4 EL PRECIO DE LA SANGRE #2
Caminé a paso rápido por la avenida principal del distrito cuatro, esquivando a los Betas que salían de las fábricas textiles y a los Omegas que abarrotaban los puestos de comida callejera.
El olor a fritura, combustible y el rastro rancio de los supresores genéricos de baja calidad componían el tapiz sensorial de mi cotidianidad.
Al doblar la esquina de mi calle, una sensación de alarma biológica me erizó los vellos de la nuca.
El aire se sentía cargado, tenso, con una densidad que no pertenecía al vecindario.
Frente al portal de mi edificio, un vehículo negro de vidrios ahumados permanecía estacionado con el motor encendido, un artefacto de lujo que desentonaba de manera grotesca con las paredes desconchadas y los cubos de basura volcados.
Dos hombres corpulentos, vestidos con trajes oscuros que ocultaban sus rasgos anatómicos bajo bloqueadores militares de feromonas, montaban guardia junto a la entrada.
No eran los matones de Liam. Estos hombres destilaban la pulcritud fría, eficiente y letal de la seguridad corporativa de las castas altas.
El pánico se instaló en mi estómago, agudo como un alfiler. Pensé en Hailey, en mi hermana menor atrapada sola en el apartamento del tercer piso. Apreté los puños, dejando que mi orgullo indomable suprimiera el instinto de huida, y me aproximé al portal con zancadas firmes.
—Quítense de mi camino —ordené, mi voz sonando ronca, cargada de una autoridad obrera que buscaba compensar mi falta de tamaño frente a ellos.
El hombre de la derecha, un Alfa de facciones cuadradas y mirada gélida, no se movió un milímetro. Se limitó a pulsar el transceptor de su oído.
—La propiedad está despejada, señor —dijo, ignorando mi demanda—. La civil Madison Vance acaba de llegar al punto de control.
La puerta del edificio se abrió y mi hermana Hailey salió al pasillo exterior, con el rostro pálido y los ojos enrojecidos por el llanto.
No venía acompañada por los guardias, sino por un paramédico que lucía el emblema de la red de emergencias de la ciudad.
El corazón me dio un vuelco salvaje, el pulso repicando en mis sienes con una presión insistente que me dejó sin aire.
—¡Maddy! —Gritó Hailey, corriendo hacia mí y tropezando con los escalones de la entrada.
Me agarró de los hombros, su cuerpo temblando de forma descontrolada—.
Se la han llevado. Mamá ha empezado a sangrar a mitad de la mañana.
.. una hemorragia masiva. No se detenía.
La ambulancia ha venido hace media hora.
El mundo pareció ralentizarse, las palabras de mi hermana convirtiéndose en un eco lejano que distorsionaba la realidad del callejón. Me sujeté al pasamanos de hierro fundido, sintiendo el metal frío clavarse en mi palma.
—¿Dónde está? —Pregunté, obligando a mi mente a mantener la lucidez en mitad del colapso—. ¿A qué sector la han trasladado, Hailey?
—Al Hospital Central de la Ciudad —intervino el paramédico, acercándose con una tableta corporativa en la mano—. Código rojo, señorita Vance. Su madre, Alexis Vance, presenta una rotura de aneurisma interno en la base del lóbulo occipital. El pronóstico es crítico.
—Tenemos el dinero para el ingreso estándar —dije de inmediato, sacando mi terminal para mostrar el depósito de Mary Cross—. Puedo transferir los fondos ahora mismo para autorizar la intervención de urgencia.
El paramédico negó con la cabeza, su rostro reflejando la fría indiferencia de los burócratas del sistema sanitario privatizado.
—El ingreso estándar cubre la estabilización hemodinámica y los cuidados paliativos, nada más —declaró con una frialdad administrativa que me heló la sangre—.
La lesión de su madre requiere una microcirugía láser reconstructiva de alta resolución.
Esa tecnología está sujeta a las patentes de exclusividad de RyoMed, una filial directa de la corporación Medica.
El hospital público no dispone de las licencias necesarias para activar el quirófano avanzado sin un depósito de garantía previo.
—¿De cuánto es el depósito? —La pregunta salió de mis labios como un susurro roto.
—Cincuenta mil créditos —respondió el hombre, mostrando la cifra en la pantalla digital—.
El traslado y el uso del equipo deben ser autorizados antes de que expire el plazo de viabilidad tisular.
Tienen exactamente dos horas antes de que el daño cerebral sea irreversible.
Si el pago no se registra en el sistema central, la paciente será derivada a la unidad de pacientes crónicos de la beneficencia.
Cincuenta mil créditos. La cifra flotó en el aire como una sentencia de muerte ejecutada por un algoritmo.
Mis mil quinientos créditos eran un chiste de mal gusto, una burla ante el engranaje implacable de las castas que gobernaban la ciudad a través del monopolio biológico.
La vulnerabilidad me golpeó de pleno, deshaciendo mi armadura de autosuficiencia y exponiéndome a la realidad de nuestra miseria.
Me volví hacia Hailey, que se aferraba a mi chaqueta sollozando, y la abracé con fuerza, sintiendo el desorden de su respiración contra mi cuello.
Estábamos acorraladas, exactamente igual que hace veinte años en el asiento trasero del Chevy Caprice.
Fue en ese instante cuando el Alfa de traje oscuro dio un paso al frente, rompiendo la distancia de cortesía social.
El aroma gélido del bloqueador militar se desvaneció por un segundo, permitiendo que una nota baja, almizclada y territorial se filtrara en el aire del callejón.
Un olor que mi memoria biológica reconoció al instante: el rastro del Alfa del parque, la fiera que me había acorralado entre la maleza y cuyo magnetismo corporal había perseguido mis pesadillas durante días.
—Señorita Vance —dijo el agente de seguridad, su voz una vibración monótona que portaba un mandato implícito—. Mi nombre es el agente Vance de la división de intervención corporativa de Medica. El Alfa Ethan Knight ha sido notificado de la situación médica de su madre de manera inmediata.
Me tensé, apartando a Hailey de mi lado con un movimiento protector. La mención de su nombre encendió una chispa de rabia en mitad de mi desesperación.
—¿Qué tiene que ver ese hombre con nosotras? —Siseé, clavando mis ojos en los suyos—. ¿Nos ha estado espiando? ¿Rastreando nuestro territorio?
—El señor Knight vigila sus intereses en todos los distritos de la ciudad —respondió el agente sin inmutarse, extendiendo una tarjeta de acceso magnético chapada en oro y platino—.
La situación de su madre ofrece una ventana de negociación directa.
El tratamiento de microcirugía láser de RyoMed ya ha sido movilizado hacia el Hospital Central por orden ejecutiva, pero la autorización de inicio depende de una firma manual.
El chantaje era tan burdo, tan obsceno en su precisión transaccional, que me produjo una náusea profunda.
Ethan Knight había utilizado los recursos de su imperio para tender una red invisible a mi alrededor, esperando el momento exacto en que mi vida se desmoronara para presentarse como el único salvador posible.
El pánico a perder la soberanía sobre mi propio cuerpo y mis decisiones luchó contra la urgencia de salvar la vida de la mujer que nos había criado solas en el fango de la ciudad baja.
—¿Cuáles son los términos? —Pregunté, sintiendo que cada palabra me desgarraba la garganta.
—El Alfa requiere su presencia inmediata en las oficinas centrales de Medica —declaró el hombre de traje, abriendo la puerta trasera del sedán negro con un gesto coreografiado—.
El vehículo está programado para trasladarla al piso cuarenta.
Si desea que el equipo médico comience la operación antes de que expire el plazo de las dos horas, debe subir a este coche ahora mismo.
Ella vendrá sola. Su hermana permanecerá aquí bajo la custodia de nuestro equipo de apoyo.
Hailey me miró con los ojos desorbitados, intuyendo el peligro biológico y legal que se ocultaba tras esa invitación forzada.
—No vayas, Maddy... ese hombre es un monstruo —susurró, tirando de mi manga—. Encontraremos otra forma. Pediremos un préstamo a los comercios locales, iremos a la televisión... algo.
—No hay otra forma, Hailey —dije, apartando sus manos con una lentitud que me dolió en el alma. La realidad era un filo que nos cortaba el cuello—. No hay tiempo para préstamos ni milagros en los distritos bajos. Cuida el apartamento. Volveré con la autorización firmada.
Me volví hacia el sedán negro, sintiendo que cada paso hacia el interior del vehículo era una claudicación de mi orgullo, una entrega voluntaria al nido de un depredador que jugaba con nuestras vidas como si fuéramos piezas de un tablero financiero.
Subí a la parte trasera, el cuero premium del asiento absorbiendo mi cuerpo con una suavidad obscena.
La puerta se cerró con un sonido neumático que me aisló por completo del ruido del callejón, sellando mi destino en una atmósfera climatizada que olía de manera tenue, casi imperceptible, a tormenta y madera quemada. El aroma de Ethan Knight.
El vehículo arrancó con un susurro potente, enfilando la avenida principal y acelerando hacia el perfil gótico y brillante de los distritos altos.
Observé por la ventanilla cómo las calles grises de mi infancia se desvanecían, sustituidas por la velocidad del transporte ejecutivo.
El terminal de mi muñeca mostraba la cuenta atrás: una hora y cuarenta minutos de viabilidad tisular para Alexis Vance.
La red estaba echada, y yo me dirigía directamente al centro de la tela de araña, donde el Alfa esperaba tras su mesa de granito para imponer las condiciones de un pacto de sangre que cambiaría mi existencia para siempre.