La noche cae sobre Shanghái
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Capítulo 1
一
La noche de San Juan
Fuego. Risas. El aire de la noche es cálido, y la brisa trae el aroma a hierba recién cortada y de las flores que bordean el parque.
Siempre hay flores en Shanghái, cada una con su propio olor.
También huele a humo y a madera quemada.
Son las hogueras que crepitan en la oscuridad y proyectan sombras largas y caprichosas, casi se diría que demoníacas.
Los invitados se distribuyen por todo el jardín.
Visten sus mejores galas, aunque adaptadas al clima de la ciudad: los hombres con trajes de lino claro, las mujeres con vestidos que parecen flotar en el aire, abanicos en la mano, piel brillante por el calor.
Entre ellos destaca el príncipe Volkov, impecable en su traje de corte europeo, el chaleco de seda gris perla y una corbata azul oscuro que realza el blanco de su cabello.
Los jóvenes saltan sobre el fuego. Están muy lejos de sus hogares, pero hoy pueden celebrar la noche de San Juan en pleno corazón de China.
Me pregunto si no debería saltar con ellos.
Al fin y al cabo, yo también soy joven. O eso dice mi pasaporte: Isabel de la Cruz, nacida en Manila, Filipinas, de padre y madre españoles, el 19 de julio de 1906.
Aún no he cumplido los treinta, tengo derecho a divertirme.
Pero ya no soy una de ellos. No, después de todo lo que ha ocurrido.
Más me vale contentarme con ver cómo se lo pasan bien.
Todo parece en orden, como si la alegría de la fiesta pudiera mantener a raya la oscuridad. Se supone que el cónsul ha organizado esta fiesta con un fin benéfico, para ayudar a las monjitas de las misiones o algo así, pero la atmósfera está cargada de algo que no tiene nada de beatífico.
A pesar de la alegría que me rodea, no consigo desconectar.
Mi mente está demasiado centrada en lo que está ocurriendo.
Ahora mismo, no puedo ver más allá de la conversación que mantengo con mi mejor amigo.
Mi supuesto mejor amigo. Miguel está frente a mí.
El fuego de las hogueras ilumina su rostro.
Hay algo en su expresión que me inquieta.
—Johannes Bernhardt —digo, al fin—. No deberías hacer tratos con él. Es un hombre peligroso.
Miguel me mira, claramente desconcertado.
—Mira, sabes que contigo no tengo secretos.
Mi primo Andrés y mi madre me pidieron que se lo presentara al cónsul.
Ya está hecho, punto. A partir de aquí, no tengo ni idea de qué se traerá entre manos —explica, quizá un poco demasiado rápido.
Su voz suena más insegura de lo habitual.
Después, se detiene y me clava la mirada con esos ojos suyos que siempre rezuman bondad y, sí, también una punta de melancolía—.
Pero ¿qué tienes que ver tú con todo esto?
Suspiro.
—Todo comenzó con un encargo del periódico, pero ahora… Asier y yo creemos que Bernhardt tiene algo que ver con el tráfico de opio.
El asombro de Miguel es más que palpable. Casi lo puedo masticar.
—¿Asier también? Pero ¿qué es esto?
—Es largo de explicar y ahora mismo nos falta tiempo, pero Asier me está ayudando. ¿Tú no sabes nada que me pueda ser de utilidad?
Miguel se queda en silencio, perdido en sus pensamientos. Finalmente, murmura:
—Bernhardt mencionó un cargamento que había que enviar a España, pero no me dio más detalles.
El sonido de un violín irrumpe en la noche, seguido de risas y más saltos sobre el fuego.
Asier pasa entre los invitados, un camarero más entre tantos otros, pero nuestras miradas se cruzan por un instante, y sé que él también está alerta.
Todo parece tan frágil en este momento, como si en cualquier momento se fuera a ir todo al garete.
De repente, una detonación. Es un disparo, seguido casi al instante por otro.
Me giro en busca del origen. Cerca del borde del jardín, donde la oscuridad empieza a tragarse la luz de las hogueras, veo una figura que cae.
Hay más gritos, alguien pide socorro. Corro hacia allí, con Miguel detrás de mí.
El príncipe Nikolai Volkov yace en el suelo de hierba del jardín del consulado.
Su cuerpo está torcido en un ángulo antinatural.
Su cara, que unos minutos antes había parecido tan imperturbable, está congelada en una expresión de sorpresa.
La sangre se esparce por su pecho, oscura bajo la luz de la luna.
Todo a mi alrededor se desvanece. La música, las risas, el calor de las hogueras…, todo desaparece en un zumbido sordo.
Solo queda el cuerpo inerte del príncipe Nikolai.