Capítulo 27
C aer en la oscuridad fue como soñar. No había arriba ni abajo, no había izquierda ni derecha, no había dureza ni blandura; tan solo había una quietud que pareció durar una eternidad, hasta que llegaron el estruendo y el dolor de estrellarse contra el agua.
Merryn notó que los pulmones se le vaciaban de aire cuando su cuerpo impactó en el mar gélido. Fue como aterrizar sobre hormigón.
Por un momento se sintió suspendida en el océano, no flotando, pero tampoco hundiéndose.
Perdió el control de las extremidades, incapaz de patear o bracear para emerger.
Su cabeza era un remolino de esferas de luz y oscuridad que entraban y salían de su consciencia.
Y entonces empezó a hundirse, a sentir que el agua oscura se plegaba sobre ella y la empujaba hacia el fondo.
¿Ya había muerto?
No, a ún había dolor: lo sentía. El dolor del impacto, el dolor del agua congelada, el dolor de perder a su padre.
Papá ya no estaba. Por fin lo supo.
Lo sentía en la boca del estómago, irradiando hasta las manos y los pies, hundiéndola, arrastrándola más y más. La oscuridad la anegó como un tsunami de pena. Se rindió al tirón del agua, que se la llevaba a las profundidades.
Por su mente pasaron, como rayos de luna, imágenes de su familia. Fugaces destellos de Lowen, Tressa, su madre, su padre.
Abrir entre risas los regalos de Navidad. Volar la cometa que no se desenredaba ni a la de tres, tanto que desistieron y construyeron un castillo de arena gigantesco, con foso y todo. Bailes, canciones y carcajadas. La fogata del jardín y las tormentas.
Y entonces sintió una energía tempestuosa en el agua que la rodeaba.
Al abrir los ojos vio que se acercaban, cruzando los rayos de luna y la espuma agitada, un enorme cuerpo y unos cascos en movimiento: su caballo de tormenta.
Estaba sobre ella, junto a ella, bajo ella, empujándola hacia la superficie.
Merryn se agarró a las crines ondeantes y juntos ascendieron en la oscuridad, con las piernas agitándose y los pulmones a punto de estallar, la cabeza dando vueltas hasta romper la flor del agua.
Jadeando con ansia en el aire nocturno, Merryn escupió agua de mar entre parpadeos y arcadas. Volvió a aferrarse a la crin de Acedero y, de improviso, descubrió que se asía a otra mano, a otro brazo, a la borda de un viejo bote rojo. El Frailecillo.
Fue rescatada del agua, izada sobre la borda del bote y estrechada en los brazos de su madre. La voz materna temblaba en el aire de la noche, repitiendo sin cesar las mismas palabras, las palabras que Merryn llevaba tanto tiempo deseando oír.
—Estoy aquí, tesoro. Estoy aquí.