La noche cae sobre Shanghái Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Me ducho, me visto, me peino y me maquillo, siguiendo una rutina que mi madre me inculcó desde pequeña.

Una no puede salir de casa hecha un trapo.

Y, muchas mañanas, camino hasta el trabajo.

Ese es uno de los privilegios de vivir en la concesión francesa, tan bohemia y canalla comparada con la internacional.

Siempre me ha gustado esa sensación de recorrer la ciudad a pie, perdiéndome en el bullicio, en los olores de los puestos de comida, en el caos vibrante de Shanghái.

Vivo en un chalé en la Route Cassini, en el barrio de Zhicheng Fang, al sur de la concesión.

Es un refugio tranquilo, alejado del caos del Bund y de otras zonas bulliciosas de la ciudad, pero relativamente cerca del Auditórium, del consulado, del Sevilla…

, en fin, en pleno barrio español. Me recuerda un poco a Dewey Boulevard, en Manila, donde he pasado la mayor parte de mi vida…

y donde estaría ahora, si no hubiera sido por el maldito Andrés.

Va a ser verdad que no hay mal que por bien no venga.

La redacción del China Weekly Review está en la Avenue Edward VII, apenas a media hora de mi casa.

Hoy el clima no es propicio para una caminata, así que he cogido un rickshaw .

Me he mojado igual y tengo el pelo hecho un desastre, pero da igual.

Al menos me ha servido para despejarme, después del bochorno de anoche.

Nada más cruzar la puerta, me golpea el olor.

No es desagradable, al contrario. Pero hay algo animal bajo el perfume barato de colonia masculina, algo turbio entre la tinta y el papel.

El sudor. La urgencia. La vida. La jornada ya ha comenzado y la redacción hierve como una olla sin tapa.

Las voces chocan con el timbre de los teléfonos, con las máquinas de escribir, con los pasos apresurados.

Algunos cruzan la sala como si huyeran de un incendio.

Otros lanzan frases al vuelo, nombres, titulares, órdenes.

En los despachos siempre suenan los mismos nombres: Manchukuo, Abisinia, Puyi, Japón, Hitler…

Pero hay uno que pesa más que todos los demás.

Japón. La amenaza flota en el aire. Una nueva batalla, tal vez peor que la de 1932.

Nadie lo dice con claridad, pero todos lo saben.

Y, sin embargo, yo soy feliz. Feliz en medio de este caos.

Esta redacción es mi casa. La tinta bajo las uñas, el olor del papel caliente, los rumores que se arrastran de pupitre en pupitre como si tuvieran patas.

Desde París supe que esto era lo mío. No me imagino en otro sitio.

Sunmey trabaja frente a su escritorio. No sé si me huele o qué pasa, pero, según paso cerca de él, levanta la vista. Nuestras miradas se cruzan. Esta vez no hay sonrisas. Bajo los ojos, avergonzada por mi actitud de anoche.

—Escucha, ayer te fuiste corriendo y no pudimos cerrar el tema de los cónsules —me dice—. ¿Cuento contigo o no? No hace falta que escribas nada si no quieres, pero si se te ocurre un ambiente original para hacer las fotos, que no sea un despacho oficial con las banderas detrás…

La periodista que hay en mí puede a la mujer miedosa y titubeante. A la mujer que no quiero ser, que no puedo permitirme ser.

—El domingo, el consulado español ha organizado una recepción por la noche de San Juan. Estoy segura de que han invitado a todos los demás cónsules extranjeros. Suele ser una celebración bastante vistosa, con hogueras, guirnaldas…, no sé, puede ser algo diferente.

—Te lo compro. Ahora mismo llamo para que nos manden invitaciones.

—Yo ya tengo la mía.

—Pues solo necesitamos una más. Yo hablo con el americano, el inglés y el francés. —Sunmey termina de apuntar algo en su libreta y me mira con expresión socarrona—. ¿Nos tomamos una copa esta tarde, cuando salgamos de aquí? Así me explicas por qué ayer saliste huyendo…

—Eh…, bueno… —tartamudeo.

—Powell te anda buscando —me suelta un compañero al pasar por delante de nosotros, salvándome de la situación—. Parece urgente.

Frunzo el ceño. Nuestro redactor jefe no suele preguntar por mí.

La fotografía no es la prioridad en un periódico con un ochenta por ciento de texto y un quince de publicidad.

Siempre me dice lo mismo: imprimir fotografías es caro, Isabel.

No se ven bien y la gente quiere leer lo que está pasando, no ver instantáneas borrosas.

Qué sabrá él. Menos mal que mis padres me dejaron en buena posición y que no vivo solo del Weekly .

Si no, estaría mendigando por las calles.

Cuando entro en su despacho, Powell levanta la vista de sus papeles. Me indica con un gesto que tome asiento. Detecto cierta urgencia en sus ojos.

—Isabel, tengo una misión importante para ti.

Su acento americano siempre me hace sonreír.

Lleva más de media vida en Shanghái, pero parece que nunca hubiera salido de Missouri.

Una cosa que me gusta es cómo huele. Usa Bay Rum, una fragancia caribeña que al parecer es muy popular entre los varones americanos.

Le pregunté al poco de entrar a trabajar aquí y me enseñó el frasco y todo.

Huele un poco a laurel, a especias, con un toque de limón.

A mí me sugiere una masculinidad robusta y sencilla, all American .

Como mujer no es que me vuelva loca este tipo de hombre, pero al menos sabe una a qué atenerse.

—¿Una misión? Eso sí que es una novedad —contesto al fin.

—Un empresario alemán con fuertes conexiones nazis acaba de llegar a Shanghái —continúa él, ignorando mi comentario—. Su nombre es Johannes Bernhardt. Mañana a las diez de la noche asistirá a una reunión en el Paramount.

Levanto una ceja. No he oído hablar de Bernhardt, pero la misión suena más interesante que los habituales retratos o fotos de familia que me encarga.

—¿Conexiones nazis de qué tipo?

—Bernhardt es residente en el Marruecos español.

Es miembro activo del partido nazi desde hace dos años, cuando Hitler llegó al poder.

Su afiliación le ha permitido formar conexiones profundas con altos mandos del régimen, incluyendo la Gestapo.

Creemos que, aquí en Shanghái, Bernhardt está involucrado en algo mucho más oscuro que simples negocios.

Usa su red de empresas como fachada para operaciones de espionaje y propaganda nazi.

Su objetivo es consolidar la influencia alemana en Asia.

Así que hay que tener mucho cuidado con él.

—Ajá —me limito a decir.

—Quiero que consigas una fotografía de Bernhardt en esa reunión. Sin que él se dé cuenta, por supuesto.

—¿Solo una foto? —pregunto. La misión podría, debería implicar mucho más—. ¿No quieres que intente escuchar?

—Solo fotografías. Es una tarea peligrosa. Bernhardt es un hombre muy vigilado y cualquier movimiento en falso podría ponerte en riesgo. Ya tengo a otros redactores siguiendo la pista de lo que está haciendo aquí, solo necesito la imagen.

—Otros redactores varones, quieres decir. Hombres. Con más huevos que yo, ¿es eso?

Mi madre se moriría si me oyera hablar así, pero, para moverse en un mundo de hombres, una tiene que aprender a hablar como ellos.

—No me fuerces la mano, Isabel. ¿Lo harás o no?

Miro a Powell a los ojos y asiento con seriedad, encogiéndome de hombros.

—Claro que lo haré. ¿Cuál es la cobertura? ¿Tienes algo pensado?

—Mei Lanfang —responde. El brillo en sus ojos es inconfundible. Powell está encantado consigo mismo, como un sabueso que olfatea carne fresca—. Ha venido desde Pekín para una única actuación en el Paramount. Mañana por la noche. Hará uno de sus papeles femeninos.

—¿Me estás diciendo que es un hombre?

—Uno muy famoso —dice él, sin perder el entusiasmo—.

Es una leyenda en la ópera china. He hablado con su equipo: te dejarán hacerle una pequeña sesión de fotos en el camerino, a las ocho en punto, justo antes de que suba al escenario.

Después…, ya sabes. Mézclate entre la multitud y consigue las fotos que necesito.

—¿Con quién se reúne Bernhardt?

—No lo sabemos. Por eso son tan importantes tus fotos.