Capítulo 2 #3
Comenzaron a hablar, y Miguel se sorprendió de lo fácil que le resultaba disfrutar de la conversación.
Tatiana era aguda e ingeniosa, y respondía a sus bromas con una risa que resonaba clara y melodiosa.
Por un momento, Miguel pudo olvidar el peso de su propio cuerpo, de su forma de ser, de su posición.
Casi logró olvidarse de todo.
—Bailemos —propuso Tatiana, ofreciéndole la mano justo cuando la orquesta comenzaba a tocar Summertime , de George Gershwin. Miguel se puso en pie y la condujo al centro de la pista. Cuando comenzaron a moverse, Tatiana lo miró con asombro—. Vaya…, bailas bien. Muy bien.
—¿Sorprendida?
Una taxi dancer no se sorprende nunca, muchacho. La vida ya las ha curado de espanto.
—Entusiasmada, más bien. No te imaginas la cantidad de pisotones que me llevo en una noche. Mis pies agradecerán el descanso.
—Nunca subestimes a un gordo con ritmo —replicó Miguel.
Mientras bailaban, sorteaban parejas que se separaban para dejarlos paso. Algunos los observaban sin tratar de disimular siquiera la sorpresa. Él, grande como una montaña; ella, ligera y delgada como un junco. Pero ambos se deslizaban por la pista como si llevaran ensayando juntos toda la vida.
Miguel sentía el jazz en las articulaciones, en los huesos, en la médula. No necesitaba pensar. Solo moverse. Era como si cada nota lo empujara hacia la siguiente, sin darle tiempo de pensar en… Sin darle tiempo de pensar.
Pero entonces, algo cambió. Tatiana miró a su alrededor antes de inclinarse hacia él y susurrarle al oído:
—Me encantaría seguir disfrutando de esta noche contigo, pero tengo que ser honesta… Estoy aquí trabajando y necesitaría algo de ayuda para cerrar mi noche.
Se acabó la función. Ahora es cuando saca el sombrero y hay que echar billetes.
Aunque trataba de tomarse aquellas situaciones a broma, Miguel sintió un pinchazo en el corazón. Incluso allí, en aquel lugar de aparente escape, la triste realidad seguía haciéndose presente.
Se echó a reír, un sonido un poco más amargo de lo que pretendía.
—¿Sabes? A veces me pregunto si puedo llegar a gustarle a alguien sin que haya dinero de por medio —dijo, intentando mantener su habitual tono irónico—. Soy buen chico. No muerdo ni nada.
Tatiana le sonrió con simpatía.
—Eres encantador, Miguel, de verdad. Y no es solo el dinero…, pero esta noche eso es lo que necesito.
Miguel asintió, sintiéndose derrotado pero resignado. Sacó su billetera y le pasó un billete de veinte dólares.
—Toma —dijo, tratando de sonreír.
—Gracias, guapo —respondió ella, depositando un beso ligero en su mejilla—. ¿Quieres que vayamos…?
—No, no, estoy cansado. Tómatelo como una ayudita. Me termino la copa y me voy a casa.
Abandonaron juntos la pista de baile. Tatiana se alejó entre las mesas y Miguel se quedó solo en la barra, terminando su bebida en silencio.
Después pidió otro old fashioned . Y otro más.
Y otro. Llevaba ya cinco cuando decidió que era hora de irse a casa.
Se levantó y se dirigió a la salida del Palermo.
No le apetecía bailar más.
Para Asier, la Chin Woo Athletic Association no era tan diferente a un frontón de pelota.
No en el aspecto, claro. En la Chin Woo no había muros de piedra ni el eco seco de una pelota contra la pared.
No había gradas donde los ancianos se arremolinan para ver los partidos ni había cal para marcar las rayas.
Pero había algo en la atmósfera, en la tensión de los cuerpos, en la disciplina del gesto.
Allá, en Gernika, el frontón era un templo. Igual que la Chin Woo.
Hara! Aquí estoy a salvo.
Las vigas de madera crujían con cada salto.
Los espejos laterales reflejaban su figura, su rostro empapado.
La Chin Woo Athletic Association era un horno en aquella época del año.
Sentía las gotas de sudor que le resbalaban por la frente, descendían por el borde de la nariz y caían al suelo con un sonido casi imperceptible.
Pero no tenía tiempo de limpiarse el rostro.
Cada músculo de su cuerpo permanecía tenso, alerta, en sincronía con los movimientos de wushu que había aprendido en las últimas semanas.
Cerró los puños con fuerza y lanzó golpes al aire, atento a cada exhalación, a cada fibra de su brazo endurecido.
Aizu, sí que estoy lejos de casa.
Pero allí, al menos, sentía que pertenecía a algún sitio.
Frente a él, Chao Yungli se movía con una elegancia envidiable.
Era delgado, muy delgado, pero cada músculo de su cuerpo estaba definido como los nervios de una laya recién templada.
Los golpes de Yungli no eran tan potentes como los suyos, pero tenían una precisión que a Asier le faltaba, una fluidez que parecía más un baile que una pelea.
Por mucho que entrenara, por mucho que practicase, nunca iba a igualar su destreza.
El maestro, un anciano de hombros anchos y pelo gris recogido en un moño bajo, lo observaba todo con ojos afilados, midiendo cada movimiento desde la sombra.
Maestro Yan, lo llamaban. Jamás decía una palabra más de lo necesario.
El silencio en sus clases formaba parte del entrenamiento.
Parecía más viejo que el roble de Gernika, ese que había visto reyes y guerras y aún seguía en pie, desafiando al tiempo.
Así era él. Inmóvil. Inmutable. Inquebrantable.
Asier sintió el impacto de su puño al cortar el aire, pero su mirada, aunque fija en el objetivo, se desvió un segundo hacia el cuerpo de Yungli, que se doblaba y giraba con la misma fluidez con la que el incienso se enroscaba en el aire.
Yungli no era grande, pero tenía algo que Asier no lograba imitar.
Había en sus movimientos un control absoluto, una economía de fuerza que convertía cada gesto en un acto de precisión mortal.
El golpe de Asier se desvió apenas unos milímetros, y en ese instante de desequilibrio percibió la mirada crítica del maestro.
No era un reproche, pero él lo sintió así.
Su cuerpo, menudo pero ancho y potente, estaba acostumbrado al impacto de la pelota vasca, a la fuerza bruta.
Pero allí, en aquel centro chino de artes marciales, el nivel se medía de otro modo.
La destreza de Yungli lo dejaba en evidencia.
Asier flexionó los brazos de nuevo y notó la piel de sus nudillos tirante por el esfuerzo.
Se concentró en las indicaciones del maestro.
Un golpe. Otro. El eco de sus pies descalzos sobre la madera retumbó mientras las piernas le latían por el esfuerzo.
Y aun así no consiguió apartar la vista del perfil de Yungli: su respiración medida, el músculo definido bajo la piel delgada, como una escultura griega que hubiera cobrado vida.
El entrenamiento terminó en silencio, como siempre.
El maestro Yan se despidió con una ligera inclinación de cabeza, apenas perceptible.
Ni una alabanza, ni una crítica, solo ese gesto.
Asier y Chao Yungli lo comprendieron. Sus cuerpos aún vibraban con la tensión del ejercicio.
La adrenalina todavía recorría sus músculos cuando salieron del estudio hacia los vestuarios.
El centro estaba vacío. Era tarde. No quedaban más alumnos, solo el eco del calor atrapado entre las paredes de madera.
En el vestuario, el sonido de sus pies descalzos sobre el suelo de baldosas resonaba en la soledad del lugar.
Ninguno habló. Se desnudaron en silencio, dejando caer la ropa sobre los bancos, el sudor aún pegado a sus cuerpos.
Las duchas eran un simple espacio abierto.
No había cortinas ni mamparas, solo el agua que corre sin interrupción, golpeando el suelo en un murmullo constante.
Asier se metió bajo el chorro, aunque sus ojos no lograron apartarse del cuerpo de Yungli, tan conocido y tan misterioso a la vez.
Cada gota que caía sobre su piel resaltaba los músculos del abdomen.
Los dos hombres permanecieron en silencio.
Al fin, Asier captó la mirada de Yungli y le hizo un gesto para que se acercara.
Sin decir palabra, el joven cruzó el pequeño espacio que los separaba, con pasos lentos pero firmes.
Despacio, muy despacio, Yungli alargó la mano y comenzó a enjabonarle el pecho.
Sus dedos, suaves, recorrieron los pectorales de Asier, trazando una línea firme que descendía por su abdomen hasta el borde de la cadera.
El agua se mezclaba con el jabón mientras las manos de Yungli exploraban su espalda, sus glúteos, todo con una calma que hacía que el corazón de Asier golpeara con fuerza en su pecho.
— Sia-kee to-ke long jin-la —murmuró Asier en su shanghainés más o menos inventado, aunque entre el sonido del agua y su pronunciación defectuosa, le pareció que Yungli no había entendido, así que repitió en inglés—. Someone might come in!
Yungli lo miró con ojos traviesos.
— I don’t care —respondió en su inglés impecable—. No me importa.