Capítulo 4 #3
—Buenas noches, señor Roxas —le saludó Asier con una sonrisa, que rápidamente se convirtió en una expresión traviesa—. ¿Le traigo lo de siempre?
Miguel soltó una risa corta, reconociendo el tono bromista.
—Gracias, Asier. Sí, lo de siempre.
Asier asintió y se retiró. Miguel miró a su alrededor mientras esperaba.
El club estaba lleno, las mesas ocupadas por una mayoría de extranjeros que reían y conversaban, aunque también había varios chinos.
Chinos de clase alta, por descontado, chinos guapos y ricos que hacían negocios con occidentales y ganaban dinero hasta ser asquerosamente ricos.
Él, sin embargo, continuaba dependiendo de su familia para todo.
Suspiró, recordándose que era un privilegiado.
Cerca del escenario, divisó una silueta que le resultó familiar. Una mujer provista de una cámara le hacía fotos a la cantante. ¿Isabel? Sí, sin duda. El corazón le dio un vuelco. Siempre le ocurría con ella. No importaban los años, ni los océanos, ni los silencios. Bastaba con verla.
Le hizo un gesto. Isabel lo vio enseguida, sonrió y se acercó con esa energía luminosa que siempre lo desarmaba. Miguel se levantó con suavidad. Se inclinó hacia ella y le plantó dos besos en la mejilla. Ni un roce de más. Ni un tropiezo.
—Solo puedo quedarme un momento —dijo ella—. Estoy trabajando.
—Yo también, yo también —replicó, desilusionado a su pesar—. Espero a alguien. Tengo una reunión de negocios.
—Suena misterioso —replicó ella, con una sonrisa.
Asier se acercó con su old fashioned . Aunque Isabel no le había pedido nada, colocó frente a ella una copa de champán.
—Te he puesto un French 75 —le dijo el camarero—. Mucha ginebra y poco azúcar. Lo vas a necesitar.
Y se alejó, guiñándole un ojo.
Para Miguel fue como si le hubieran dado un bofetón.
—He visto cómo te mira este chico, Asier. ¿Hay algo entre vosotros? —preguntó Miguel, tratando de sonar casual—. Es simpático, pero no deja de ser camarero, ¿no?
—Asier es amigo mío, Miguel. No seas clasista. Empiezas a sonar como tu madre, o peor aún, ¡como tu primo Andrés!
Touché . Miguel bajó un instante la mirada. Se pasó el pañuelo por la nuca con discreción, más por costumbre que por necesidad. Con Isabel siempre temía decir una palabra de más. O de menos. Ella levantó la copa, brindó con él y tomó un buen trago.
Miguel suspiró. La historia entre Andrés e Isabel los perseguiría siempre y él…
¿qué se suponía que debía hacer? Al margen de sus sentimientos, de sus auténticos sentimientos, Isabel era su mejor amiga, habían crecido juntos en Manila y luego habían vuelto a reencontrarse en Shanghái.
Y Andrés…, bueno, Andrés era de la familia. En realidad, él era la familia.
—Por su culpa estoy aquí —contestó, haciendo una mueca exagerada de hartazgo—. Uno de sus líos, me ha organizado una reunión con un tipo sin tan siquiera decirme de qué se trata. Pero qué te voy a contar a ti, ya lo conoces.
—Por desgracia, sí, lo conozco —respondió ella.
¿Le pareció que una sombra cruzaba su mirada? Lo último que quería era avivarle viejos recuerdos. Mejor cambiar de tema.
—No quiero distraerte si estás trabajando —dijo—. ¿Qué te parece si después… echamos unos bailes? Si los dos terminamos pronto, quiero decir.
La sonrisa regresó al rostro de Isabel.
—Me encantará —dijo, poniéndose en pie con su copa en la mano—. Que vaya bien tu reunión.
Miguel se quedó solo, observando cómo Isabel desaparecía de nuevo entre el bullicio.
Volvió a fijar su atención en el escenario.
La cantante continuaba con su suave melodía.
Miguel trató de relajarse y disfrutar del espectáculo, pero sus pensamientos volvían una y otra vez a la reunión. Tenía un mal presentimiento.
No pasó mucho tiempo antes de que Asier regresara, esta vez con un gesto mucho más serio de lo habitual en él. Lo acompañaba un hombre alto y delgado, de rostro afilado y pelo corto. Asier se detuvo frente a Miguel y, con una leve inclinación de cabeza, presentó al recién llegado.
—Señor Roxas, le presento a herr Bernhardt.
Miguel se levantó y extendió la mano. Bernhardt era al menos quince centímetros más bajo que él, pero delgado y con aspecto de estar muy en forma. Le estrechó la mano con firmeza mientras sus ojos de un azul casi metálico se clavaban en los suyos.
—Es un placer conocerte al fin, Miguel —dijo Bernhardt, con una voz baja y controlada, con un ligero acento alemán—. Andrés me ha hablado mucho de ti. Por favor, llámame Johannes.
—El placer es mío —respondió, intentando ocultar su nerviosismo—. ¿Vives en Manila?
—No, en Tetuán. Pero llego ahora mismo de Manila. He estado allí por negocios.
Asier, con el gesto aún torcido, ayudó al recién llegado a acomodarse en su silla.
—¿Qué le puedo traer para beber, herr Bernhardt?
—Un coñac.
Asier asintió y se retiró para traer la bebida. Bernhardt se inclinó ligeramente hacia delante y fijó la mirada una vez más en Miguel.
—Iré directo al grano. Necesito tu ayuda. Tenemos que enviar un cargamento a Tetuán. El despacho de salida lo tiene que hacer el cónsul español. Alemania no puede figurar en ningún sitio.
Mierda.
Otro lío.