Capítulo 28
L owen pasó una semana encerrada en su cuarto, negándose a hablar con los amigos que fueron a verla.
Tres veces llamó Liam a su puerta y tres veces se fue de vacío.
Cuando por fin salió de su habitación, estaba callada y pálida.
Ya no llevaba los pegotes de rímel y el maquillaje dos tonos más oscuro que su preciosa piel de porcelana.
Merryn casi había olvidado lo bondadosa y etérea que parecía su hermana sin potingues.
Lowen volvió a sentarse en la cocina, a jugar a las cartas con Tressa y a ayudar a su madre con las comidas. Un domingo, Merryn se encontró en el plato una tortita caliente y dio a su hermana un abrazo más largo de lo que merecer ía un simple desayuno.
Pese a la tormenta, aquella noche mamá había bajado a la playa: sabía que algo iba mal.
Y, desde entonces, cada día era capaz de hacer más cosas.
Mejoraba poco a poco. El día que las hermanas volvieron del colegio y se encontraron a Peter charlando y tomándose un té con mamá, les pareció que algo había cambiado.
Terminaron el puzle y Tressa se embolsó la libra por encontrar la pieza perdida de la cola. Lowen dijo en broma que a buen seguro la habr ía escondido ella misma para ganar la apuesta.
Otra noche, Tressa ofreció una imitación de un pingüino deslenguado que las hizo reír hasta que les dolieron las mejillas. La madre se desternilló y acabó llorando de risa, como antaño.
La felicidad de Merryn danzaba en torno a su pena. No veía a Acedero desde el accidente y aquello la obsesionaba. El caballo había venido con una tormenta y, confirmando sus temores, se había ido con otra.
Pero ahora Merryn sabía que era importante dar espacio a todos los sentimientos. Al dolor y a la felicidad.
Llegó el invierno, con sus vientos taladrantes y sus olas imponentes. Las cabrillas rugían sobre el mar rumbo a la arena.
Pero en casa se estaba a gusto y calentito, y, cuando abrieron la gran caja de adornos navideños, Merryn inspiró con fuerza y cerró los ojos.
Ya olía a Navidad; el aroma nostálgico de los periódicos viejos que protegían los frágiles adornos evocó al instante los recuerdos: subirse a hombros de papá para alcanzar lo más alto del árbol, cantar villancicos sentadas a la mesa, convertir una caja de cartón en un disfraz de robot para Tressa.
Desenvolvían juntas cada adorno como si de un tesoro inestimable se tratara, hablando del pasado.
— ¡Me ha tocado el perrito! —chilló Tressa.
—Oooh, es igual que Ginny —dijo mamá, al tiempo que colgaba un reno de papel cuya cornamenta era la silueta de una mano infantil.
—Yo tengo el bote —anunció Lowen en voz baja.
Todas callaron un momento, pensando en papá para sus adentros, cuando Lowen alargó la mano y colgó la barquita roja en una rama bien visible.
De fondo sonaban villancicos, siempre acompañados por la voz de Tressa, y muy pronto el árbol añejo —viejo, dirían algunos— era una constelación de destellos y de magia, con las suaves luces reflejadas en los pajaritos, en las estrellas y en las manualidades preescolares que engalanaban sus ramas peladas.