LA NIÑERA DEL CEO PANTERA 25 EL OLOR A CAUCHO QUEMADO Y EL INSTINTO DE LA BESTIA
80%

25 EL OLOR A CAUCHO QUEMADO Y EL INSTINTO DE LA BESTIA

El crujido del cristal templado bajo la yema de mi pulgar rompió el silencio del garaje subterráneo de Medica. Miré la pantalla astillada de mi dispositivo móvil. Las letras del mensaje anónimo, enviado desde un servidor encriptado, parpadeaban con una toxicidad incandescente.

Conocemos la ubicación exacta de tu nido, Knight. Los muros del ático cederán.

La firma digital pertenecía a la facción disidente de Garrett Sterling.

La confirmación visual de la amenaza inyectó una dosis letal de adrenalina directa en mi torrente sanguíneo.

La Rage, esa furia biológica y ancestral que dormía bajo mi traje de diseño, despertó con un rugido sordo que hizo vibrar los huesos de mi caja torácica.

Mis pupilas felinas se dilataron de golpe, devorando la escasa luz de los tubos fluorescentes.

El aire del nivel menos tres se volvió denso, pesado, impregnado repentinamente por el almizcle agresivo y territorial de mis propias feromonas.

Mi pecho se expandió. Un gruñido bajo, áspero y letal, escapó de mi garganta. Mi instinto me exigía destrozar carne, quebrar cuellos, derramar la sangre de cualquier macho que osara posar su atención sobre mi territorio. Mi nido. Mi hembra.

Madison.

La necesidad de tenerla bajo mi cuerpo, de envolver su anatomía humana con la mía, se transformó en un dolor físico punzante.

Mi entrepierna reaccionó a la imagen mental de su piel pálida, enviando una oleada de calor pesado hacia mi sexo.

Mi biología entera reclamaba la humedad espesa de su centro, la línea perfecta de su cintura, la presión de sus muslos apretándose contra mis caderas mientras yo reclamaba su interior.

Quería hundir mi rostro en su cuello, respirar el aroma a vainilla y miedo transmutado en deseo que ella segregaba exclusivamente para mí.

Quería marcarla. Reclamarla hasta dejarla sin voz.

—Tenemos una brecha de seguridad grave, Ethan —anunció Luke Mercer, emergiendo de la penumbra detrás de la columna de hormigón.

Me giré hacia mi segundo al mando. La mandíbula de Luke estaba tensa, sus propios instintos de ejecutor vibrando en la misma frecuencia letal que los míos.

Señaló con un gesto seco de la barbilla hacia mi vehículo principal, aparcado en la zona VIP.

El neumático delantero izquierdo del sedán de lujo estaba completamente destrozado, rajado de extremo a extremo con una precisión mecánica y deliberada.

El sabotaje constituía una declaración de guerra absoluta.

—Prepara el SUV blindado —ordené. Mi voz sonó como el roce de dos rocas de granito. Era un barítono oscuro, carente de cualquier rastro de humanidad civilizada—. Nos movemos ahora mismo.

Caminé hacia el vehículo de extracción pesada con pasos largos y depredadores.

Mis manos se cerraron en puños tan apretados que las puntas de mis garras perforaron la piel de mis palmas, extrayendo gotas de sangre caliente.

El dolor físico me ayudó a anclar la parte racional de mi cerebro, impidiendo que la transformación felina destrozara mi ropa allí mismo.

Guardé silencio sobre las amenazas colaterales dirigidas hacia Victoria Knight.

La manada dinástica necesitaba estabilidad logística en este preciso instante; revelar la extensión total del ataque de Sterling solo sembraría un caos táctico innecesario.

Mi prioridad absoluta e innegociable residía en el ático. En Madison.

Luke ocupó el asiento del conductor. Yo me deslicé en el asiento del copiloto, cerrando la puerta acorazada con un golpe que hizo temblar el chasis de tres toneladas.

El habitáculo se selló herméticamente. La claustrofobia del espacio reducido actuó como un horno para mis feromonas de guerra.

El olor a cuero caro se mezcló con la acidez de mi ira incontrolable.

—Los equipos de seguridad privada de este edificio merecen una ejecución sumaria —masculló Luke, arrancando el motor V8 con un rugido ensordecedor.

Su humor negro y defensivo actuaba como un escudo contra la tensión asfixiante—.

Les pagan millones por mirar pantallas, y un par de mercenarios de segunda logran entrar al nivel más restringido con un cuchillo táctico.

Los voy a despedazar con mis propias manos.

—Conduce —gruñí, clavando mis ojos amarillos en el parabrisas.

El SUV salió disparado por la rampa de concreto, rompiendo la barrera de seguridad hacia el exterior.

Las calles de La ciudad nos recibieron con un caos asfixiante.

Un atasco masivo paralizaba la arteria principal de la ciudad.

Las luces rojas de los frenos formaban un río de sangre artificial bajo el cielo encapotado de la tarde.

La lluvia amenazaba con caer, aumentando la humedad ambiental y sofocando mis sentidos alterados.

El vehículo avanzó a tirones. Cada segundo detenido en medio del tráfico multiplicaba mi agonía.

La separación física de Madison quemaba en mis venas.

Mi mente, traicionera y obsesiva, proyectó el recuerdo táctil de la noche anterior.

La suavidad de su vientre bajo mis yemas.

El temblor incontrolable de sus piernas cuando mi lengua encontró su clítoris.

El sonido de su respiración entrecortada rogando por más, exigiendo la penetración cruda y profunda que solo mi anatomía híbrida podía ofrecerle.

Mi nido la esperaba. Mi semilla la reclamaba.

El calor derramado de su entrega era mi única corona válida en este imperio de cristal y acero.

Ahora, esa corona estaba amenazada.

El motor del SUV ronroneaba bajo nosotros, un tigre de metal atrapado en una jaula de asfalto.

Apreté la mandíbula hasta que mis molares protestaron.

Saqué el teléfono móvil de repuesto de la guantera táctica.

Mis dedos, gruesos y temblorosos por la carga de testosterona, marcaron el número directo del ático.

Necesitaba escuchar su voz. Necesitaba el sedante biológico de su tono suave, la confirmación absoluta de que su pulso seguía estable, de que su olor seguía impregnando las sábanas de nuestra cama.

El tono de llamada comenzó a sonar. Un pitido. Dos pitidos.

El sonido de un motor diésel revolucionado al máximo rompió la monotonía del tráfico.

Mis oídos de pantera captaron el zumbido letal una fracción de segundo antes de que ocurriera.

Miré por el espejo retrovisor lateral. Un camión de carga pesada, con la parrilla frontal reforzada en acero negro, aceleraba directamente hacia nuestra retaguardia, ignorando por completo la fila de coches detenidos.

Las pupilas se me contrajeron en dos rendijas verticales.

El olor a caucho quemado y combustible inundó el aire exterior, filtrándose por los conductos de ventilación.

—¡Luke, a la derecha! —rugí, extendiendo mi brazo izquierdo en un instinto ciego de protección territorial.

La maniobra evasiva de Luke llegó tarde. El impacto masivo destrozó el silencio de la tarde.

El camión embistió la parte trasera del SUV con la fuerza de un misil balístico.

El ruido del metal retorciéndose y el cristal blindado estallando llenó la cabina.

La inercia brutal me lanzó hacia adelante contra los arneses de seguridad.

La presión aplastó mi caja torácica, robándome el oxígeno de los pulmones.

El olor a pólvora de los airbags detonados quemó mis fosas nasales.

El mundo giró en un torbellino de violencia cinética. El vehículo fue empujado hacia el carril adyacente, colisionando contra el muro de contención de la autopista elevada. El roce del acero contra el concreto generó una lluvia de chispas naranjas que iluminó la penumbra de la cabina.

En medio del caos absoluto, el teléfono resbaló de mi mano. El dispositivo cayó al suelo alfombrado, con el altavoz activado.

La conexión se estableció.

—¿Ethan? —La voz de Madison resonó en el habitáculo destruido. Su tono revelaba una mezcla perfecta de confusión y devoción. Ese sonido suave representaba mi única salvación, mi único faro en medio de la oscuridad.

Intenté responder. Intenté ordenarle que se encerrara en la habitación del pánico, que protegiera su cuerpo con su vida. Mi tono barítono se quebró, estrangulado por la sangre que empezaba a llenar mi boca y el dolor paralizante en mi sien derecha.

—Madi... —logré murmurar. El sabor metálico de la hemorragia bañó mis papilas gustativas.

Un segundo impacto, aún más devastador, golpeó el costado del vehículo. El camión de la disidencia terminaba su trabajo. Mi cráneo felino impactó contra el marco de la puerta blindada con una fuerza terminal.

La conexión se cortó de tajo.

La oscuridad absoluta reclamó mis sentidos.