Epílogo. La noche cae sobre Shanghái
Epílogo
La noche cae sobre Shanghái
Volvemos a Shanghái cuando la situación ya es insostenible.
Nos cuesta una eternidad salir de Beiping, y más aún cruzar el Yangtsé con los puestos de control japoneses en cada puente.
Aún no sé cómo lo conseguimos. Creo que es gracias a Yungli.
O a la suerte. O a las dos cosas. Asier dice que debería escribirlo, contarlo todo, pero yo no sé si puedo.
A veces tengo la sensación de que, si lo pongo por escrito, todo volverá a ocurrir. Y no sé si podría resistirlo.
La redacción del Weekly sigue donde siempre. Mis cosas están intactas. Hasta los gatos me esperan como si no hubiera pasado nada. Powell se limita a mirarme y a hacer un gesto hacia mi escritorio. Sabe que no hace falta preguntar. Sabe que voy a escribir.
El artículo sale publicado el 9 de julio.
Apenas una columna y media, pero lo bastante clara: en el incidente del puente Marco Polo, es el ejército japonés quien provoca el enfrentamiento, buscando un casus belli para lanzar una invasión a gran escala contra China.
Lo sabemos. Lo hemos visto con nuestros propios ojos.
Incluyo detalles del secuestro de Miguel, del chantaje, de la presión psicológica.
No menciono su nombre, claro. Pero lo cuento todo.
Lo que viene después es rápido. El 12 de julio, el Gobierno de Nankín da la orden de movilización general.
El 17, los japoneses atacan la base de Tungchow, a apenas treinta kilómetros de Beiping.
El 20, las tropas imperiales lanzan una ofensiva completa contra el norte de China.
El Gobierno chino intenta frenar la máquina de guerra nipona con negociaciones. Fracasa.
El 7 de agosto, el Gobierno nacionalista convoca a los líderes de todos los partidos y movimientos armados en Nankín. El Frente Unido que ha ideado nuestro «mariscal ilustrado» se hace realidad, por fin.
Y el 13 de agosto, la noche cae sobre Shanghái. Mi ciudad se convierte en un infierno.
Ese día, al amanecer, un destacamento de tropas chinas ataca a una patrulla japonesa en el distrito de Chapei.
Dicen que es una provocación deliberada, que se quiere evitar que los japoneses ganen más terreno sin resistencia.
No lo sé. Lo que sé es que, al poco tiempo, empiezan a llegar refuerzos por todas partes.
Barcos japoneses desembarcan soldados en el Whang-poo como si fuera un simple ejercicio de maniobras.
El cielo se llena de cazas, de bombarderos, de humo.
Los primeros obuses caen sobre los barrios chinos: Chapei, la ciudad vieja, incluso cerca de los jardines de Yuyuan. Casas ardiendo, gente corriendo, humo negro tapando el sol. Un niño muerto al borde de una cuneta. Una mujer buscando a su hija entre los escombros. No puedo olvidarlo. Y no quiero.
Después de aquello, Asier se une al ejército chino.
No es una decisión fácil, pero tampoco puede quedarse al margen.
Dice que, después de lo que vio en Fengtai, no hay más opciones posibles.
Quiere luchar por la libertad de este país como si fuera el suyo.
Tal vez ya lo sea. Sobre todo, sé que quiere estar junto a Yungli.
No quiere que vuelva a repetirse la historia que vivió con Gorka.
Aún estamos en contacto. Cuando me escribe desde el frente, nunca habla del combate.
Solo me pregunta cómo estoy, cómo está Miguel, si los gatos siguen durmiendo sobre mi escritorio.
Pero en sus silencios intuyo el ruido de los disparos, el peso del barro, la esperanza que aún no han conseguido arrebatarle.
Miguel y yo resistimos cuanto podemos. Pero en septiembre ya es evidente que la ciudad no es segura.
Los consulados europeos organizan la evacuación de sus nacionales desde la concesión francesa.
Nos vamos juntos, en un barco atestado de refugiados, comerciantes, misioneros, niños dormidos sobre los regazos de sus madres.
Partimos una madrugada, sin apenas equipaje, sin saber si volveremos algún día.
Atrás quedan el Weekly , la casa, los cuadernos de Miguel. La ciudad.
Embarcamos con otros expatriados en dirección a Saigón, y de allí seguimos hacia Marsella.
En octubre ya estamos en París. Miguel encuentra trabajo de inmediato en un programa de renovación urbana en los barrios obreros del norte de la ciudad.
Le fascinan estas cités ouvrières tan distintas de los rascacielos del Bund, pero llenas también de humanidad, de historias entrelazadas en el ladrillo y el acero.
Lo veo animado, entusiasmado como hacía tiempo que no lo veía.
En paralelo, se ha inscrito como oyente en algunos cursos de arquitectura en la École des Beaux-Arts.
Toma apuntes en sus cuadernos con la misma devoción con la que antes dibujaba torres, cornisas, cúpulas imposibles.
Me alegra verlo así, en su elemento. No hace falta decirlo: está donde debe estar.
Yo he vuelto a la redacción del Excelsior .
Paul Lambert ha seguido de cerca mi trabajo en Shanghái, tanto en fotografía como en los textos que, poco a poco, he comenzado a publicar en el Weekly .
También ha tenido en cuenta mi papel en el caso Bernhardt y, contra todo pronóstico, me ha ofrecido un puesto como reportera.
No para cubrir inauguraciones ni cócteles.
No. Me han encargado la sección internacional. He aceptado sin dudar.
Desde entonces cubro manifestaciones en la place de la République, marchas del Frente Popular, disturbios provocados por los camisas negras que operan bajo la sombra de Maurras.
Escribo sobre el avance de Hitler, sobre el envenenamiento lento que se extiende desde Berlín.
También me llegan rumores de detenciones masivas, desapariciones, sinagogas destruidas.
Ya no son solo leyes ni boicots, sino algo más sistemático.
Algo más atroz. Nadie sabe con certeza qué está ocurriendo, pero algunos empiezan a entender que algo terrible está en marcha.
Cada vez que leo una noticia sobre los judíos en Alemania, pienso en Jakob.
En su inocencia, en su fidelidad, en su manera de decir tanto con tan pocas palabras.
Su muerte en Shanghái fue un aviso de lo que estaba por venir.
Denuncio las políticas de apaciguamiento de Daladier, que cree que firmando papeles evitará la guerra. Pero la guerra y el horror no se evitan con papeles. Se evitan con memoria. Con conciencia. Con valor.
España continúa en llamas. El avance de las tropas de Franco es implacable.
El Gobierno legítimo de la República resiste aún en Madrid, pero la presión es asfixiante.
Burgos se ha consolidado como capital nacionalista, con un aparato de Estado paralelo, respaldado por Alemania y por Italia.
Las brigadas internacionales luchan con valentía, pero mal equipadas.
Cada semana llegan noticias de ciudades bombardeadas, de pueblos arrasados, de represalias.
La voz de la República se ahoga entre ruinas mientras Europa mira hacia otro lado, atrapada en su política de apaciguamiento.
Igual que mira cuando los japoneses arrasan Nankín.
Todo esto lo veo. Lo vivo. Y por eso sigo escribiendo.
Porque lo que ocurre en Shanghái no es tan distinto de lo que está ocurriendo aquí.
Porque los imperios no tienen rostro, pero sus crímenes sí.
Porque me niego a callar. Porque no me resigno a ser una figura decorativa.
Me llaman alarmista, exagerada, derrotista. Como a Casandra.
Pero mientras tenga fuerzas, mientras me quede aliento, seguiré alzando la voz. Porque si algo he aprendido es que el silencio no protege. Solo encubre.
Y yo no pienso ser cómplice.