.

Nos quedamos atrás. La sombra del muro nos guarda.

Una nueva figura aparece al fondo, junto a los árboles.

Avanza con calma. Es un hombre joven, de unos treinta, tal vez treinta y cinco años.

Chino, muy elegante. Lleva una chaqueta cruzada de lino oscuro, cuello alto, zapatos brillantes.

No lleva sombrero. Camina con firmeza, sin prisa, como si conociera el camino de memoria.

Bernhardt se pone en pie. Lo espera. No hay apretón de manos, solo un intercambio de miradas.

El alemán, por primera vez en toda la noche, parece nervioso.

El otro no. El otro parece perfectamente cómodo.

Como si aquel rincón de Shanghái fuera su salón privado.

Se sienta. Cruza una pierna con lentitud.

Saca un pequeño estuche del bolsillo interior y extrae un cigarrillo.

Bernhardt le ofrece fuego. Conversan en voz baja.

Desde donde estoy no puedo oír nada. Pero veo suficiente.

Ese hombre no es un mensajero. No es un criado. Y tampoco es un simple contacto. Bernhardt no lo trata como a un igual. Lo escucha. Y eso, viniendo de él, ya lo dice todo.

Asier reconoció de inmediato al hombre que se había encontrado con Bernhardt.

—Es Wu T’ung-wen —le dijo a Isabel en un susurro—.

Viene bastante al Paramount, pero no es un cliente cualquiera.

Es un tycoon , como dicen ellos. Famoso en todo Shanghái, y más allá.

No solo por el dinero…, sino también por su vida privada.

Su mansión, la Casa Verde, está aquí al lado.

Tiene dos alas distintas, una para cada esposa, para que no se crucen si no quieren.

—Se encogió de hombros, con una media sonrisa—.

Y eso no es nada. Las concubinas y los… amigos también viven allí.

Por separado. Dicen que su harén parece sacado de Las mil y una noches .

Mujeres, chicos, todo junto. A mí me fascina la liberalidad que tienen los chinos para estas cosas. Por eso…

—¡Chist! —lo interrumpió Isabel, fulminándolo con la mirada—. Escucha, no hables.

Asier asintió, con la boca bien cerrada y los ojos entrecerrados para concentrarse mejor.

Ambos observaron desde las sombras mientras los dos hombres hablaban en voz baja.

Tan baja que Asier ni siquiera acertó a identificar en qué idioma lo hacían.

Inglés no parecía; ya se defendía bastante bien y definitivamente no era.

Francés, tampoco. ¿Alemán? ¿Ruso? Todo podía ser.

De pronto, captó dos palabras. Spanischer Konsul . Siguió sin saber de qué idioma se trataba, pero el significado era obvio.

Isabel y él intercambiaron una mirada.

La reunión duró aún unos minutos. Asier escuchó fragmentos inconexos, Das Rheingold , algo sobre un memorando, pero no entendió nada.

De pronto, Bernhardt y Wu se levantaron y, sin intercambiar ni un apretón de manos, se alejaron en direcciones opuestas.

Asier e Isabel volvieron a mirarse. Tenían que tomar una decisión.

—¿Has entendido algo de lo que hablaban? —preguntó Asier.

—Muy poco. Creo que ambos planean asistir a la fiesta de San Juan… y han dicho algo de El oro del Rin . Es una ópera de Wagner, pero no me suena que vaya a representarse en Shanghái. Investigaré. Ahora hay que darse prisa. Deberíamos separarnos.

—De acuerdo. Yo seguiré a Bernhardt.

—Tengo que ir yo para hacer fotos —insistió ella—. Es un encargo del periódico.

—Está bien —respondió Asier tras unos segundos de silencio—. Seguiré a Wu. Pero me debes una.

—Nos encontramos en mi casa mañana por la mañana —dijo Isabel—. Y nos lo contamos todo. Todo, ¿de acuerdo? Aún no me has dicho por qué te interesa Bernhardt.

Asier asintió sin decir nada. Isabel ya había desaparecido.

Él se quedó un momento más, quieto, como si algo en la noche todavía pudiera cambiar.

Luego se dio la vuelta. Wu T’ung-wen ya caminaba por Bubbling Well Road, con paso firme, sin mirar atrás.

Vestía bien, pero sin ostentación. El tipo de elegancia que no necesita llamar la atención para hacerse notar.

Se movía como alguien acostumbrado a que las puertas se abrieran solas.

Asier lo siguió, en silencio. Sin apurar. La distancia justa. El ritmo justo.

Cuando Wu giró hacia el parque, Asier anticipó los pasos.

No iba hacia los Denis. No iba a un hotel ni a un club.

Se detuvo frente a una verja negra. Más allá, una mansión.

Cuatro pisos, fachada semicircular, grandes ventanales.

Rodeada de árboles altos, bambú, buganvillas.

Las ramas se movían con el viento. Algunas ventanas tenían luz. Otras, no.

La Casa Verde.

Los azulejos de la fachada relucían bajo la farola.

Verde claro, casi azulado. De cerca debían brillar como escamas de serpiente.

Asier nunca había estado dentro, pero había oído hablar de ella.

Se decía que era una de las casas más lujosas de Shanghái.

Construida hacía pocos años. Silenciosa, imponente.

El portero abrió la verja. Wu entró sin mirar atrás.

Asier se quedó en la acera. Miró la casa. Las ventanas altas. La silueta que subía por la escalera. Sintió un estremecimiento leve en el bajo vientre. Una señal que reconocía. El tipo de interés que prefería no nombrar.

Pero no ahora.

Tenía otras cosas en la cabeza.