Capítulo 2 #4
Entonces lo besó. Un beso profundo, que lo envolvió todo. Asier sintió cómo la pasión ascendía desde sus entrañas, una ola incontrolable que tensaba cada fibra de su cuerpo. Pero el miedo seguía allí, latente, recordándole el peligro. Demasiado arriesgado.
—Vamos a tu casa.
Y salió de la ducha. Yungli lo siguió unos instantes después.
Ya había anochecido cuando Asier y Yungli abandonaron la Chin Woo Athletic Association.
La lluvia golpeaba sin piedad, como si la ciudad quisiera limpiarse del calor sofocante del día.
El agua se deslizaba por los adoquines de las calles de Chapei, oscura y silenciosa.
Ninguno habló mientras caminaban bajo la tormenta.
La ropa mojada se les pegaba al cuerpo, pero no les importó.
La casa de Yungli estaba a solo cinco minutos a pie, pero cada paso bajo la lluvia parecía dilatar el tiempo, cargando el aire con una electricidad que iba más allá de la tormenta. Los relámpagos destellaban en la distancia, iluminando sus siluetas, sus respiraciones rápidas, sus cuerpos empapados.
Cuando llegaron a la puerta, Asier apenas pudo esperar.
Entrar en el apartamento de Yungli fue como alcanzar un refugio sagrado, lejos del mundo exterior, del bullicio de Shanghái, del peligro de ser descubiertos.
La puerta se cerró con un golpe seco y, en la penumbra, los dos se miraron por un instante antes de que Asier avanzara decidido.
Sus manos encontraron el borde del zan-sa azul de Yungli y se lo quitó con urgencia.
Yungli no se quedó atrás: con sus dedos finos desabrochó los botones de la camisa de Asier.
Le recorrió el pecho, los hombros, la espalda.
Se desnudaron el uno al otro, tirando las prendas al suelo sin cuidado, hasta que no quedó nada entre ellos.
Ni ropa ni lluvia. Solo la piel, caliente y temblorosa bajo la luz tenue que entraba por la ventana.
En silencio, sus cuerpos se buscaron y se fundieron. Asier lo abrazó y lo besó con intensidad. Ninguno se contuvo. No había barreras ni miedo. Tampoco ternura. Solo el deseo, puro y salvaje.
Pasaron las horas. Aunque no había relojes en aquel mundo que los atrapaba, ambos eran muy conscientes del paso del tiempo.
La noche avanzó, pero ellos no se detuvieron.
Yungli se entregó sin reservas. Asier tomó lo que consideraba suyo.
Descansaron apenas unos minutos e invirtieron los papeles. No se cansaron.
—Basta —protestó Yungli cuando amaneció. La primera luz del día asomaba por la ventana y bañaba sus cuerpos en un resplandor suave—. No hemos dormido en toda la noche. Tenemos que descansar.
Asier se inclinó hacia él, el rostro a pocos centímetros del suyo, y le acarició la mejilla con la yema de los dedos.
—Vamos, tómate el día libre —dijo con voz seductora—. No trabajo hasta la noche. Puedo quedarme todo el tiempo que quieras.
Yungli negó con la cabeza. Había frustración en su mirada, pero también algo más que Asier no alcanzó a descifrar.
—No puedo. Tengo una reunión a la que no puedo faltar.
Asier se incorporó y frunció el ceño. Hacía tiempo que sospechaba que su amante no era del todo sincero respecto a sus actividades.
En teoría, Yungli era un «comprador», como decían los shanghailanders , un chino dedicado al comercio, a importar y exportar bienes legales.
Pero siempre había pequeñas contradicciones, historias que no encajaban, citas imprevistas a horas imposibles.
—¿Con quién tienes esa reunión tan importante? —preguntó, intentando mantener el tono ligero.
Yungli desvió la mirada.
—Son solo negocios. Compra, venta, sobrevivir. Ya sabes cómo es.
Asier no lo creyó. Las evasivas de Yungli despertaban algo oscuro dentro de él, una sensación que no podía ignorar.
Se apartó de la cama y miró por la ventana.
La lluvia caía con más fuerza, pero el aguacero no apagaba la vida vibrante de Chapei.
El distrito combinaba casas tradicionales de estilo zaq-khu-men , con su mezcla de elementos chinos y occidentales, con comercios locales y mercados callejeros.
Las calles eran largas y estrechas: los famosos long-dang , llenos de vendedores ambulantes, artesanos y niños que jugaban.
Nada que ver con la elegante concesión francesa.
Si pudiera, Asier se mudaría allí sin dudarlo.
Pero los occidentales no eran bienvenidos en las zonas chinas de Shanghái. El odio al extranjero crecía cada día. Los ánimos estaban tensos, muy tensos. Asier ya corría peligro al adentrarse allí para ver a Yungli, pero ¿qué otra cosa podía hacer?
—Estoy cansado —dijo al fin mientras se dirigía hacia la puerta—. Me voy a casa a dormir.
—Espera, ¡espera! Tengo que reunirme con un empresario alemán, Johannes Bernhardt. Vamos a hablar de negocios. Es importante, ¡no te enfades!
Asier se detuvo en seco. La mención del nombre extranjero hizo que su mente se acelerara.
—Sé que me ocultas algo —murmuró.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y salió del pequeño apartamento de Yungli. La lluvia le caló la ropa al instante, pero apenas lo notó. Su mente estaba en otro lugar, atrapada entre la sospecha y la frustración.
¿Quién es Johannes Bernhardt?