LA NIÑERA DEL CEO PANTERA 23 LA LÍNEA DEL LABERINTO
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23 LA LÍNEA DEL LABERINTO

El peso de mi propia naturaleza me aplastaba el pecho mientras permanecía inmóvil en la penumbra del vestíbulo superior del ático.

Mis garras latentes presionaban la carne de mis palmas, un castigo voluntario para contener el estallido de la fiera que rascaba debajo de mi piel.

El aire del Holding Knight siempre olía a granito, a cables quemados por el flujo de datos y al almidón gélido de los trajes ejecutivos; un entorno estéril diseñado por la Weaver para domesticar lo que nació salvaje.

Pero en este preciso instante, el ecosistema entero de mi santuario urbano acababa de colapsar.

Madison Vance estaba de pie frente al gran espejo de la entrada.

El impacto visual fue un hachazo directo a mis defensas de Alfa.

Llevaba el vestido de satén negro, una prenda de cautiverio aristocrático que se amoldaba a la línea de su cúpula corporal con una fijeza insoportable.

El tejido oscuro devoraba la luz del pasillo, recortando la curva de sus caderas opulentas y la estrechez de su cintura de Omega con una nitidez que me encendió la sangre.

Supe en ese segundo que mi control racional estaba muerto.

La fiera de la manada, mi herencia híbrida felina, saltó hacia la superficie de mis ojos, tiñendo mi visión de un azul plateado y sonoro.

El shock de fijación animal me vació los pulmones de golpe.

Las feromonas de Madison, densas, húmedas, cargadas con el aroma dulce y maduro de los frutos de azahar madurados a la sombra, se apoderaron del pasillo, espesando el oxígeno hasta convertirlo en una masa almibarada que me exigía sumisión biológica inmediata.

Ella dio un paso corto, sus zapatos de tacón alto repicando contra el mármol pulido con un sonido regular, una marcha de muerte para mi templanza.

Intentó acomodarse el cabello, pero sus dedos temblaban.

Delataban el pulso desbocado de su propio corazón, la respuesta inevitable del nido ante la proximidad de la bestia que la acechaba desde la oscuridad.

—Llegas tarde, Ethan —murmuró ella. Su voz baja, con ese registro ronco y rasposo que me despertaba el instinto de morder, vibró en el espacio estrecho.

Avancé. Mis pasos fueron los de un depredador que ya no reconoce las leyes del suelo humano.

La distancia entre nosotros cayó a cero en un par de zancadas pesadas.

Mi cuerpo masivo la acorraló contra la estructura de cristal del vestíbulo.

El frío de la superficie vidriada chocó contra la espalda de Madison al mismo tiempo que mi pecho, ancho y quemante, la presionaba por delante, atrapándola en un cepo de carne y calor.

—Mírate —le ordené. El mandato brotó de mi garganta como un gruñido espeso, una vibración sorda que la obligó a levantar el mentón y clavar sus ojos caramelizados en los míos—. Eres el nido entero esta noche, Madison. Eres mi territorio.

Su respiración se volvió superficial, rápida, un vaivén entrecortado que la dejó sin voz.

Pude ver las puntas rígidas de sus pezones presionando el satén negro, buscando el contacto directo con mi piel a través de la tela.

Mis manos, masivas, marcaron su territorio de inmediato, cerrándose alrededor de la línea de su cintura con una presión insistente que modeló sus formas generosas.

La seda crujió bajo mis dedos. Debajo del tejido, su carne de Omega cedió, blanda, dócil y abrasadora.

—Ethan, por favor... los coches abajo... los secretarios del consejo —alcanzó a jadear, sus manos pequeñas buscando el apoyo de mis hombros para no caer. Su tacto era una caricia de fuego que me subía por los brazos.

—Me importa un demonio el consejo de administración —le siseé cerca de la oreja.

Mi aliento caliente le encendió la piel del cuello, erizándole los vellos de la nuca—.

Sé perfectamente lo que esos bastardos van a mirar cuando entres en la sala de conferencias.

Van a oler que hueles a mí. Van a saber que estás preñada de mi simiente antes de que termine el primer trimestre.

La posesividad depredadora guió mis manos hacia atrás.

Deslicé mis dedos por la curva descubierta de su espalda, siguiendo el laberinto de su columna vertebral hasta la base de sus caderas.

Un temblor somático recorrió el cuerpo de Madison, un estremecimiento húmedo que sazonó el aire con más feromonas de celo.

El deseo insistente de marcar el músculo tierno de su cuello, de hundir mis colmillos en la vena que le latía con violencia en la garganta para sellar el lazo ante el mundo, me tensó el vientre bajo.

Mi polla, rígida y pesada detrás del pantalón de sastre, cabeceó contra su bajo vientre, buscando la fendedura de sus muslos.

Estaba empapada; mi fiera podía oler el rastro espeso que goteaba por su piel, empapándole las bragas, un gush de urgencia líquida que reclamaba mi nudo.

—Dime que eres mía —le exigí, apretándola contra el cristal hasta que el vaivén de su pelvis rozó mi dureza—. Dime que este nido es solo para mi semilla.

—Sí... —un sollozo erótico escapó de sus labios partidos—. Soy tuya, Ethan. Rompe el vestido si quieres, pero lléname ya.

Estuve a punto de hacerlo. El ansia me nubló el juicio; quería desgarrar el satén, levantarle las faldas allí mismo, sobre el mármol del vestíbulo, y hundir mi miembro venoso en su humedad hasta que se desmayara de placer en mis brazos.

Mis pulgares subieron por sus mejillas encendidas, limpiando el rastro húmedo residual de sus lágrimas de sumisión.

Ella me miraba con una devoción salvaje, entregada a la disciplina del Alfa, con el sexo latiendo en una expectación que nos ponía a ambos al borde de la detención cardíaca.

Me obligué a frenar. Recordé el inventario logístico que descansaba en la mesa de noche.

Tomé el estuche de terciopelo que contenía el collar heráldico de esmeraldas de la línea de Alex Knight, la joya de la manada.

Mis manos, capaces de triturar granito, se volvieron lentas, cuidadosas.

Retiré las esmeraldas con una delicadeza mística, cuidando de no rasgar su piel humana con las garras que pugnaban por brotar de mis yemas.

Ajusté la cadena de oro y gemas verdes alrededor de su clavícula. El collar heráldico pesaba sobre su piel blanca, un grillete de realeza monstruosa que consolidaba mi reclamo ante los ojos del consejo disidente.

—Tengo miedo de perder el control allá abajo, Madison —me confesó en un murmullo ronco, pegando mis labios a la curva de su oreja mientras mis caderas daban un leve, insoportable empuje contra las suyas—.

Si desvías la mirada durante la gala, si permites que Sterling o Ridge se acerquen a menos de un metro de tu aroma, no responderé de mi ferocidad.

Destrozaré esta tregua corporativa. Los mataré a todos en la mesa de cristal.

—No miraré a nadie más —prometió ella, entregándome sus muñecas en un ademán de cautiverio voluntario—. Seré una buena Omega para ti, Ethan. Solo mantén a esos hombres lejos de mí.

El acoplamiento estético de nuestros cuerpos en el espejo del pasillo era una estampa de dominación pura, un Alfa pantera negro como la noche reclamando la carne tierna de su hembra heráldica.

En ese instante de suspensión carnal, un aplauso suave y agudo resonó desde el descanso superior de la escalera de caracol.

Chloe, mi pequeña cachorra, nos observaba desde arriba con los ojos redondos de curiosidad infantil, batiendo sus manitas con una ternura ingenua que rompió el hechizo somático de la oficina.

—¡Qué bonita, Maddy! —Canto la niña, ajena al desorden feromonal que flotaba en el vestíbulo—. Pareces una reina.

Madison se desasió de mi abrazo con un rubor inflamado que le cubrió el cuello, intentando recolocarse las costuras del satén con dedos torpes. Yo di un paso atrás, mi miembro latiendo con fuerza contra la tela de mi pantalón, furioso por la interrupción pero reconociendo la llamada del deber.

El claxon del vehículo blindado de Luke Mercer sonó tres veces desde el sótano del Holding Knight, un trueno mecánico que anunció que el tiempo de los juegos privados había terminado.

El amago de penetración quedó suspendido, una promesa de fuego que cobraría sus deudas en cuanto regresáramos al santuario del ático.