La noche cae sobre Shanghái Capítulo 2
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Capítulo 2

二

Cinco días antes de San Juan

El taxi se detiene frente al Cathay. Mientras bajo, me tomo un segundo para observar la fachada de granito y la cúpula de cobre que brilla bajo las luces del Bund. No hay luna ni estrellas. El cielo está nublado y es probable que en un rato empiece a llover.

Shanghái se despliega ante mí como un sueño, como un delirio surrealista, como una metrópolis del futuro.

Nadie diría que estamos en pleno corazón de China.

No, el Bund parece más una avenida de Nueva York.

No es que yo haya estado allí, pero he visto fotos.

Allí también hay gente de todas partes del mundo.

En Shanghái no ves a dos personas iguales.

Hay europeos, japoneses, americanos, indios, australianos, rusos, judíos…

y chinos, claro. Aunque esos suelen mantenerse fuera de las concesiones.

No el chino con el que voy a verme esta noche. Shao Sunmey es uno de esos chinos internacionales, un cosmopolita que podría sentirse en su casa en cualquier lugar del mundo.

Pago al conductor con un billete de un dólar —un dólar chino, un yuan, no un dólar americano— y entro en el edificio.

Me asalta el archiconocido aroma del Cathay, una mezcla de maderas orientales con un tinte dulzón que reconocería en cualquier parte del mundo.

Enseguida se impone el popurrí de perfumes de la multitud, como si cada cual quisiera afirmar su lugar en el mundo oliendo más y mejor que el vecino.

Tantas sensaciones me marean, pero respiro hondo y miro alrededor.

Como siempre, el vestíbulo del hotel hierve de actividad.

La élite más conservadora se arremolina en los rincones y sillones de terciopelo, aferrándose al lugar con la convicción profunda de que, por ser propiedad de un europeo, es superior a cualquier otro hotel en Shanghái.

Me pregunto por qué Sunmey habrá elegido este lugar para la cita.

Posiblemente para darles en las narices y demostrarles que un chino también puede dejarse ver con una europea alta y rubia como yo, con una lao niang huei en toda regla.

Mis tacones resuenan en el suelo de mármol mientras me dirijo al ascensor para subir a la novena planta, donde se encuentra el Tower Night Club, quizá uno de los mejores sitios para escuchar jazz de toda la ciudad.

Al entrar, los perfumes sofisticados dejan paso al olor mucho más vulgar del tabaco y el alcohol.

Shanghái es la ciudad del pecado, la Babilonia del siglo  xx .

No hay santos aquí y, si alguna vez hubo alguno, hace tiempo que se pasó al otro bando.

El local está lleno de occidentales que hablan a voces y ríen a carcajadas por encima de la música de la banda.

Las lámparas de cristal bañan el bar en una luz cálida y envolvente, casi como si aquí el tiempo se moviera con otra cadencia, al ritmo del saxo y la trompeta.

Un camarero rubio y de piel rosada viene a mi encuentro.

Aunque no suelo frecuentar el Cathay, reconozco su rostro.

—Me alegro de verte, Johnny.

—¿La esperan, miss de la Cruz?

—Mi acompañante aún no ha llegado. Mesa para dos, por favor.

Respiro hondo mientras me acomodo cerca del escenario.

Pido una copa de champán e intento calmar los nervios.

Sunmey me impone cierto respeto, no puedo negarlo.

Además de ser mi compañero en la redacción del China Weekly Review, es un poeta cuya genialidad ha capturado a chinos y extranjeros por igual.

¿Cómo no iba a intimidarme? Me fascinan su cultura, su mente afilada, su manejo del inglés, su historia vital…

y, para qué negarlo, además es bastante guapo. Una combinación peligrosa.

Miro el reloj y me doy cuenta de que me he adelantado unos minutos.

Qué poco propio de una señorita. Mi tía Remedios, la que me hacía de chaperona cuando era jovencita, me habría regañado.

Una dama, según ella, siempre debe hacerse esperar, solo así conseguirás un buen esposo.

Pero aquí estoy, a punto de asumir que tal vez no soy una dama, al menos no en los términos de la alta sociedad de Manila, y que ni loca deseo un esposo.

Levanto la vista justo a tiempo de ver cómo llega Sunmey. Nuestras miradas se encuentran en medio de la multitud. Él me sonríe, y, sin darme cuenta, también sonrío. Parezco boba.

—Perdona el retraso, darling , el tráfico desde la ciudad china está imposible.

El camarero se acerca con la copa de champán y la deposita frente a mí con una leve inclinación de cabeza.

—Miss de la Cruz, su champán —dice en tono formal, antes de volverse hacia Sunmey—. ¿Y para usted, gentleman ?

¿Aprecio ironía en la palabra «gentleman»? Sunmey es casi el único hombre chino entre la clientela. Desde luego, el único acompañado de una europea, aunque haya nacido en Filipinas, como yo. Él no se da por ofendido, sino que se limita a sonreír con esa calma elegante de los poetas.

—Un whisky, por favor. Solo.

Johnny asiente y se aleja, dejándonos a solas en medio de ese ambiente cálido y bullicioso del Tower Night Club, como si estuviéramos dentro de una pompa de jabón. Sunmey me observa en silencio. No puedo evitar sentirme un poco expuesta bajo su mirada, aunque su expresión es amable, casi… soñadora.

Sé de sobra que yo también le gusto.

—Voy a ir al grano —comienza, inclinándose ligeramente hacia mí.

Su perfume, floral pero inequívocamente masculino, me alcanza de lleno—.

Powell me ha encargado una pieza sobre el cónsul francés, el británico y el americano.

La idea es que son los tres más poderosos, los que mandan en las concesiones, aunque te puedes imaginar que hay un ángulo político… ¿Te apetece echarme una mano?

Así que vamos a hablar de trabajo. Bien, es un arranque cómodo. Suelto un suspiro y agito ligeramente la copa de champán antes de llevármela a los labios.

—Depende, ¿qué quieres que haga?

—Las fotografías, claro.

«Claro». ¿Qué más va a hacer Isabel, aparte de fotografías? Doy un trago a mi copa antes de contestar. Tampoco puedo quejarme. La fotografía es mi vida. Me encanta lo que hago. Y, sin embargo…

—Claro, cómo no —respondo—. Dime dónde y cuándo y allí estaré. Con mi Leica, claro, porque sin ella, ya me dirás para qué te valgo.

—¿Detecto una chispa de ironía?

—¿Irónica, yo? Jamás.

Él asiente despacio, como si mis palabras confirmaran algo que ya imaginaba.

—También me puedes ayudar con el artículo en sí. Llevas ya más de tres años en el China Weekly Review . ¿Cómo te ves en el periódico?

Es una pregunta delicada.

—Pues… un poco atascada, para ser honesta.

Powell insiste en que me limite a cubrir actos sociales, banquetes, cenas de caridad, fiestas.

—Hago una mueca. Noto que la frustración empieza a filtrarse en mi voz—.

Me gustaría hacer algo más. Shanghái está en un momento histórico, y yo estoy aquí atrapada haciendo retratos de estudio.

Él asiente despacio, como si mis palabras confirmaran algo que ya imaginaba.

—Te entiendo —dice, sus ojos se iluminan con interés—. Por eso quiero contar contigo para este artículo. ¿Nunca te has planteado escribir?

Sonrío. Eso es justo lo que quiero. Pero, la verdad, no es probable que suceda. No en este universo, desde luego.

—¿Bromeas? No hay una sola mujer que escriba en el Weekly .

—Tampoco hay otras fotógrafas. Eres la única, aparte de las secretarias.

—A veces, una se cansa de que cada día sea una batalla.

Callo lo que vendría a continuación. Amo contar historias con imágenes, pero, a veces, echo en falta las palabras.

Palabras hermosas como las que escribe Federico.

O más prosaicas, palabras que reflejen la realidad, que acompañen a la fotografía.

Pero no quiero descargar mis frustraciones en Sunmey, que me observa con atención. Como siempre.

Es verdad. Con él, me siento escuchada. Un gran cambio con lo que tenía en casa. Los hombres chinos saben tratarte como si fueras un ser humano y no un pedazo de carne; al menos, los que yo he conocido. Y Sunmey…, hay algo en su mirada, un brillo de admiración que no trata de ocultar.

—Tienes tanta pasión —murmura, inclinándose un poco más hacia mí—. Estás preciosa cuando hablas de tu trabajo. Es evidente que Shanghái no podría tener una periodista más dedicada que tú.

Lo que acaba de decir me descoloca un poco, y siento una calidez extraña que me recorre el vientre. Sonrío, aunque sé que el rubor empieza a asomarse a mis mejillas.

—Bah, se nota que eres un mago de las palabras —contesto, tratando de salir del paso.

La copa de champán sigue en mi mano, y no puedo evitar jugar con ella, girándola suavemente mientras su mirada se mantiene fija en mí.

La intensidad de sus ojos hace que me sienta como si estuviera bajo la lente de mi propia cámara, expuesta, sin poder esconder nada—.

¿Cómo voy a creerme nada de lo que dices?

En español tenemos una palabra para lo que pretendes hacer: engatusarme. No sé cómo se dice en inglés.

—Sabes, Isabel —dice en un tono bajo, como si sus palabras fueran un secreto solo para mí—, tienes algo especial. Algo que va más allá de la técnica o el arte. Es como si buscaras la esencia de las personas, la verdad detrás de las máscaras.

Me río, tratando de restarle importancia, aunque su mirada hace que me sea difícil escapar de su influencia.

—O tal vez solo soy una romántica sin remedio.

Doy un pequeño trago al champán. Tengo que recuperar el control de la situación.

Pero la mirada de Sunmey sigue sobre mí, y no hay rastro de ironía en sus ojos.

Sonríe y se inclina hacia delante, y yo, sin darme cuenta, siento que también me acerco un poco.

Su mano, con delicadeza, se posa sobre la mía.

Me habla en un susurro, como si el resto del bar se hubiera desvanecido.