La noche cae sobre Shanghái Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Quizá esa sea tu mayor virtud, Isabel. Esa manera de ver el mundo con intensidad, de captarlo todo como si fuera a desaparecer al instante. ¿Qué ocurrió? Seguro que hubo algo especial, un momento que cambió tu forma de ver el mundo…

Siento cómo se me nubla la mirada. Pienso en la muerte de mis padres. En Andrés. En todo lo que ocurrió y que he optado por olvidar.

—Todos tenemos un pasado —contesto.

—Creo que por eso haces lo que haces, y por eso… —hace una pausa, sus ojos no se apartan de los míos—… eres tan fascinante.

Su mano sobre la mía es cálida. Noto cómo el pulso me late más fuerte. Mi piel se eriza, siento un cosquilleo en el estómago y me parece que me pierdo en su mirada, en su cercanía, en su voz. El mundo parece haberse reducido a esa mesa, a esos ojos, a esa mano sobre la mía.

Entonces el destello del miedo atraviesa mi mente.

Otra vez.

Algo en mí se cierra, como el obturador de mi cámara. Aparto la mano, casi como si hubiera tocado algo ardiendo, y la retuerzo en mi regazo, tratando de ocultar el temblor que me ha dejado.

—Perdona… —musito, sin mirarlo a los ojos, con la voz apenas audible. Me levanto de la mesa tan deprisa que casi tropiezo con la silla—. Creo que… debo irme. He recordado que tengo trabajo pendiente.

Sunmey me observa, desconcertado, y veo una leve sombra de tristeza cruzar su rostro.

—¿Te he incomodado de alguna forma?

—Claro que no, no seas ridículo. Te veré mañana en la redacción.

Sin esperar respuesta, me doy la vuelta y salgo del bar. Al llegar al vestíbulo, me parece que el ambiente es distinto, como si estuviera cargado con mi propia inquietud. Respiro hondo y, sin mirar atrás, salgo del Cathay.

Llueve, pero no me importa mojarme.

Una vez más, Miguel se había quedado solo en las oficinas de la cervecera San Miguel. Hasta Teresa, su secretaria, se había marchado ya, dejándolo rodeado de montañas de papeles que no le había quedado más remedio que ordenar él mismo, aunque no fuera su trabajo.

Antes de salir, se dirigió al espejo que tenía en su despacho y comprobó su aspecto.

Estaba más o menos presentable. Tenía la inmensa suerte de apenas sudar.

Los hombres de su tamaño solían hacerlo y de maneta más bien copiosa, pero él se había criado en los jardines tropicales de Filipinas, y, comparado con Manila, Shanghái era casi tan fresco como la campiña inglesa.

Tampoco te pases, muchacho.

A pesar de encontrarse seco, su traje de lino no estaba todo lo liso que le hubiera gustado.

Guardaba varias mudas en el despacho para ocasiones como aquella, de modo que se entretuvo en cambiarse de camisa y ponerse un traje nuevo antes de salir, no sin dejarle antes una nota a Teresa para que al que día siguiente lo llevara todo a la tintorería.

Con un suspiro, apagó las luces, cerró la puerta y tomó el ascensor hasta la calle.

La oficina de San Miguel se encontraba en un edificio en pleno Bund, la calle más viva, moderna y cosmopolita de todo Shanghái, quizá del mundo entero.

La noche había caído sobre la ciudad, tiñendo de sombras los perfiles de los rascacielos y de los barcos amarrados en el Whang-poo.

El aire denso y cálido lo envolvió como un abrazo, recordándole lo cansado que estaba, aunque no tenía intención alguna de regresar a casa. No aún.

La noche es joven, muchacho, y Shanghái nunca duerme.

Miguel no quería pasar la noche solo, en el silencio de su apartamento, y aunque podía ir al Cathay o al Paramount, donde la música, las luces y las caras conocidas lo habrían recibido con el bullicio habitual, eso no iba a llenar el vacío de su interior.

Rodeado de gente, pero siempre solo. Nadie se acerca a más de un cheque bancario de distancia.

En Shanghái todo, cualquier cosa, es una transacción.

No, en el Paramount o en el Cathay solo se encontraría con conocidos, otros hombres de negocios y sus encantadoras esposas o novias o amantes, y la compañía de esas caras tan familiares no haría más que recordarle su propia soledad. No, esa noche necesitaba aire fresco.

Fuera estaba lloviendo. Chen lo esperaba junto al Cadillac, fumando un cigarrillo al resguardo de un tejadillo. Miguel se subió al coche, acomodó grácilmente su voluminoso cuerpo en el asiento de cuero y se inclinó hacia delante con una sonrisa.

—¿Me llevas a The Line? No te va a regañar tu mujer por llegar tarde otra vez, ¿no?

—El trabajo es el trabajo, jefe. Allá vamos.

—Si te monta el circo, dile que hable conmigo.

La esposa de Chen era todo un tornado, una cantonesa acostumbrada a gobernar su familia con puño de hierro. Chen, en cambio, era el típico hombre tranquilo, imperturbable. A veces Miguel se sentía culpable por meterlo en líos, pero… al fin y al cabo era su trabajo.

El Cadillac arrancó con un murmullo casi inaudible. Chen no pidió instrucciones. Sabía exactamente dónde quedaba The Line, al norte de Kiangse Road, casi tocando Hongkew. No era la primera vez que lo llevaba allí. Tampoco sería la última. Conocía el camino. Y conocía a Miguel.

Fuera de las concesiones, The Line era otro mundo. Más oscuro y más vivo. Más sincero.

A medida que avanzaban, el paisaje urbano empezaba a deshacerse. Las fachadas limpias, los edificios comerciales, los escaparates relucientes…, todo eso quedaba atrás como el decorado de una obra cuando ya se ha terminado su función.

Durante el día, Kiangse Road podía engañar.

Parecía una arteria próspera de Shanghái.

Oficinas con columnas, grandes almacenes, marquesinas de vidrio.

Miguel recordaba cada detalle: la sede de Eastman Kodak con sus molduras industriales, el rótulo algo vencido del Yokohama Barber Shop, el escaparate de Watson’s Mineral Water, donde las señoras bien hacían como que buscaban tónicas mientras espiaban sombreros en la tienda de al lado.

Había pasado por allí muchas veces. A pie, en coche, en tranvía. Y siempre —siempre— se detenía a mirar las fachadas. Las proporciones. Las sombras. El lenguaje secreto de los arquitectos.

Sacó el cuaderno del bolsillo interior de la chaqueta.

Era una vieja costumbre, como quien fuma después de comer o quien se muerde las uñas.

Apoyó el lápiz en la primera página libre.

Pero no, la luz era mala. Los baches del coche hacían temblar la mano.

Y el edificio que le interesaba, uno de ladrillo rojo con balcones ciegos, quedó atrás antes de que pudiera fijar su ángulo.

Volvió a guardar el cuaderno. Esta noche solo observaría.

Más al norte, la Trinity Cathedral asomaba por encima de los tejados con esa mezcla de solemnidad y arrogancia que solo las iglesias anglicanas logran sostener.

De día, la calle tenía su orden. De noche, era otra cosa.

Otro mundo. Las puertas se cerraban, los escaparates se apagaban y la calle cambiaba de piel como una serpiente.

Los clubes desaparecían bajo carteles sin nombre.

Las sombras se alargaban entre puertas laterales.

Luces rojas, cortinas de cuentas, hombres que entraban solos y salían tambaleándose.

Bordellos , casas de té con reputación ambigua, habitaciones alquiladas por horas a precios inexplicables.

Miguel miraba sin mirar. No era nuevo allí. Pero tampoco era parte de eso.

¿Por qué sigo viniendo?

No era el placer. Pagar por un rato de amor no estaba hecho para él. No desde lo que ocurrió en la Rosa de Manila, desde luego. Pero había algo en la crudeza, en la falta de pretensión, en el modo en que aquel lugar no fingía ser otra cosa… que lo atraía sin remedio.

Aún soy un niño inocente. Ja.

Esa noche, Miguel no buscaba lujo, ni exclusividad, ni siquiera un placer momentáneo que nunca había llegado a experimentar, pero cuya tentación estaba siempre presente.

Como tantas veces, solo quería dejar de sentirse solo, aunque fuera por un rato.

Acaso una buena risa y un par de cócteles con alguien que no esperase nada de él, excepto quizá una conversación ingeniosa y un par de bailes. Porque sí, le encantaba bailar.

El Cadillac se detuvo, y Miguel bajó del coche.

—Espérame aquí, Chen. No tardaré.

Chen asintió con una sonrisa, como de costumbre, y Miguel se adentró en The Line protegido por un paraguas. Caminó despacio, sopesando sus opciones mientras observaba las luces y el constante ir y venir de los artistas y espectadores que esperaban en las puertas. Al fin, se decidió por el Palermo.

Un clásico.

Miguel empujó la puerta de madera tallada y se adentró en el cabaré, un lugar que rebosaba una decadencia que, de alguna forma aún más patética, trataban de disfrazar de sofisticación.

Los acordes de In A Sentimental Mood llenaban el aire.

Nada como el jazz para acertar con su estado de ánimo.

El humo del tabaco inundaba el local. Se abrió paso entre las mesas, notando una vez más la ventaja de sacarle al menos una cabeza —y, normalmente, un par de ellas— al más alto del lugar.

Se sentía Moisés, abriéndose camino entre las aguas del mar Muerto.

Se sentó en la barra y le pidió un old fashioned al camarero, que lo sonrió al reconocerlo.

Mamá me montaría una buena bronca por dejarme ver en un sitio como este. Pero, qué demonios, llevo todo el día trabajando, solo quiero divertirme un poco.

Fue entonces cuando la vio. Tatiana, una visión en un vestido de lentejuelas que capturaba cada reflejo de luz. Su cabello rubio estaba peinado en ondas perfectas, y su presencia parecía irradiar un encanto misterioso pero accesible.

—¿Buscas compañía, guapo? —preguntó ella, acercándose con una copa en la mano.

—Siempre estoy en busca de algo, aunque rara vez sé exactamente de qué —respondió Miguel con una sonrisa torcida, aceptando el reto implícito en su pregunta.