Capítulo 30
M erryn no quiso volver al bosque hasta la primavera. Cuando llegó el momento, Merryn, su madre y sus hermanas recorrieron el sendero que llevaba al fresno. Las hojas nuevas convertían en puntitos la luz que buscaba el suelo del bosque.
Saltó de alegría cuando vio a los reyezuelos construyendo un nido nuevo en una oquedad minúscula.
El ajo de oso y la acedera volvían a tapizar el suelo ennegrecido, y las campanillas ponían pinceladas de azul sobre sus hojas brillantes.
Las imágenes y los olores le recordaron a Acedero. Pero no había ni rastro de él.
Cuando llegaron al lugar en que el bosque daba paso al acantilado, a Merryn se le encogió el corazón. Inundó su mente una cascada de recuerdos, pese a que la caravana ya no estaba.
—No pasa nada, cariño —dijo mamá, rodeándole los hombros—. Te hará bien.
No se quedaron mucho más, pero Merryn se alegró de haberse enfrentado a aquel lugar. En su mente lo había convertido en un monstruo cuando, en realidad, y sin la caravana, no era más que un mirador sobre el mar. Peter había clavado un cartel en el suelo: ¡peligro! no pasar, acantilado inestable.
Paseando, bajaron hasta la playa. Tressa se quitó los zapatos y los calcetines, eufórica, y chapoteó feliz en la orilla del mar congelado. Lowen y mamá buscaron tesoros marinos, y Merryn contempló las olas, buscando en ellas una foca, una marsopa, quizá incluso a Acedero. No vio nada.
Dejaron tesoros bajo el casco del Frailecillo y regresaron a casa.
— ¿Podemos volver otro día? —preguntó Tressa, de la mano de su madre.
—Sí, cariño. Claro que sí —respondió mamá con una sonrisa.
Merryn hizo un alto junto al fresno, dejando que mamá, Lowen y Tressa se adelantaran.
Se tumbó bajo él, apretando los pies descalzos contra la tierra que empezaba a templarse, buscando a los pajarillos, observándolos como tantas veces. Iban y venían, iban y venían. Y el vaivén hizo que a Merryn le pesaran los párpados bajo los rayos quebrados del sol.
Soñó con Acedero: aferrarse a sus crines, galopar sobre la arena y cabalgar entre las olas. El ruido de los cascos y su olor dulce y musgoso. El aliento cálido soplándole desde arriba. Tierra mojada, agujas de pino. Sal, algas.
Una enorme silueta se cernió sobre ella y Merryn sonrió.
Estoy aquí.