La noche cae sobre Shanghái Capítulo 4 #2
8%

Capítulo 4 #2

Frente a mí, la pista de baile está vacía.

Alrededor, mesas con manteles blancos y copas altas.

Junto a la barra, algunos clientes ya beben.

Ellos, trajeados. Ellas, con vestidos de seda que rozan el suelo.

En una de las mesas, un pelirrojo de mediana edad, con el rostro plagado de pecas, fuma un cigarrillo.

El humo forma espirales en el aire. Su vaso de whisky descansa sobre la mesa, el hielo tintinea con cada movimiento.

Nuestras miradas se cruzan, pero no quiero que me malinterprete, así que desvío los ojos.

Más allá, una pareja charla en voz baja.

Ella es china. Luce un vestido de seda rojo y un collar de perlas.

La miro un instante para asegurarme de que no es Mei Lanfang, ya vestido para la actuación.

Pero no. Su acompañante lleva el cabello rubio repeinado con gomina.

Sostiene un cóctel en una mano mientras con la otra acaricia la pierna de su pareja.

La luz de las lámparas de mesa ilumina sus rostros.

Ambos parecen absortos en la conversación.

El ambiente es tranquilo. Los suaves acordes del jazz envuelven el local.

Los clientes fuman con parsimonia, casi en cámara lenta, exhalando el humo con una languidez que parece estar en armonía con la atmósfera del lugar.

Las pocas risas son discretas, contenidas, como si el club aún estuviera despertando.

Sigo sin localizar a Mei Lanfang. Veo al maître, un hombre alto y delgado de porte elegante. Aunque no lo conociera y jamás hubiera escuchado su acento, sabría que es británico de pura cepa. No es el caso: James y yo nos hemos visto en muchas ocasiones.

No es mi primera vez en el Paramount.

—Miss de la Cruz, es un placer tenerla por aquí. Mei Lanfang la espera. Follow me, please.

James me conduce a través de la pista de baile desierta hasta un pequeño pasillo.

Al fondo hay una puerta con un cartel que reza: Pri vado .

La abre y revela un camerino, pequeño pero con ese encanto bohemio que una espera de los cabarés de París.

El espejo, enmarcado en bombillas brillantes, nos devuelve nuestro propio reflejo.

Sobre el tocador hay frascos de maquillaje, peines y cepillos desordenados, junto con un par de abanicos de seda y un kimono delicadamente bordado.

Mei Lanfang está sentado frente al espejo, vestido con una túnica de seda bordada en tonos marfil y jade, cuyas mangas amplias y ondulantes parecen seguir su respiración más que sus movimientos.

Nos ve a través del espejo y sonríe. Se aplica un toque final de carmín en los labios y se vuelve para mirarme a los ojos.

— Ni hao, wo shi Mei Lanfang.

A pesar de mi limitado nivel de chino, distingo que el cantante habla mandarín, no shanghainés. Por si acaso el idioma no fuera lo bastante difícil, encima hay que lidiar con las variedades regionales.

— Wo shi Isabel —me lanzo a responder, no sé bien en qué dialecto, probablemente en ninguno concreto—. Encantada de conocerte.

James se excusa y nos deja a solas. Con un gesto, Mei me invita a comenzar con las fotos mientras él termina de maquillarse.

Saco del bolso mi Leica de 35 milímetros y empiezo a disparar.

Es difícil, pero, además de su evidente belleza, intento captar su elegancia, su clase, su presencia.

Hago lo que puedo por hacerle justicia a Mei, que se mueve con la gracia de una gata y posa con la naturalidad de un junco silvestre, sin dejarse distraer por el clic de la máquina.

Cuando está listo, salimos juntas al club. Le hago fotos en diferentes lugares: sobre el escenario, en la pista de baile, en la barra, en una de las mesas con un cóctel y un largo cigarrillo entre los dedos.

A medida que avanzamos, el club empieza a llenarse. Las mesas se ocupan, el murmullo de las conversaciones aumenta y el humo de los cigarrillos se hace más denso. La música se vuelve más animada. El ambiente está cargado de expectación. O quizá eso sea cosa mía.

De regreso en la barra, Mei me sonríe.

—Tengo que terminar de prepararme. Ni deng yi xia.

Asiento en silencio y lo veo desaparecer, de vuelta al camerino.

Recorro la sala con la mirada, tratando de identificar a Johannes Bernhardt, cuando veo de espaldas a un camarero no muy alto, no debe llegar al uno setenta, pero con una musculatura imponente que se aprecia incluso bajo el esmoquin.

Lo reconozco al instante y sonrío. Es Asier.

Lleva la chaqueta negra entallada, el pantalón a juego con raya, una camisa blanca recién planchada, pajarita negra y guantes blancos.

Probablemente, uno de los hombres más guapos que conozco, y más sensibles.

Con él, me siento a salvo. Por eso lo quiero tanto.

Se da la vuelta. Nuestra mirada se cruza y él se acerca devolviéndome la sonrisa.

—Isabel, no sabía que ibas a venir hoy. ¿Tienes mesa o te busco una?

—Asier, escucha. Necesito que me ayudes.

—Lo que necesites. ¿Estás bien?

—Sí, sí. Es un tema de trabajo. Estoy buscando a un hombre. Un empresario alemán que se llama Johannes Bernhardt. He visto un par de fotos suyas, pero no son muy buenas y no estoy segura…

—¿Johannes Bernhardt? —me interrumpe él—. ¿Has dicho Johannes Bernhardt?

—Sí, ¿qué ocurre? ¿Lo conoces?

—No exactamente. —Asier mira a un lado y a otro. Estamos en medio del bar, rodeados de gente. Me toma del brazo y me conduce a un rincón apartado—. ¿Sabes qué viene a hacer aquí?

—Va a reunirse con alguien, no se sabe con quién. Tengo que tomar algunas fotos sin que se dé cuenta.

Asier parece darle vueltas a algo durante unos instantes. Después me mira con intensidad.

—A mí también me interesa saber con quién va a reunirse —dice al fin—. Te ayudaré. Le diré a James que es un cliente importante para que me avise en cuanto llegue.

Sonrío.

Asier es de entera confianza. Con su ayuda, sé que todo saldrá bien.

En ese instante se interrumpe la música.

Las conversaciones se apagan, el club se sumerge en un silencio expectante.

Las luces se atenúan aún más y Mei Lanfang emerge desde el fondo del escenario.

Avanza despacio, como una diva, el foco fijo en él, y empieza a cantar.

Según el programa, es un aria de la ópera Gui Fei Zui Jiu , La concubina ebria .

La historia de una amante imperial que danza para su emperador mientras cae, copa tras copa, en una embriaguez deliciosa.

Miro, embelesada.

Mei es tan mujer… como yo.

Chen dejó a Miguel en la puerta del Paramount hacia las nueve. Con tiempo de sobra para acomodarse, pedir algo y recomponer el alma antes de su cita con Johannes Bernhardt. Desde que había salido del apartamento, llevaba un nudo en el estómago. Y no era el fajín, era el primo Andrés.

No la cagues, muchacho.

Y allá va uno, a jugarse el tipo sin saber ni a qué juego.

Por lo menos, aquella noche tenía excusa para vestirse como Dios manda.

El Paramount no admitía improvisaciones: el esmoquin era casi obligatorio.

Así que esmoquin se había puesto. Negro riguroso, pañuelo blanco en el bolsillo y camisa de pechera dura.

Le quedaba justo, como siempre. El arroz chino ayudaba a mantener las formas, pero no hacía milagros.

Aun así, Miguel sabía llevarlo. La ropa le sentaba bien.

Se movía con soltura, con ese aire flotante que parecía contradecir su volumen.

Lo suyo era elegancia de escuela antigua.

Entró en el edificio y tomó el ascensor hasta el último piso, donde se encontraba el salón principal. La pista aún estaba despejada. En el escenario, la orquesta se acomodaba para dar paso al número principal. Miguel alzó la vista justo a tiempo.

El telón se abrió con una solemnidad casi litúrgica y, entonces, apareció ella, avanzando desde el fondo del escenario como si emergiera de un fresco antiguo.

Iba vestida como una antigua cortesana, una concubina imperial o emperatriz incluso.

En una mano sostenía un abanico cerrado, como si escondiera en él un secreto, y su rostro, de una blancura impecable, brillaba bajo la luz con un fulgor que no parecía humano.

Miguel siempre había considerado la ópera china una experiencia estética respetable pero árida, pero aquello pertenecía a otra dimensión.

La escena que estaba presenciando se apartaba de todo lo que había conocido hasta entonces.

No era solo la belleza extraordinaria de la cantante, sino la perfección de cada gesto, la armonía invisible que parecía sostenerla mientras se deslizaba por el escenario como si flotara.

No bailaba en el sentido habitual de la palabra, pero cada paso tenía el ritmo contenido de una danza secreta, y cada movimiento de brazos o de cuello parecía estar tejido con la misma precisión con que se borda un tapiz de corte imperial.

Había algo hipnótico en ella, algo que trascendía la imitación o la teatralidad, como si encarnara una idea purísima de lo femenino que desbordaba cualquier categoría conocida.

El jefe de sala lo sacó del trance.

—Mister Roxas, su mesa está lista —dijo, con una inclinación medida.

Miguel asintió y lo siguió a través del salón.

Lo condujo a una mesa situada al fondo, en un lugar discreto pero con una buena vista del escenario y la pista de baile.

El maître le aseguró que su camarero llegaría en un instante.

Miguel se acomodó en la silla, tratando de relajarse, pero su mente seguía dándole vueltas a la incógnita de la reunión.

¿En qué lío me habrá metido Andrés ahora?

Asier, su camarero de costumbre, se acercó al cabo de un instante. Además de ser español, era un hombre simpático pero a la vez educado y respetuoso. Nunca perdía las formas, pero siempre le transmitía un aire de complicidad que Miguel apreciaba mucho.