5 LA VACÍA OPULENCIA DEL ORO
El aroma a lavanda sintética y vainilla destilada de laboratorio flotaba sobre la mesa de granito pulido, denso, empalagoso, asfixiante.
Ethan Knight mantuvo los dedos entrelazados sobre el borde de la superficie helada, sosteniendo una fijeza marmórea que habría intimidado a la mitad de su junta directiva.
Frente a él, Brooklyn Hayes sonreía con una simetría perfecta, una Omega de linaje certificado cuyos modales ejecutivos habrían resultado impecables para cualquier macho alfa obsesionado con la heráldica de las castas superiores de la ciudad.
Su cabello dorado caía en ondas milimétricas sobre un hombro cubierto por seda importada, y su piel resplandecía bajo las luces amortiguadas del restaurante privado de la torre RyoMed con una pulcritud que a Ethan le resultaba aberrante.
Era la primera candidata de "La Lista". Un compendio de activos biológicos y financieros diseñado por su abuela Victoria para asegurar una alianza de sangre que estabilizara los mercados del sector norte.
—El departamento de desarrollo en Stanford ha cerrado el balance del trimestre con una ventaja del doce por ciento en patentes de regeneración tisular —explicó Brooklyn, inclinando el torso hacia delante con un movimiento felino que buscaba acortar la distancia social—.
Mi padre considera que una fusión anticipada entre nuestro fondo de inversión y la división de intervención corporativa de Medica blindaría el monopolio biológico frente a los distritos bajos.
Sería un movimiento definitivo, Ethan. Un lazo financiero perfecto.
Ethan estiró la comisura de los labios, ejecutando una sonrisa de cortesía ensayada corporativamente.
Su rostro permaneció tenso, una máscara de frialdad indomable que ocultaba el rechazo profundo que le revolvía el estómago.
Las palabras de la mujer se sucedían como un informe de rendimiento macroeconómico, vacías de cualquier vibración que pudiera encender su interés.
Escucharla mencionar el patrimonio neto antes de que los camareros sirvieran el primer plato había activado sus mecanismos de defensa automáticos.
Aquella cena era una transacción burda, una simulación de cortejo donde el deseo brillaba por su ausencia, sustituido por el cálculo frío de las ganancias compartidas.
Su mente, rebelde y testaruda, huyó del comedor de lujo.
Viajó en un segundo hacia el recuerdo áspero, húmedo y violento del parque del distrito cuatro.
La imagen de la humana de hombros tensos y mirada indomable regresó a sus ojos con la fuerza de un impacto biológico.
Madison Vance. Su sistema nervioso guardaba el rastro de su aroma rústico, una mezcla de lluvia sucia, miedo y un orgullo tan afilado que le había lacerado el instinto.
Eso era lo que su cuerpo exigía con una insistencia enfermiza que rayaba en la locura.
Aquella corredora de los distritos bajos, desprovista de títulos y sedas, había conseguido bloquear su capacidad de respuesta ante cualquier otra hembra en menos de diez minutos de confrontación salvaje.
Brooklyn extendió una mano enjoyada, buscando rozar los nudillos de Ethan sobre el granito. Su piel era suave, tibia, perfectamente cuidada.
Ethan retrajo los brazos de inmediato, asumiendo una rigidez corporal absoluta que dejó la mano de la Omega flotando en el aire. La omisión deliberada de cualquier gesto de reciprocidad fue un golpe seco, un límite físico que congeló la sonrisa de la mujer.
—Las alianzas de Medica se discuten en las salas de juntas, Brooklyn, no sobre un plato de ciervo ahumado —sentenció Ethan, su voz un gruñido bajo, modulado, que portaba la autoridad pesada de su casta—.
Mi abuela coordina las listas de cortesía, pero las decisiones ejecutivas del holding me pertenecen en exclusiva.
El terminal digital de su muñeca vibró de manera oportuna, salvándolo de la réplica de la Omega.
Ethan observó la pantalla táctil, simulando una urgencia corporativa que requería su atención inmediata.
Era una notificación menor del sistema de seguridad de los laboratorios, un pretexto perfecto para evadir el contacto físico y zanjar la velada.
—Un contratiempo en la división de supresores genéricos requiere mi presencia en la planta baja —mintió, poniéndose en pie con una celeridad expedita que hizo tintinear las copas de cristal—.
Debo dar por terminada la velada de forma prematura.
La cuenta está saldada en el sistema central.
Mi chófer la acompañará a su residencia en el sector norte.
Brooklyn parpadeó, la sorpresa y el orgullo herido tiñendo sus mejillas de un rubor súbito que su aroma a vainilla no logró disimular.
—Apenas hemos comenzado, Ethan —reprochó ella, su tono perdiendo la compostura diplomática—. Tu abuela aseguró que dispondrías de la noche libre para evaluar nuestra compatibilidad.
—Victoria Knight no gestiona mi agenda biológica —respondió él, dándole la espalda sin concederle un solo segundo de réplica—. Que tenga una buena noche, señorita Hayes.
Cruzó el restaurante con zancadas largas, su imponente tamaño abriendo un pasillo natural entre los camareros que se inclinaban a su paso.
Al entrar en el ascensor privado de alta velocidad, la presión en su pecho se liberó de golpe.
El aire esterilizado de la cabina se sentía limpio, libre del perfume empalagoso que había intentado adormecer sus sentidos.
Se apoyó contra el espejo del fondo, apretando los puños hasta que las garras amenazaron con romper la piel de sus palmas.
Su propia conducta lo sumía en un desconcierto profundo.
Un Alfa de su estatus, acostumbrado a gobernar el destino de miles de ciudadanos a través del control de las patentes médicas, se encontraba huyendo de una cita perfecta simplemente porque su cuerpo experimentaba el impulso imperioso y primitivo de perseguir a una desconocida.
La resistencia mental que había mantenido durante años frente a los lazos biológicos estaba cediendo ante la necesidad absoluta de volver a oler el pánico y el desafío de Madison Vance.
El vehículo negro lo esperaba en el sótano tres de la torre corporativa. Subió a la parte trasera, rodeado por el olor a cuero premium y la climatización silenciosa que eliminaba el ruido de la metrópoli.
—A la residencia de la colina —ordenó al chófer, su voz sonando ronca, desgastada por la tensión interna—. Velocidad máxima.
El trayecto hacia el distrito residencial de las altas esferas transcurrió en un silencio tenso.
Ethan fijó la mirada en la pantalla de su dispositivo móvil, repasando los datos que sus agentes habían recopilado sobre el sector cuatro.
Sabía que estaba jugando con fuego; el equilibrio de las castas dependía de la separación estricta de los territorios, y un Alfa dominante merodeando por los suburbios obreros era una declaración de guerra encubierta para las bandas locales que controlaban el contrabando de supresores.
Sin embargo, el magnetismo corporal que lo encadenaba al recuerdo de la humana era una fuerza biológica que ignoraba las leyes del mercado y los decretos municipales.
Al llegar a la mansión de la colina, la quietud del entorno gótico y monumental lo recibió como una bofetada.
La propiedad permanecía sumida en una penumbra aristocrática, rota solo por las luminarias del camino de carruajes.
Al cruzar el vestíbulo principal de mármol negro, un vacío doméstico inmediato le erizó los vellos de la nuca.
El aroma de su abuela Victoria no estaba en el aire; la matriarca había vuelto a abandonar el nido familiar para asistir a una de sus imprevistas e interminables reuniones de coordinación con el consejo de Medica, dejando la residencia a cargo del personal de servicio y las niñeras de tránsito.
Ethan subió las escaleras de roble hacia el ala este, sus pasos resonando en la inmensidad de los pasillos desiertos. Al acercarse a la habitación de los cachorros, la puerta entreabierta dejó escapar el murmullo de una voz ajena, joven y carente de autoridad biológica.
Hannah, la niñera adolescente del vecindario que operaba únicamente como un recurso logístico transitorio para cubrir los huecos del servicio, permanecía sentada al borde de la cama grande, sosteniendo un libro digital con desgano.
A su lado, la pequeña Chloe, la cachorra de la manada Knight, se ovillaba bajo las mantas de plumón, con los ojos abiertos de par en par y las orejas caídas en una señal inequívoca de desprotección y abandono intermitente.
La ausencia de la matriarca operaba como una herida invisible en el desarrollo de la pequeña, que buscaba desesperadamente un rastro de pertenencia en una casa gobernada por los balances contables.
Al percibir la presencia masiva de Ethan en el umbral, Hannah se puso en pie de un salto, apagando el dispositivo con torpeza. El aroma a miedo adolescente de la Beta inundó el rincón, denotando la falta de preparación para lidiar con un Alfa puro.
—Señor Knight... lo siento, no esperaba que regresara tan temprano de su cena —tartamudeó la joven, retrocediendo un paso hacia la ventana—. La niña no se ha querido dormir. Insiste en que el dormitorio está frío.
Ethan entró en la alcoba nocturna, su sola anatomía imponente reconfigurando la temperatura y la densidad del espacio. Se acercó a la cama con una lentitud deliberada, su mirada gélida fija en la niñera.
—Retírate, Hannah —ordenó en un murmullo bajo que hizo vibrar los cristales del ventanal—. Tu turno ha terminado. Que el servicio te entregue el bono de nocturnidad en la salida.
La adolescente asintió tres veces, recogiendo sus pertenencias a toda prisa antes de deslizarse fuera de la habitación como una sombra asustada. La puerta se cerró detrás de ella, dejando el santuario infantil sumido en una domesticidad concentrada que atemperó la agresividad feromonal de Ethan.