Capítulo 3
三
Cuatro días antes de San Juan
Miguel abrió los ojos. La luz que entraba por la ventana de su habitación le molestó y volvió a cerrarlos de inmediato. Le dolía la cabeza.
Tengo que dejar de beber.
Parpadeó. Poco a poco los ojos se le acostumbraron a la claridad. Se desperezó, despacio, su cuerpo aún enredado entre las sábanas de seda que vestían su antigua cama china. Con un suspiro, se puso en pie y se dirigió al cuarto de baño.
Cada mañana, sin excepción, Miguel comenzaba la jornada con una buena ducha.
S e metió en la bañera y se enjuagó en abundancia, dejando que el agua fría arrastrara todos los restos de la noche pasada.
Se enjabonó varias veces, se lavó el pelo y se secó a conciencia antes de echarse perfume.
Ya listo para afrontar el día, se puso un batín de seda azul con motivos chinos y salió al comedor.
El boy ya había servido el desayuno. Los boys en Shanghái no tenían nombre, eran solo eso, boys , jóvenes chinos, culis, a veces casi niños, que trabajaban para los occidentales.
Se ocupaban de las labores domésticas, de hacer recados, de regatear en los mercados, de traducir…
Sin ellos, la vida en Shanghái sería insoportable.
El aroma el arroz hervido se mezclaba con el perfume del té. Hacía unos meses, Miguel había decidido seguir una dieta china a base de arroz blanco e infusiones que se había puesto de moda entre los shanghailanders . De momento, no había notado muchos resultados, pero no perdía la esperanza.
El boy se acercó y le dirigió una reverencia.
—¿Ayer mucha fiesta, master ? —preguntó, con ese amago de inglés que los locales llamaban «pidgin».
—Nada de fiesta, amigo. Solo alcohol, soledad y transacciones económicas. Con una chispa de desesperación. Muy poco recomendable, debería haberme venido a casa a dormir.
El boy asintió sin comprender y prosiguió con su tarea.
Miguel tomó el periódico y comenzó a leer, distraído, mientras dejaba que el té se le enfriara un poco.
The China Weekly Review . Allí, en la portaba, había una foto del generalísimo Chiang Kai-shek, el líder indiscutible de la China nacionalista.
El pie de foto, el nombre de su autor. Autora.
Isabel de la Cruz.
Miguel suspiró. Isabel, siempre Isabel.
Cuando hubo terminado de desayunar, regresó al dormitorio y se adentró en el temido vestidor.
Allí repasó su colección de trajes, todos ellos confeccionados al mínimo detalle para ajustarse a su propia corpulencia.
Deslizó los dedos por los trajes de lino y de lana fría, los chalecos, los pantalones de pinzas, las gabardinas.
Su sastre era un artista. Si alguna vez se marchaba de Shanghái, tendría que ofrecerle que se mudara con él.
Al final se decantó por un traje de lino de color claro.
La camisa, por descontado, era del mismo material.
Se puso una corbata de seda marrón y se enfrentó al fin al detalle final: el pañuelo.
Ese era el signo definitivo que distinguía a un caballero.
Optó por uno blanco de hilo, sencillo, con sus iniciales grabadas como único detalle.
Tanto esfuerzo para nada.
Se calzó un sombrero panamá, se despidió del boy y salió a la calle, donde la lluvia persistía en caer y formaba enormes charcos en las aceras de la concesión francesa.
Su casa estaba cerca del límite con la concesión internacional, a pocos metros del Bund.
Era un área tranquila y agradable para vivir, con calles estrechas y arboladas y edificios de estilo europeo, casi Haussmann.
Era difícil recordar que aquel pequeño oasis estaba en medio de China…
, de una China convulsa, por decirlo suavemente.
Dentro de las concesiones, todo seguía un orden extraño, casi ajeno a la realidad del resto del país.
La opulencia de los clubes, las tiendas de lujo y las mansiones contrastaba con la deriva fascista del Kuomintang, que empezaba a teñir de autoritarismo cada rincón de China.
A esto se sumaba el creciente odio hacia los extranjeros, avivado por el resentimiento popular y la propaganda nacionalista.
Y más allá, como una sombra constante que se cernía sobre todo Shanghái, estaba la amenaza implacable de una nueva invasión japonesa.
Los días de calma en la concesión parecían más bien una tregua momentánea, un paréntesis en medio de un conflicto que, tarde o temprano, iba a explotar.
Estamos viviendo una mentira aquí. Todo esto es demasiado frágil, demasiado bueno para durar.
Como cada mañana, en la esquina lo esperaba Chen, listo para llevarlo al trabajo. Subió al Cadillac y se acomodó en el asiento trasero. El coche echó a andar mientras Miguel observaba las calles de Shanghái y silbaba una canción china que se perdía en el murmullo de la ciudad bajo la lluvia.
Abandonaron el área de la concesión francesa y entraron en la internacional.
Enseguida llegaron al edificio donde se encontraba la sede de la cervecera San Miguel, un rascacielos de estilo art déco en pleno Bund, junto al mítico Shanghai Club, frente a las orillas del Whang-poo.
El Cadillac se detuvo junto a la entrada principal.
Miguel se despidió de Chen y se adentró en el edificio.
Como cada mañana, el portero —un culi venido de alguna remota provincia china— le dirigió un saludo breve pero cortés.
Cruzó los mármoles rosados del vestíbulo, bajó las enormes lámparas de araña y se dirigió hacia los ascensores.
Subió al tercer piso, donde se encontraba la sede de su empresa en Shanghái.
Sí, Miguel era un privilegiado, y era muy consciente de ello.
Primero, por trabajar en la empresa de la familia, San Miguel, la cervecera más antigua y prestigiosa de todo Asia.
Su abuelo Pedro, el difunto patriarca de la familia Roxas, le había contado en mil ocasiones los orígenes a principios de los noventa, cuando un selecto grupo de empresarios españoles había absorbido la pequeña producción de cerveza de los frailes agustinos recoletos en el barrio de San Miguel, en Manila.
Lo que empezó como un experimento medicinal en un convento había crecido con el apoyo de las familias más pudientes de la élite española en Filipinas, con los Roxas a la cabeza.
El abuelo Pedro había iniciado la exportación a Shanghái y a Hong Kong, pero fue su primo Andrés quien modernizó la empresa y comenzó a diversificar su oferta.
Aunque la influencia española seguía muy presente en el espíritu de la compañía, San Miguel ya era una fuerza independiente, una empresa filipina que, desde su base en Manila, se expandía sin límites.
Y Miguel tenía la suerte de dirigir la sede de Shanghái sin apenas interferencias de su primo Andrés ni del resto de la familia. Dirigía su pequeño equipo de expatriados filipinos a su antojo, sin dar explicaciones, sin presentar balances de gastos, sin demasiadas preguntas.
Gordo pero con suerte. Sin tan solo el precio no fuese tan alto.
Cuando se abrieron las puertas de la oficina, lo esperaba Teresa, que parecía tener un sexto sentido para adivinar el momento exacto de su llegada.
Aquel día estaba aún más hermosa de lo habitual.
Su piel morena, que delataba su ascendencia filipina, lucía un brillo especial.
Llevaba el moño aún más firme que de costumbre, el pelo más tirante.
Se había pintado los labios y llevaba un vestido tradicional chino de seda salvaje.
—Hola, Teresa. ¿Tenemos algo hoy? —preguntó mientras ambos se dirigían hacia su despacho.
—Ha recibido varias llamadas de clientes esta mañana y también un telegrama de su primo Andrés desde Manila.
Miguel asintió, su mente ya centrada en los asuntos del día.
Ella le abrió la puerta del despacho y le permitió pasar antes de seguirlo.
En la estación seca, los grandes ventanales le ofrecían una vista inmejorable del Whang-poo.
Aquel día, la lluvia y las nubes no permitían ver a más de diez metros de distancia.
Miguel se sentó frente al escritorio de madera oscura que ocupaba el centro de la habitación y tomó los papeles que le ofrecía su secretaria.
—Estos son los recados de la mañana, señor Roxas. Y aquí está el telegrama de su primo.
Miguel tomó el sobre amarillo y lo abrió de inmediato, lleno de curiosidad.
Urgente reunión Johannes Bernhardt. STOP. Empresario alemán muy importante. STOP. Paramount mañana 22:00. STOP.
Andrés Soriano
No pudo evitar fruncir el ceño. ¿Johannes Bernhardt? ¿Qué quiere Andrés ahora? La experiencia le había enseñado que las solicitudes de su primo nunca eran sencillas, ni baratas, ni baladíes.
—Gracias, Teresa. Por favor, ponme un café negro, muy cargado. Hoy va a ser un día muy largo. ¡Y un cruasán! A la mierda la dieta china.
Llueve y, como de costumbre, llego tarde a la oficina.
No es que se me peguen las sábanas ni que me cueste madrugar.
En realidad, duermo más bien poco. Pero en casa siempre me entretengo.
Antes de salir, tengo que ponerles de comer a Federico y a Salvador, que en años felinos ya son dos ancianitos y tienen que seguir un régimen muy estricto.
Luego, me preparo un café en mi cafetera italiana, un tesoro entre mis posesiones más preciadas.
Pico algo de fruta y me siento a desayunar apaciblemente, con el Journal de Shanghai en una mano y el Shen Bao en la otra.
Este último me lleva algo más de tiempo, claro.
Me esfuerzo mucho, pero el chino aún se me atraganta.