LA NIÑERA DEL CEO PANTERA 24 EL ECO DEL RUGIDO
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24 EL ECO DEL RUGIDO

El gran salón de baile del hotel Medica era una jaula de cristal, oro y opulencia que me cerraba la gola a cada segundo.

El murmullo de los accionistas, los empresarios de la biotecnología y las familias de la alta burguesía financiera formaba un zumbido eléctrico.

Aquella masa humana me golpeaba los tímpanos con la fuerza de una marea hostil.

Todos los ojos de la sala estaban clavados en mí.

Sentía la fobia social como un peso físico.

Era un frío cortante que nacía en la nuca y bajaba por mi columna, provocándome un deseo desesperado de regresar a la oscuridad protectora del ático.

Llevaba el vestido que Ethan había modelado con sus manos masivas apenas una hora antes.

El tejido se ajustaba a la cúpula de mis caderas con una fijeza que me recordaba la presión de sus dedos de Alfa.

Alrededor de mi cuello, el collar heráldico de esmeraldas de la línea de Alex Knight pesaba como un grillete de oro macizo.

Las gemas verdes reflejaban las luces de los candelabros, proclamando ante todo el salón mi estatus de Omega reclamada.

Aquel anuncio carnal me hacía arder la piel de orgullo.

Mi cuerpo reaccionaba al entorno con un miedo líquido.

Mis dedos temblaban de forma incontrolable contra el bolso de mano, delatando el pulso desbocado de mi corazón ante la exposición pública de mi ruina familiar.

Toda esta gente conocía el pasado de la familia Vance.

Sabían que mi padre lo había perdido todo y que mi presencia aquí arriba obedecía a un contrato de supervivencia.

Yo era el epicentro de una guerra territorial que apenas alcanzaba a comprender.

Ethan caminaba a mi lado. Su presencia era un muro de granito y dominación que partía la multitud en dos.

Vestía un traje de sastre oscuro que intentaba contener la anchura descomunal de sus hombros y la musculatura pesada de su herencia híbrida felina.

Su aroma a tormenta, granito y almizcle amargo se extendía por el aire de la gala.

Era un faro territorial que obligaba a los Betas del consejo a apartarse con sumisión instintiva.

Sin embargo, el aislamiento de la multitud resultaba insuficiente para calmar el pánico que me subía por las piernas.

—Espalda recta, Madison —murmuró Ethan en voz baja. El mandato vibró en mi oreja con una resonancia sorda que me obligó a tensar los músculos del nido de inmediato—. Míralos de frente. Eres mi mujer. Sostiene el peso de esa estirpe con el orgullo que te di en el vestíbulo.

—Tengo miedo de que lo huelan, Ethan —susurré, arrimando mi hombro al calor sofocante de su costado—. El miedo está empapando la seda. Siento que todos saben que estoy indefensa ante ellos.

—Nadie va a tocarte —prometió él, y sus ojos plateados brillaron un segundo en la penumbra del pasillo lateral—. Mi fiera está despierta. Si alguno de estos bastardos se atreve a estirar el cuello hacia tu aroma, le arrancaré la tráquea antes de que pueda pedir disculpas.

Avanzamos hacia el rincón del salón de baile, un espacio resguardado por columnas de mámoles donde los miembros disidentes del comité de administración se agrupaban como lobos al acecho.

El aire en esa zona se volvió denso, cargado de una hostilidad política que chocó de frente con el magnetismo animal de Ethan.

Allí estaba él. Garrett Sterling permanecía de pie junto a dos inversores, sosteniendo una copa de champán con una sonrisa gélida que me encendió las alarmas del instinto.

Sterling era un Alfa menor, un hombre moldeado por la diplomacia bursátil y la malicia ejecutiva, un rival que detestaba la soberanía absoluta que Ethan ejercía sobre Medica.

Al vernos aproximar, Sterling dio un paso al frente, interponiéndose en nuestro camino con una audacia calculada que rompió el decoro del evento.

Sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose en la opulencia de mis caderas y en el brillo verde del collar heráldico con una fijeza insultante.

—Vaya, Knight —soltó Sterling, con una voz impregnada de un veneno sutil que buscaba la provocación directa—.

Veo que finalmente decidiste traer a tu nueva adquisición a la luz pública.

Aunque debo admitir que el collar de la familia Knight parece demasiado grande para el cuello de una Vance.

El calco de su familia se nota debajo de tanta esmeralda.

El insulto me golpeó el pecho como un dardo frío.

Mi orgullo indomable se activó al instante.

Me mantuve firme, sosteniendo la mirada.

Sostuve el peso de las joyas con una rigidez marcial que ocultaba el temblor de mis entrañas.

El recuerdo del desahucio de mis padres y las deudas crónicas de mi familia flotó en el aire.

Era una herida de desprotección que Sterling disfrutaba hurgar en público.

—Ella queda fuera del registro de este consejo, Ethan—añadió Sterling, dirigiéndose a uno de los directores que observaba desde atrás con una mueca de desprecio—.

Una mujer con apellido quebrado es un estorbo para lo que nuestra empresa necesita para proyectar estabilidad en el mercado. Es un eslabón débil.

Sterling ejecutó un movimiento temerario. Extendió su mano derecha, con la intención de rozar el hombro de mi vestido para enfatizar su condescendencia. Era una invasión descarada de mi espacio territorial. El aire del salón murió en ese microsegundo.

Ethan Knight se movió con la velocidad de un rayo oscuro.

La agresión fue directa, limpia de advertencias verbales previas.

El cuerpo masivo de mi Alfa se tensó, liberando una oleada masiva de feromonas feroces que cayeron sobre el rincón como un bloque de plomo.

Escuché un rugido sordo, una vibración animal que brotó de lo más profundo de su garganta y que erizó los vellos de todos los presentes.

La mano de Ethan interceptó la muñeca de Sterling en el aire antes de que tocara la seda de mi vestido.

El agarre fue brutal. La presión de los dedos de Ethan cerrándose sobre la articulación del consejero fue desmedida.

Los nudillos de Sterling se blanquearon al instante, seguidos por el sonido sordo de los huesos bajo la fuerza monstruosa del Alfa pantera.

Sterling soltó la copa de champán, que se estrelló contra el suelo de mármol en un estallido de cristal y espuma líquida.

El rostro del consejero se tiñó de un blanco mortecino, sus ojos abriéndose con el pánico puro del depredador que acaba de comprender que ha desafiado a una bestia superior en la cadena alimenticia.

—Ella queda dentro de mi registro, Ethan—repitió Ethan, imitando la voz de Sterling con un siseo cargado de una posesividad asesina que me hizo vibrar el sexo entre los muslos.

Ethan dio un paso más, acorralando a Sterling contra la columna y obligándolo a doblar las rodillas por el dolor de la muñeca—.

Es mi esposa, Sterling. Tócala otra vez y saldrás de este vestíbulo en una ambulancia.

El mutismo sepulcral de los accionistas circundantes se extendió por el rincón como una epidemia.

La sala entera contuvo el aliento. La etiqueta corporativa del presidente de Medica se había quebrado en mil pedazos delante de la junta directiva, sustituida por una defensa heráldica pública que sellaba nuestro acuerdo con la sangre del conflicto.

El endurecimiento del cuerpo de Ethan, su espalda ancha interponiéndose como un escudo total entre los ojos de la multitud y mi rostro pálido, me provocó una marea de calor somático que me inundó las piernas.

Era la consolidación absoluta de nuestro bloque de nido.

Este monstruo estaba rompiendo la paz de su imperio bursátil únicamente para resguardar mi dignidad de Omega, tratándome como su posesión más sagrada.

—Ethan... —alcanzó a jadear Sterling, el sudor frío corriéndole por las sienes mientras intentaba inútilmente zafar su mano del cepo de carne de Ethan—. Suéltame... los fotógrafos están en la puerta. Vas a hundir las acciones antes de la gala de la noche.

—Que las hundan —siseó Ethan, incrementando la presión un milímetro más, saboreando la sumisión del Alfa menor antes de empujarlo con desprecio hacia atrás—. Si vuelvo a oler tu envidia cerca de su nido, te enterraré debajo de esta sede.

Sterling tropezó con los escalones del pasillo, sosténdose la muñeca magullada con una expresión de odio y humillación que prometía represalias futuras.

Los directores que lo acompañaban dieron un paso atrás, bajando la cabeza ante la mirada plateada y letal de Ethan, reconociendo al macho dominante de la manada corporativa.

El colapso me sobrevino entonces. La adrenalina de la confrontación empezó a retirarse, dejándome con una respiración jadeante y un temblor generalizado que me debilitó las rodillas.

El desorden feromonal en el rincón era insoportable.

El aire olía a la furia de Ethan y a mi propio aroma de celo, que brotaba en respuesta a su demostración de fuerza animal.

Sentí que iba a caerme sobre el mármol, expuesta ante los murmullos que ya empezaban a circular por el fondo de la sala.

Fue en ese instante cuando la figura esbelta y decidida de Luke Mercer apareció entre la multitud. El jefe de seguridad y mano derecha de Ethan intervino de forma expedita, evaluando los daños con una sola mirada de sus ojos calculadores.

—Tenemos movimiento de prensa en la entrada principal, jefe —anunció Luke con una calma profesional que devolvió un rastro de orden a la escena.

Mercer se colocó en la retaguardia, bloqueando físicamente el paso de dos fotógrafos que intentaban levantar sus lentes hacia nosotros—.

Voy a coordinar la retirada de la prensa en la puerta ahora mismo.

Les daré una declaración sobre un cambio de agenda de última hora. Muévanse ya.