LA NIÑERA DEL CEO PANTERA 5 LA VACÍA OPULENCIA DEL ORO #2
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5 LA VACÍA OPULENCIA DEL ORO #2

Se sentó en el borde del colchón, sintiendo cómo los muelles de alta resistencia cedían bajo su peso masivo.

Chloe se arrastró por la sábana hasta pegar su pequeña cabeza contra el muslo de Ethan, buscando el calor quemante que su piel de Alfa desprendía de manera natural.

El contraste entre la bestia corporativa que había humillado a una heredera hace una hora y el protector que se inclinaba sobre la cachorra era absoluto.

—La abuela ha vuelto a irse, Ethan —susurró la niña, su voz un hilo de vulnerabilidad que golpeó el centro del orgullo familiar del Alfa—. Dijo que los laboratorios de RyoMed tenían un problema con las entregas del distrito sur. Siempre hay un problema en el distrito sur.

Ethan extendió su mano enorme, cubriendo la espalda de la pequeña con una suavidad que requería un autocontrol milimétrico para no herirla con las garras.

Le acarició el cabello, permitiendo que su aroma a tormenta y madera quemada envolviera la cama, creando un nido de seguridad biológica que calmó los temblores de la cachorra de inmediato.

—La abuela atiende los negocios de la familia, Chloe —explicó Ethan, su tono adquiriendo una inflexión de ternura áspera y posesiva—. Pero yo estoy aquí. Tu Alfa está en casa. Nada va a romper este perímetro.

Buscó con la mirada en los alrededores de la almohada y localizó el cerdito de felpa morado que la niña había dejado caer en el espacio entre el colchón y la pared.

Lo recogió con dos dedos, sacudiendo el polvo invisible antes de entregárselo.

Chloe atrapó el juguete contra su pecho, suspirando con un alivio rítmico que delataba el inicio del sueño.

Ethan la arropó con esmero, subiendo la manta de lana hasta la barbilla de la pequeña y asegurando los bordes con una precisión casi militar.

Permaneció allí, inmóvil, observando cómo la respiración de la niña se estabilizaba, asimilando la certeza de que el vacío doméstico de esa mansión no se solucionaría con las visitas de "La Lista".

Hacía falta una presencia real, una hembra cuyo fuego biológico fuera capaz de habitar ese santuario y reclamar el espacio que la matriarca dejaba desierto por su ambición corporativa.

Madison Vance. El nombre volvió a repicar en sus sienes, una fijación romántica que se alimentaba del aislamiento de su propia alcoba.

Salió de la habitación de la niña con el rostro endurecido, la ternura desvaneciéndose para dar paso a la determinación fría del cazador.

Cruzó el pasillo hacia su despacho privado, una estancia revestida de maderas oscuras y pantallas holográficas que controlaban los movimientos de Medica en tiempo real.

Se sentó tras la mesa de granito negro, el terminal de su muñeca parpadeando con un destello ámbar.

Activó el canal de comunicación encriptado de la división de intervención corporativa. La pantalla central proyectó el rostro del agente asignado al rastreo perimetral de los distritos bajos.

—Informe de situación —demandó Ethan, apoyando los codos en la mesa y entrelazando los dedos, repitiendo la postura de la cena pero esta vez con una fijeza letal.

—Señor Knight —la voz del agente llegó limpia a través del filtro de audio—.

Hemos completado el mapeo de los activos de la familia Vance en el distrito cuatro.

Las noticias de la clínica periférica confirman un colapso médico inminente.

La madre, Alexis Vance, ha ingresado en código rojo hace veinte minutos.

Presenta una rotura de aneurisma en el lóbulo occipital.

Ethan se inclinó hacia delante, sus ojos dorados brillando en la penumbra del despacho con una fijeza depredadora.

El termómetro de su obsesión escaló hasta el límite de lo tolerable; la debilidad de la humana se presentaba ante él no como una tragedia, sino como la oportunidad perfecta que su instinto había estado esperando para romper su resistencia de una vez por todas.

—¿Cuál es la respuesta del hospital público? —Preguntó, su voz un susurro cargado de subtexto posesivo.

—Ninguna, señor —respondió el agente, mostrando los gráficos financieros en la pantalla adyacente—.

La microcirugía láser reconstructiva necesaria está sujeta a las patentes de exclusividad de RyoMed.

El coste de la activación del quirófano avanzado asciende a cincuenta mil créditos de garantía.

La familia Vance carece de activos realizables.

Su saldo disponible es de mil quinientos créditos, un depósito reciente efectuado por la residencia Cross.

El plazo de viabilidad tisular de la paciente expira en dos horas.

Si los fondos no se registran, la derivarán a cuidados paliativos de la beneficencia.

Estarán muertas en términos civiles antes del amanecer.

Una sonrisa lenta, implacable y carente de piedad corporativa se dibujó en los labios del Alfa.

La red estaba tejida de manera perfecta por las propias leyes del mercado biológico que él gobernaba.

El destino había puesto a Madison Vance de rodillas ante su imperio, destruyendo su armadura de autosuficiencia obrera en un solo movimiento del algoritmo de salud.

—Movilicen el equipo médico de RyoMed hacia el Hospital Central de inmediato —ordenó Ethan, su tono adquiriendo la vibración de un mandato absoluto—.

Activen el quirófano avanzado y preparen los supresores de alta resolución.

Pero retengan la firma de inicio. No se moverá un solo láser sin mi autorización manual.

—Entendido, señor. ¿Cuáles son las instrucciones para la civil?

—Envíen un sedán ejecutivo al portal del apartamento en el distrito cuatro —sentenció el Alfa, poniéndose en pie y observando las luces de la ciudad a través del ventanal gótico de su despacho—.

Díganle que su madre vivirá si sube a ese coche sola.

Traigan a Madison Vance directamente a mi oficina del piso cuarenta de la torre Medica.

La quiero aquí antes de que el reloj marque la última hora de viabilidad.

Cortó la comunicación con un ademán seco.

El silencio regresó al despacho, pero esta vez estaba cargado con la electricidad estática de la espera.

Ethan Knight caminó hacia el centro de la estancia, sintiendo que el pulso le repicaba en las sienes con una urgencia líquida que le encendía la sangre.

El enfrentamiento era inevitable; la humana entraría en su territorio desprovista de opciones, obligada a negociar el precio de la sangre de su estirpe bajo la presión de un segundero implacable.

Su orgullo indomable se estrellaría contra el muro de su poder financiero, y él estaría allí, tras su mesa de granito, listo para imponer los términos de un pacto de reclusión y sumisión que la encadenaría a su manada para siempre.

Sacó el reloj de bolsillo de su herencia familiar, un artefacto de oro y platino que marcaba el tiempo con un tic-tac mecánico y persistente.

La cuenta atrás había comenzado: noventa minutos separaban a Madison de la entrega absoluta o de la ruina total.

Su mirada se fijó en el indicador digital de la puerta de entrada de la torre corporativa, esperando el destello que confirmara el ingreso de su presa en el perímetro del piso cuarenta.