La noche cae sobre Shanghái Capítulo 4
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Capítulo 4

四

Tres días antes de San Juan

Me he pasado el día preparándome. No es para menos. Es la primera vez que tengo ocasión de hacer auténtico periodismo —fotoperiodismo, vaya— y no quiero cagarla. Fastidiarla, como diría mi madre.

Me he encerrado en los archivos del periódico, un laberinto de estanterías con años de historia comprimidos en fajos de celulosa amarillenta.

Aquí abajo huele a tinta seca y a papel viejo.

Hay algo casi religioso en ese silencio profundo que solo se rompe con el eco de mis tacones.

Las baldas de madera están abarrotadas de ediciones de periódicos y revistas de todos los rincones del mundo.

Publicaciones europeas, americanas, chinas. Tenemos de todo.

Hay columnas de carpetas llenas de recortes y fotografías de rostros que ya nadie recuerda.

Las notas a pie de página y las etiquetas escritas a mano cuentan pequeñas historias dentro de la gran historia, algunas con caligrafía elegante, otras con trazos rápidos, urgentes.

En una esquina, hay una vieja mesa de madera con manchas de tinta que alguien ha intentado limpiar en vano, y sobre ella, un par de lámparas de escritorio.

La luz amarillenta hace que me sienta como si estuviera dentro de un túnel del tiempo.

No, el Weekly no es un periódico cualquiera.

Aquí guardamos casi cada noticia, cada acontecimiento que ha movido al mundo en las últimas décadas.

Tengo que reconocer que es una hemeroteca impresionante, quizá una de las mejores de Shanghái.

Estoy convencida de que, si Bernhardt ha estado involucrado en algo significativo, podré encontrar algún rastro.

Paso las páginas de los periódicos, dejándome llevar por el olor a papel viejo y tinta.

Al final encuentro lo que busco. Un par de recortes mencionan específicamente a Johannes Bernhardt.

El primer artículo es de un periódico alemán, fechado a principios del año pasado.

Muestra a Bernhardt en un acto del partido nazi en Berlín, un homenaje a empresarios «leales al Führer».

La foto que acompaña la nota es reveladora: Bernhardt, con expresión impasible pero orgullosa, estrecha la mano de un oficial nazi.

A su lado veo un rostro que me resulta familiar.

El pie de foto me confirma su identidad: el cónsul alemán en Shanghái, Hermann Kriebel.

¿Coincidencia? El texto menciona la contribución de Bernhardt al esfuerzo de reconstrucción alemán mediante la expansión de sus empresas en el extranjero, particularmente en Marruecos, donde «su influencia ayudará a propagar los ideales del Reich».

Siento un escalofrío.

El segundo recorte es aún más reciente, de hace apenas un par de meses.

Pertenece al ABC de Sevilla, ni más ni menos.

«El alemán que conquista Marruecos», se titula.

El artículo explica cómo Bernhardt se mudó a Tetuán tras arruinarse en la Gran Depresión.

Al parecer, gracias a sus «conexiones» y a su éxito financiero, ha logrado convertirse en el «soltero de oro» de la alta sociedad de Tetuán.

Se codea con mandos militares, con la élite empresarial y con todo el que sea «alguien» en la plaza española.

Lo que me pregunto es: ¿qué pinta Bernhardt en Shanghái?

China queda muy lejos de su zona habitual de influencia.

Frustrada, decido cambiar de rumbo.

Necesito información sobre Mei Lanfang, el cantante que será mi tapadera en el Paramount. Es un tema más ligero, sí. Pero igual de importante. Si pretendo que todo salga bien, debo estar preparada. Como una actriz que se sabe el libreto, que ensaya cada movimiento, que no deja nada al azar.

En la hemeroteca también tenemos una sección de ocio y espectáculos. No suelo perder el tiempo ahí, pero esta vez hago una excepción. Hojeo una revista china, de esas que cubren conciertos, óperas, vida cultural. Y ahí está él.

Mei Lanfang.

Una foto en blanco y negro lo muestra en escena.

Traje de seda bordado, abanico, rostro empolvado.

Parece una mujer. Pero no lo es. Leo. Mei Lanfang es uno de los artistas más importantes de la ópera de Pekín.

Su especialidad: los papeles femeninos. Dan , los llaman.

Por ley, las mujeres no pueden actuar. Así que hombres como él ocupan su lugar.

Aunque «ocupar» no es la palabra. Lo que él hace no es una imitación. Es otra cosa, más sutil, más honda.

Hay una cita en francés que alguien ha traducido al margen.

« Mei Lanfang est plus femme qu’une femme ».

Más mujer que una mujer. La frase es de un director ruso.

La pronunció en París, después de ver una función suya.

Me imagino la escena: hombres con traje, copa de coñac en la mano, rendidos ante un artista que los obliga a replantearse lo que saben del cuerpo, de la voz, del deseo.

Sigo leyendo. Mei Lanfang ha viajado a Moscú, a Tokio, a Nueva York.

Ha sido ovacionado por Einstein, por Chaplin.

Ha llevado la ópera de Pekín más allá de sus fronteras.

Y ahora actúa en Shanghái. Una sola noche.

En el Paramount. Pienso en él, en cómo debe prepararse.

La ropa, el maquillaje, la respiración. Cada movimiento.

Me da vértigo. Y envidia. El control absoluto del escenario.

La posibilidad de convertirse en otro. O en otra.

Cierro la revista y suspiro. Si voy a fotografiarlo, debo estar a la altura. No se trata solo de disparar la cámara. Se trata de mirar bien.

Con lo que he encontrado debería tener bastante, pero aun así me paso el resto del día buceando entre recortes de periódico y revistas antiguas.

Cuando me quiero dar cuenta son casi las siete de la tarde.

Ha dejado de llover, pero, aun así, cojo un rickshaw hasta mi casa.

No tengo tiempo de caminar. Voy tan acelerada que piso el rabo de Federico, que protesta con un maullido que debe de haberse escuchado hasta en Manila.

Cenar no es una opción, no tengo tiempo para eso. De todas formas, como poco. Me detengo un instante para llamar por teléfono a la compañía de taxis y encargar uno para ir al Paramount. Estará esperándome en quince minutos. Tengo que darme prisa.

Me lavo a toda velocidad. Después, saco del armario un vestido negro de seda, ceñido en la cintura y con un escote generoso.

Las mangas largas y la falda que cae hasta los tobillos le dan un aire clásico y refinado, perfecto para una noche en el Paramount.

Sé que necesito destacar sin llamar demasiado la atención, y este vestido lo consigue.

Lo acompaño con un par de tacones negros que me hacen ganar altura, algo que siempre es útil cuando se trata de observar sin ser vista.

Termino de abrocharme el vestido y me detengo un instante frente al espejo para peinarme la melena rubia, que cae lisa sobre mis hombros.

Me doy un poco de maquillaje, algo de colorete para disimular lo blanca que estoy y un toque de rímel para destacar el verde lagarto de mis ojos.

Miro mis gafas sobre la cómoda y dudo por un momento.

No suelo usarlas cuando me arreglo, pero esta noche necesitaré ver cada detalle con claridad si no quiero perder de vista a Bernhardt.

Con un suspiro, me las pongo; es mejor no correr riesgos.

El último paso es crucial: el perfume. Para mí, el olor es tan importante como la ropa que llevo puesta.

Abro mi pequeño cofre de fragancias y elijo uno de mis favoritos: Coty’s «Chypre».

Roble, bergamota y pachulí, muy de agente secreto.

Me pongo solo unas gotas en las muñecas, detrás de las orejas y un toque en el escote.

Tampoco quiero que Bernhardt pueda olerme en la distancia.

Los gatos están como locos. Salvador vence su artritis crónica y se sube al tocador de un salto, pero ya no es el que era y tira un botecito de esmalte de uñas, que cae rodando al suelo. No pienso agacharme a recogerlo.

Miro el reloj: son las ocho menos cuarto.

Tengo el tiempo justo para llegar a mi cita con Mei Lanfang.

Salgo de casa a toda velocidad y veo el taxi, un Austin color azul marino, que me espera en la puerta.

Por suerte, ha dejado de llover, así que el tráfico debería de ser un poco más fluido.

Me subo y ni siquiera necesito decirle la dirección al chófer.

Ya sabe dónde vamos. Llego a mi destino a las ocho en punto. Por los pelos.

Desde fuera, parece un cohete a punto de despegar. Una torre cilíndrica coronada de neón azul. Letreros en inglés y en chino, todo en mayúsculas, todo en estilo art déco . El nombre brilla en la fachada como una promesa: «Paramount».

Entro.

El vestíbulo está revestido de mármol claro.

Las escaleras de caracol se abren a ambos lados, como si te invitaran a subir bailando.

No lo hago. Camino directa hasta el ascensor.

Un ascensor dorado, con botones de nácar y un espejo que me devuelve una imagen que no termina de convencerme. Me aliso el pelo. Aprieto el botón.

Subo.

Las puertas se abren en el último piso. El olor llega antes que las imágenes: perfume caro, sándalo, almizcle, algo floral. Y humo. No el de tabaco barato, no. Humo azul, espeso, casi dulce. Un aire que pesa, que envuelve, que acaricia. Este sitio huele a dinero. A deseo. A secretos.

Me adentro. Techos abovedados, molduras doradas, lámparas de cristal que cuelgan como racimos.

Todo brilla, todo reluce. Modernidad, diseño, ambición.

Nada es discreto. Todo quiere impresionar.

Al fondo está el escenario. La banda toca jazz.

Cuerda, viento, batería. Reconozco la melodía: Body and Soul .