24 EL ECO DEL RUGIDO #2
La intervención de Luke nos proveyó del alivio de tensión necesario para iniciar la huida.
Ethan evitó cualquier explicación ante la junta directiva.
Su mano masiva se hundió en mi cintura, sujetándome con una urgencia que casi me lifted del suelo, obligándome a seguir sus zancadas rápidas a través del pasillo de servicio del hotel.
Atravesamos las puertas batientes de la cocina, dejando atrás el murmullo de la gala y adentrándonos en el aislamiento de los pasillos técnicos.
La salida precipitada hacia los ascensores del estacionamiento subterráneo rompió el cerco social del salón, sumergiéndonos en una penumbra húmeda y fría que resonaba con el eco de nuestros pasos apresurados.
Yo avanzaba a trompicones, con el satén negro rozando la piel interior de mis muslos, que estaban empapados por el flujo constante de mi excitación somática.
La visión de Ethan defendiéndome de esa manera había destruido mis últimas defensas racionales.
Quería que me tomara allí mismo, contra las paredes de cemento del sótano, que marcara mi piel con sus garras para que todo el mundo supiera a quién pertenecía.
Llegamos al habitáculo del coche de escape, el vehículo blindado que Luke Mercer había dejado encendido en la zona de carga privada.
Ethan abrió la puerta trasera y me empujó al interior con una rudeza dócil que me hizo soltar un gemido ahogado.
Él entró justo detrás de mí, cerrando la puerta de golpe y sellando el espacio con un sonido neumático que nos devolvió el aislamiento total.
La atmósfera dentro del coche se volvió asfixiante en un segundo.
El calor de nuestros cuerpos, la urgencia líquida de mi sumisión y la furia residual de su fiera convirtieron el habitáculo en un nido de dominación pura.
Ethan se abalanzó sobre mí antes de que pudiera acomodarme en el asiento de cuero.
Su cuerpo masivo me aplastó contra el respaldo, acorralándome con sus brazos abiertos a cada lado de mi cabeza.
—Mírate—me ordenó, y su aliento quemante me dio de lleno en los labios partidos—. Estás temblando entera, Madison. Estás goteando por la humillación de ese bastardo. Tu cuerpo sabe que acabo de reclamar tu carne delante de toda la estirpe.
—Él dijo que era un eslabón débil... —alcancé a sollozar, las lágrimas de sumisión y miedo residual corriendo por mis mejillas—. Dijo que mi familia...
—Tu familia queda fuera de este consejo —la cortó él con un gruñido espeso, hundiendo sus dedos en la línea de su cintura con una presión que modeló mis formas con fijeza insoportable—.
Ahora solo existes tú y la semilla que voy a poner en ti.
Tu apellido es Knight a partir de esta noche.
¿Escuchaste el crujido de su muñeca? Eso es lo que le pasa a cualquiera que intente mirar el territorio de mi manada.
La posesividad depredadora de Ethan guió sus manos hacia el collar de esmeraldas.
Sus dedos, grandes y peligrosos, tiraron de la cadena de oro con una insistencia que me obligó a arquear el cuello hacia atrás, ofreciéndole la curva de mi garganta donde la vena me latía con una violencia desmedida.
Su boca bajó como un filo caliente, lamiendo el rastro de mi sudor y mis feromonas con una devoción salvaje que me deshizo la cordura.
—Dime que viste cómo se humillaba ante mí —me exigió, pegando su miembro rígido y pesado contra la hendidura de mis muslos a través del sastre—. Dime que tu sexo está pidiendo que te llene ahora mismo para borrar el olor de ese salón.
—Sí, Ethan... lo vi —grité en un murmullo ronco, apretando mis muñecas contra sus hombros masivos en un ademán de cautiverio voluntario—.
Estaba muerta de miedo, pero ver tu fiera.
.. ver cómo lo rompías por mí... me dejó sin voz.
Fóllame aquí, Ethan. Rompe el vestido, pero hazme tuya antes de que el coche avance.
El deseo insistente se transformó en un estallido de violencia carnal.
Ethan metió las manos por debajo del dobladillo de satén negro, desgarrando mis bragas de encaje con un solo tirón rudo que dejó mi vulva completamente expuesta al aire frío del coche.
Mis muslos se abrieron de par en par, cediendo ante la masa de su pecho.
Con un movimiento rápido de sus dedos torpes por la prisa, desabrochó el pantalón de su traje, liberando su pene erecto, una columna de carne oscura, hinchada y venosa que desprendía gotas de preseminal espesa.
El glande, enorme y ensanchado por la excitación heráldica, presionó directamente contra mi clítoris, rozando mis labios menores que estaban empapados en mi propia humedad de celo.
—Míra tu vagina, Madison —gruñó él, su voz descendiendo a un tono infrahumano mientras sujetaba mis caderas con garras rígidas—. Estás abierta para mí. Estás goteando como una hembra en celo porque viste a tu macho mutilar a un rival. Siente lo que te va a romper por dentro.
La penetración fue brutal. Ethan empujó las caderas hacia delante con un vaivén insistente y rudo, hundiendo toda la longitud de su pene dentro de mi vagina de un solo golpe seco.
El impacto me arrancó un grito que se estrelló contra el techo tapizado del vehículo.
Mi canal vaginal, estrecho y contraído por el pánico de la gala, se estiró al límite físico, adaptándose a la circunferencia masiva de su miembro.
Sintiéndose invadida, mi carne interna abrazó las venas distendidas de su pene con espasmos involuntarios que incrementaron el desorden de nuestro ritmo.
Ethan comenzó a bombear de inmediato, un vaivén salvaje que levantaba mis caderas del asiento de cuero a cada embestida.
La fricción de nuestros genitales creaba un sonido húmedo y pesado que inundaba el habitáculo, un eco de carne contra carne que se mezclaba con nuestras respiraciones cortadas.
—Más profundo, Ethan... más —suplicaba yo, con los ojos en blanco, entregada a la disciplina de sus embestidas—. Lléname. Clávame el nudo. Hazme tuya del todo.
El Alfa pantera respondió incrementando la velocidad, hundiéndose hasta la raíz, golpeando mi cuello uterino con el glande a cada estocada.
Mis manos se aferraron a su cuello, sintiendo el calor abrasador de su piel.
Cada penetración era una presión insistente que me deshacía los nervios; sentía la cabeza del pene expandirse dentro de mí, amenasando con iniciar la formación del nudo biológico que me dejaría anclada a su cuerpo.
El flujo de mi lubricación facilitaba el castigo físico, un vaivén que me dejó sin voz mientras el orgasmo me subía desde los talones.
Mi vulva se contrajo con una violencia sísmica en torno a su miembro, ordeñándolo, succionando la carne venosa con una voracidad que quedó marcada en el autocontrol del monstruo.
Ethan soltó un rugido ronco y espeso directamente contra mi oído.
Su cuerpo se tensó en una línea rígida, sus muslos temblando contra los míos mientras su pene sufría espasmos de expulsión.
Un chorro espeso y caliente de semen inundó el fondo de mi vagina, salpicando contra mi cuello uterino con una fuerza que me hizo arquear la columna.
Estaba llenándome. El calor de su eyaculación era una marea hirviente que llenaba mi nido, desbordándose por mis labios menores y empapando la seda rota del vestido negro.
Él se mantuvo hundido al máximo, empujando su pubis contra el mío para sellar la entrada, obligándome a retener cada gota de su sustancia heráldica dentro de mi cuerpo.
El aftermath nos sumergió en un desorden físico absoluto.
Permanecimos unidos por los genitales durante varios minutos, sintiendo el latido decreciente de su pene dentro de mi canal humedecido.
El aire del coche olía a sexo crudo, a semen espeso y a feromonas de sumisión total.
El cansancio extremo me debilitó los brazos, dejándome caer sobre el cuero con la respiración entrecortada y las marcas de sus dedos grabadas a fuego en la piel de mis caderas.
La posesividad de Ethan se mantuvo intacta; sus manos continuaron acariciando mi vientre inflamado por la penetración, una caricia pesada que era una promesa de confinamiento eterno.
—Esto queda sellado —siseó Ethan de repente, retirando su miembro lentamente, provocando un siseo de vacío carnal que me hizo gemir por la pérdida del calor.
Se acomodó la ropa con un esfuerzo de voluntad supremo, fijando sus ojos plateados en los míos—.
Este estallido ha destruido todos los puentes diplomáticos con el comité directivo de Sterling.
Queda la tregua anulada en este territorio.
El giro de los acontecimientos me devolvió un destello de lucidez aterrada.
—¿Qué quieres decir con que queda la tregua anulada? —pregunté, con el corazón dándole botes en el pecho mientras limpiaba con mis dedos el semen que me escurría por el muslo.
—Nos vamos de aquí, Madison —reveló Ethan, y su determinación irrevocable elevó los stakes de mi destino.
Sin embargo, ocurrió algo que cambió todo.