Capítulo 5
五
Catorce años antes
Miguel caminaba por las calles de Manila como un trasatlántico que se hace a la mar: enorme, reluciente, impecable. Sus pasos no eran ligeros, pero tenían ritmo; sus hombros, alzados con naturalidad, sabían abrirse paso entre el gentío sin violencia.
A cada paso sentía el impulso de soltarse, de dejar atrás la compostura, de avanzar con el desenfreno de una ola que lo arrasa todo. Pero se contenía. Como una pieza de orquesta que conoce su entrada y no la anticipa.
El cuerpo quería más. Quería girar, rodar, bailar incluso. Él le daba permiso solo hasta cierto punto.
Cálmate, chico.
Llevaba semanas tratando de encontrar el momento adecuado para declararle su a amor a Isabel, pero ella se había adelantado y lo había citado en el Grand Café de Binondo, el refugio favorito de su abuela y de todas las damas y señoritas de la alta sociedad manileña.
Allí, bajo la luz de las lámparas de araña, se debatían los chismes del día y se discutía sobre moda y arreglos florales.
No parecía el sitio adecuado para una declaración de amor, pero, aun así, Miguel seguía albergando una esperanza irracional.
¿Y si me dice que está loca por mí? ¿Qué hacemos entonces? ¿Nos fugamos a una isla desierta?
Al entrar, la reconoció de inmediato. Isabel, sentada junto a una de las amplias ventanas, bebía un inmenso zumo tropical. El vestido que llevaba la hacía parecer aún más radiante. Cuando le sonrió, Miguel sintió que el corazón le saltaba en el pecho.
Pero no estaba sola.
A su lado, sentada con un porte severísimo, estaba doña Remedios, la tía de Isabel.
La presencia de una chaperona en toda regla devolvió a Miguel a la realidad.
Por supuesto, Isabel nunca se encontraría a solas con un hombre.
Sintió cómo el optimismo que había sentido al principio se desinflaba un poco.
La tía Remedios estaba allí como guardiana de la reputación de Isabel. Nada impropio iba a ocurrir.
Pero bueno, tú, ¿en qué estabas pensando?
Se acercó a ellas, disimulando el nerviosismo que le invadía. A pesar de todo, el corazón de Miguel dio un vuelco cuando su mirada se cruzó con la de Isabel. Tras los saludos de rigor, se acercó un camarero vestido de blanco. Miguel pidió un café, tratando de ocultar su nerviosismo.
Isabel tomó aire y se dispuso a hablar, sin perder la sonrisa.
—Bueno, Miguel, ahora que vamos a ser familia y considerando nuestra amistad de tantos años, quiero que seas el primero en saber que voy a casarme con tu primo Andrés.
Miguel sintió cómo su mundo entero se derrumbaba. Familia . Aquella palabra, asociada con Isabel, le hacía sentir náuseas. Tardó varios segundos en reaccionar tras escuchar la noticia, pero, al fin, se vio obligado a esbozar una sonrisa.
—Mi más sincera enhorabuena —dijo, con un hilo de voz—. ¿Tenéis fecha para la boda?
Isabel sonrió, aunque con cierta incomodidad.
—Andrés quiere que nos casemos de inmediato, pero mis padres insisten en que esperemos a que cumpla la mayoría de edad. Me parece adecuado. —Hubo un breve silencio antes de que Isabel lo mirara directamente—. ¿Qué opinas tú?
Miguel sintió una punzada de confusión.
¿Yo? ¿Qué voy a opinar yo?
—Me parece estupendo que te cases con quien quieras… —Hizo una pausa, incapaz de contenerse—. Porque es con Andrés con quien te quieres casar, ¿no? ¿Estás enamorada de él?
Isabel rio, aunque su risa sonó nerviosa, casi forzada.
—¡Qué pregunta más tonta! Pues claro que quiero casarme con él. Por eso le he dicho que sí. ¿Por quién me tomas?
Miguel guardó silencio mientras un auténtico huracán de emociones se desataba en su interior. Sentía rabia, ira, vergüenza, decepción, miedo, ganas de huir. ¡El menú completo! Luchaba por contener las lágrimas que amenazaban con traicionarlo. Al final, con la voz quebrada, susurró:
—¿Recuerdas el último verano, en el Jardín Botánico?
La mención de aquel lugar cargado de recuerdos hizo que Isabel cambiara la expresión. Aquel fue el escenario de un momento muy especial entre ellos, y ella lo sabía muy bien.
—Tía, por favor, ¿nos podrías dejar un momento a solas?
—pidió Isabel, volviéndose hacia doña Remedios, que observaba la escena con desconfianza.
La mirada fría de su tía dejó claro que no aprobaba esa petición, pero Isabel insistió con suavidad—.
Miguel ha sido mi mejor amigo desde que ambos éramos casi bebés. No va a pasar nada inapropiado.
Doña Remedios suspiró y se puso en pie con lentitud.
—Voy al tocador —dijo, mirándolos de reojo—. Tenéis diez minutos como máximo. Y, por favor, no me hagas arrepentirme.
En cuanto la mujer se hubo alejado, Miguel aprovechó la oportunidad.
—¿Te acuerdas de lo que pasó cuando nos sentamos en aquel banco, junto a la jaula de los monos? —preguntó, buscando con los ojos alguna señal en los de Isabel.
—Claro que me acuerdo —respondió ella, incómoda.
—No sé cómo fue, nos quedamos solos. Debieron de olvidarse de nosotros. Nos pusimos a hablar y…
Ella lo miró con firmeza.
—Fue solo un instante, estaba confundida. Espero que no vayas a dudar de mi virtud.
Miguel negó con la cabeza, sin apartar la mirada de ella.
—Lo único que dudo es que estés enamorada de Andrés. Para mí, ese beso fue el momento más feliz de mi vida.
Isabel tragó saliva. Todo su cuerpo temblaba, como un volcán a punto de entrar en erupción.
—¿Y qué querías que hiciese? Después de ese beso, no volviste a decirme nada. De hecho, te volviste seco y distante conmigo. Pensé que había sido un error…, hasta llegué a pensar que lo había imaginado.
—¡Me daba vergüenza! —exclamó Miguel, casi gritando. Se volvió para comprobar que nadie los miraba antes de continuar—. Estaba aterrorizado ante la idea de que me rechazaras. Y no me digas que esto es una sorpresa, Isabel. Toda Manila sabe que estoy loco por ti. Es imposible que tú no lo supieras.
Los ojos de Isabel se llenaron de lágrimas.
—Nunca me dijiste nada…, y ahora…, ahora es demasiado tarde.
Miguel sintió que sus propios ojos se humedecían también.
No iba a llorar delante de Isabel, ¡eso sí que no!
Se levantó bruscamente, incapaz de soportar más, y salió del Grand Café sin mirar atrás.
Corrió varios pasos antes de detenerse junto a una acacia.
Se apoyó en el tronco, respirando con dificultad mientras intentaba recuperar la compostura.
Esto se ha acabado. No hay vuelta atrás.