Capítulo 6
六
Tres días antes de San Juan
Mientras preparaba las bebidas para Bernhardt y el señor Roxas, Asier echó un vistazo alrededor. El club brillaba como siempre, como cada noche.
Pues sí, me gusta trabajar en el Paramount.
No era lo mismo que jugar a pelota, pero, dadas las circunstancias, tenía que darle gracias a Dios.
Eskerrak Jainkoari . Bueno, gracias a Isabel, que le había conseguido el empleo.
Sin ella nunca habría logrado salir adelante.
Seguiría tirado por las calles, a caballo entre la droga y la prostitución.
En el Paramount, en cambio, se ganaba bien la vida y conocía a gente interesante: princesas rusas, magnates americanos, políticos chinos, cónsules europeos…
, a todo el mundo le caía bien Asier. Había sido simpático desde pequeño.
Además, desde que había salido de su pueblo, había descubierto una gracia natural para los idiomas que le permitía comunicarse con casi cualquier extranjero con una combinación única de gestos, palabras y expresiones que iba escuchando y cazando al vuelo, y una buena dosis de sonrisas.
Ese conjunto de virtudes le había procurado muchos amigos en el Paramount.
Quizá «amigos» fuera una palabra demasiado fuerte. Lagunak . Hostia, sí, tampoco era para tanto. Si volviera a caer en desgracia, seguro que la mayoría le daría la espalda. Isabel no, claro. Isabel era su única amiga de verdad. Su verdadera bihotz-lagun .
Asier divisó a la princesa Volkov. Más que una amiga, era casi una madrina, una madre, aunque una madre que olía a Chanel y fumaba como un carretero.
Cada vez que lo veía lo llamaba moi malchik .
Mi niño. A él no le molestaba; al contrario, le hacía gracia.
Se lo decía con una ternura antigua, de otro siglo.
La princesa estaba sentada con su marido, el príncipe Nikolai Volkov.
Todo lo que ella tenía de gran señora, él lo tenía de hombre turbio.
Asier nunca supo bien qué pensar de él. No le gustaba del todo, aunque reconocía que tenía estilo.
Como siempre que acudían al Paramount, se acercó a saludarlos.
— Dobroy nochi, printsessa —la saludó, inclinándose un poco, lo justo. Poco más allá llegaban sus conocimientos de ruso, pero le gustaba emplearlos siempre que podía.
— Moi malchik ! —exclamó ella con una sonrisa, para continuar de inmediato en inglés, un idioma en el que Asier había logrado sentirse mucho más cómodo—.
Qué guapo estás esta noche. Pero te noto cansado.
No deberías trabajar tanto; acabarás con esas ojeras eternas de los camareros viejos.
Y tú tienes cara de actor, no de esclavo.
Asier sonrió y agradeció el cumplido. A veces se preguntaba si lo decía en serio o si simplemente le gustaba cuidarlo. No importaba. Le caía bien, y eso, en Shanghái, ya era bastante.
El príncipe alzó la vista y fijó la mirada al fondo del salón. Asier siguió su gesto. Parecía observar a Bernhardt y al señor Roxas. ¿Qué interés podía tener en ellos?
—¿Puedo traerles algo? ¿Champán? ¿Otra copa de coñac?
El príncipe pareció dudar. Luego señaló discretamente con la barbilla.
—Ese hombre de ahí…, el que está con Miguel Roxas. ¿Es Johannes Bernhardt?
Asier asintió, algo sorprendido.
—Sí, alteza. ¿Desea que le diga algo?
El príncipe negó con una leve sacudida de cabeza.
—No, no. Solo… me ha parecido reconocerlo.
Asier notó la tensión, el gesto rígido. El intento de aparentar despreocupación. Tamborileaba los dedos, tenía apretada la comisura de los labios, agitaba la copa sin probarla. Pareció a punto de añadir algo más, pero su esposa lo interrumpió con dulzura calculada.
—Vamos, moi malchik , no dejes que dos viejos te entretengan. Sigue con tu trabajo, que esta noche hay mucho que ver.
Asier hizo una leve reverencia y se alejó.
Y justo entonces, por el rabillo del ojo, vio algo que le llamó la atención.
Chao Yungli acababa de entrar al club. Iba vestido de esmoquin, algo muy poco habitual en él, y se movía con el aplomo de quien estaba acostumbrado a esos ambientes. Asier no pudo evitar acercarse, confuso.
—Hostia. —No había manera de soltar tacos en chino, pero, a estas alturas, Yungli ya entendía muy bien ciertas palabras en español—. ¿Qué haces aquí?
Él lo miró con expresión indefensa.
—Te dije que tenía trabajo —respondió, casi justificándose, casi pidiendo perdón.
Asier frunció el ceño y se acercó más para que nadie escuchara.
—Dijiste que tenías una reunión con Johannes Bernhardt. ¿Has venido a verlo? Bernhardt está aquí, ahora, sentado con uno de mis clientes. ¿Quieres que te lleve con ellos?
Yungli negó con la cabeza de inmediato; la tensión en su mirada se volvió evidente.
—Por favor, no me delates. Te prometo que te lo explicaré.
Asier cruzó los brazos y evaluó la situación.
Sabía que Yungli le ocultaba algo, pero no acertaba a adivinar qué.
Siempre sucedía igual con él: callaba más de lo que contaba, deslizando pequeñas mentiras y medias verdades sin explicación lógica.
Si no fuera por…, bueno, si no le gustara tanto, si no existiera esa conexión física entre ellos, ya lo habría plantado tiempo atrás.
—¿Cuándo? —preguntó, manteniendo la voz baja.
—Ven a mi casa esta noche —respondió Yungli, con un deje de súplica—. Por favor. Te lo contaré todo.
Sin esperar respuesta, Yungli se escabulló hasta la barra.
Se apoyó con gesto despreocupado y pidió algo a otro camarero.
Desde allí tenía una vista perfecta de la mesa de Bernhardt y del señor Roxas.
Asier lo observó, cada vez más cabreado.
No entendía qué pasaba, pero estaba decidido a descubrirlo.
Sacudió la cabeza y fue a poner las copas de Bernhardt y del señor Roxas, pero en el camino se cruzó con Isabel y se detuvo para susurrarle al oído:
—La reunión de Bernhardt es con tu amigo Miguel.
Ella tardó un instante en procesar la información.
—No lo entiendo. Miguel es un buen tipo…, ¿qué puede traerse entre manos con un personaje como Bernhardt?
—Te confieso que no sé mucho sobre él.
—Es un nazi de mierda —explicó Isabel—, un empresario sin escrúpulos. Vive en Tetuán y se dedica a difundir propaganda a favor de Hitler mientras aprovecha para hacerse multimillonario. La gente como él me pone los pelos de punta.
Asier asintió, tratando de mostrarse comprensivo. Una única pregunta rondaba su cabeza: ¿y Yungli? ¿Qué tenía que ver con Bernhardt? Yungli podía ser muchas cosas, pero nazi… Eso seguro que no. Asier podría poner la mano en el fuego.
—Tenemos que enterarnos.
—No los pierdas de vista, por favor. Yo intentaré tomar algunas fotos sin que se den cuenta.
—Ten cuidado, Bernhardt parece peligroso.
Las últimas palabras de Asier permanecen suspendidas en el aire.
Eso ya lo sé. Claro que es peligroso.
La actuación de Mei Lanfang está a punto de terminar.
Su voz llena el Paramount mientras interpreta de nuevo el aria de la concubina borracha.
No hay ninguna duda, es la favorita del público.
La audiencia está entregada. Distraída, tomo un par de fotos.
Mei no se merece que me pierda su último número.
La revelación de Asier me ha dejado sin palabras. Miguel, que ha sido mi amigo desde que los dos éramos niños, que siempre me ha apoyado y ha estado allí para mí cuando los demás me daban la espalda…, ¿qué puede tener que ver con un empresario nazi como Bernhardt?
La idea es perturbadora. Veo la mano negra de su familia. Sobre todo, veo la mano de Andrés.
El maldito Andrés.
—No te preocupes. Tendré cuidado.
Asier asiente con la cabeza y se aleja. Me doy la vuelta con cautela, tratando de otear la mesa de Miguel.
Allí está, con un hombre pálido cuyas facciones coinciden con las imágenes de Bernhardt que he visto en los recortes de periódico.
Pero ¿qué puede querer de él? Los dos parecen sumidos en la conversación.
Con movimientos rápidos y discretos, tomo algunas fotografías, capturando a los dos hombres juntos. Hasta ahí llega mi labor.
Debería dejarlo ya. Irme. He cumplido mi misión.
Pero a Miguel le debo, por lo menos, el beneficio de la duda. Quiero saber más. También tengo curiosidad, por qué voy a negarlo. Me muero por saber de qué están hablando. Decido acercarme, intentando no llamar la atención.
La música continúa. Me muevo entre la gente, observando cada gesto, cada mirada.
Trato de colocarme lo bastante cerca de ellos para poder escuchar algo de su conversación, pero temo que Miguel me vea espiando.
No quiero que me pillen, no quiero arriesgar nuestra amistad.
Me alejo de nuevo, frustrada. De inmediato cambio de idea, me recoloco el pecho en el vestido, levanto la cabeza y me acerco a su mesa con una amplia sonrisa.
Acierto a escuchar las últimas palabras de Bernhardt.
—Pero ¿qué es exactamente la noche de San Juan? No puede ser algo tan exclusivo.
Los dos hombres se me quedan mirando, así que yo extiendo la mano.
—Miguel, ¿no me vas a presentar a tu amigo? Isabel de la Cruz.
Ambos se ponen de pie al instante.
—Perdón, por supuesto. Isabel, te presento a herr Johannes Bernhardt, un empresario que está aquí por negocios.
—¿Usted también se dedica a la cerveza, herr Bernhardt? —pregunto yo, toda inocencia.
—No, no, en absoluto. De hecho, estábamos hablando de ocio. He oído decir que el cónsul español ha organizado una gran celebración para… ¿la noche de San Juan? Me gustaría muchísimo asistir, pero me dice Miguel que es un acto muy exclusivo.
La noche de San Juan. Interesante.
—Se celebra en los jardines del consulado español. Las entradas se agotaron hace semanas, la idea del cónsul era recaudar fondos para las misiones católicas en China, si no me equivoco. Yo misma asistiré.
Recuerdo que veré allí a Sunmey y que vamos a hacer juntos unas fotografías. ¿Qué hay de ayudarlo con el artículo en sí? ¿Sigue en pie, o no? Siento ansiedad, pero me esfuerzo por apartar la idea de mi cabeza.
—¿Ves, Johannes? —interviene Miguel—. Te dije que era muy difícil.