Capítulo 29
M erryn despertó en un silencio amortiguado que le reveló, sin necesidad de abrir las cortinas, que había caído una gran nevada.
Sentada en la cama, miró el calcetín que había dejado para Papá Noel; estaba repleto, y bajo la lana se apreciaban bultos y esquinas.
Sonrió al fijarse en la redondez del fondo, donde sabía que aguardaba la mandarina que jamás faltaba, pese a que nunca se la comía.
Le extrañó no oír a Tressa dando brincos de emoción.
¿Dormían aún todas? Entonces oyó un sonido inconfundible en la ventana: el resoplar de unos ollares y el pisar de unos cascos…
— ¡ Acedero! —gritó, saltando sobre la cama para abrir las cortinas.
No se topó con el rostro ancho de Acedero, ni con sus ojos oscuros, sino con otros.
Arrodillada en la cama, boquiabierta, contempló el pelaje rodado y los ojos brillantes de la yegua torda. Alrededor de la gruesa manta de invierno llevaba un enorme lazo rojo. A su lado, con el ronzal en la mano, estaban mamá, Lowen y una radiante Tressa de mejillas sonrosadas.
— ¡Feliz Navidad, Merryn! —dijo su madre, riendo.
— ¡Merryn! ¡Merryn, sal! —chilló Tressa, a punto de estallar por la emoción que llevaba tanto rato conteniendo.
Cogió el jersey, salió corriendo de su cuarto, se calzó las botas y cruzó la puerta con precipitación para reunirse con ellas. A toda velocidad dobló la esquina de la casa. De pronto se detuvo, a varios metros de distancia, para asimilar lo que veía.
—Merryn, esta es Bruma —dijo su madre—. Aunque creo que ya os conocéis bien, ¿verdad?
Dice Peter que te ve hablando con ella cuando vas y vienes del colegio, y que Bruma espera el autobús todas las tardes para verte.
Dice que es una pena que nadie la monte ahora que Emma no está.
Y te la regala si te ocupas de darle de comer, cepillarla y cuidarla.
Puede quedarse en la granja, donde tendrá prados y compañía las horas que tú est é s en clase. ¿Qué dices?
Silencio. Pareció que solo Bruma respiraba.
Cuando se le saltó una lágrima, Merryn dio un paso al frente, alargando las manos hacia la yegua torda.
La recibió con un suave resoplido que caldeó el aire gélido.
Merryn le echó los brazos al cuello y enterró la cabeza en sus crines; luego se giró para abrazar a su madre.
Estrechó aquella blanda calidez que tan bien conocía e inspiró el consuelo, apretando fuerte.