La niña que soñaba con caballos Capítulo 26
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Capítulo 26

— ¡ E y!

Merryn se giró de golpe y buscó con angustia el picaporte en aquella oscuridad.

Lo agarró y empujó. Nada.

Volvió a empujar, girando y sacudiendo la manilla una y otra vez, pero la puerta ni se movía.

Entonces lo oyó: unas risas que se colaban con el viento por las rendijas de la madera.

Pegó el ojo a una de ellas y ahogó un grito. Las siluetas de los chicos se empujaban entre saltos y risotadas socarronas, mientras el viento arrastraba sus burlas acantilado abajo, hacia el mar.

— ¡Tranquila , caballista! ¡Verás qué calentita pasas la noche! —se mofó Dexter.

Merryn aporreó la puerta.

— ¡Abrid! ¡Dejadme salir!

Pero los gritos eran música para sus oídos —se burlaron aún más— y Merryn vio cómo sus sombras se perdían, dejándola sola en la rotunda oscuridad.

¿Dónde estaba Lowen? ¿ Con ellos?

¿Dónde estaba Acedero?

— ¡LOWEN! —chilló, tosiendo por efecto de aquel aire mohoso—. ¡ACEDERO! —llamó, y se echó a llorar.

Sentía los latidos del corazón en la cabeza. Le temblaban las manos y el pánico se adueñaba de ella. Mirar a su alrededor no servía de nada: sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, pero no distinguía lo que veía. Los objetos adquirían formas terroríficas.

Se deshizo en chillidos junto a la puerta atascada, sacudiendo el picaporte y golpeando la madera. El aullido del viento y el embate de la lluvia ahogaban sus gritos de auxilio.

La tormenta estaba encima del bosque, igual que a la llegada de Acedero. ¿Se lo habría llevado, como a papá? No podía contener el miedo, el llanto. Estaba sola. ¡ Qué mal había hecho yendo allí!

— ¡Merryn!

La inundó una ola de alivio.

Lowen la llamaba desde fuera.

Lowen estaba allí. Menos mal.

—Me han encerrado… —sollozó.

—Espera, Merryn. —La voz de Lowen sonaba de nuevo serena y sensata—. La puerta está encajada… No se abre.

Oyó que le propinaba una patada. Ella ayudó desde dentro. Y luego, cuando Lowen paró, empujó con todas sus fuerzas.

Con un estruendo de madera quebrada y un silbido de viento, Merryn se precipitó al exterior. Los escalones rotos se desmoronaron bajo su peso y dio consigo de bruces y sin aliento sobre el barro frío y resbaladizo, acribillada por la lluvia.

Al tratar de incorporarse, comenzó a resbalar, alejándose de la caravana, hacia el borde del acantilado.

Sintió que se asfixiaba de miedo.

— ¡Lowen! ¡Socorro! ¡Ayúdame!

Su hermana también estaba tendida en el lodo, aferrada a los escalones rotos. Abrió los ojos como platos.

— ¡Aguanta, Merryn!

Pero ella tenía los pies tan mojados y los dedos tan ateridos que se negaban a sujetarla. Las botas no hallaban apoyo y, centímetro a centímetro, se aproximaba al borde del acantilado.

Un rayo rasgó el cielo con una explosión ensordecedora y las dos hermanas se miraron.

— ¡Merryn! —gritó Lowen—. ¡Merryn!

Intentó asirse con desesperación a la hierba y el barro, pero lo único que consiguió fue deslizarse todavía más hacia el abismo. Del suelo se desprendieron terrones y piedras que cayeron al mar.

— ¡Aguanta, Merryn! ¡ Voy a salvarte, aguanta!

Lowen avanzaba hacia ella muy despacio, reptando boca abajo sobre los codos, hasta que le tendió los brazos.

Brum , resonó el trueno sobre ambas cuando sus dedos se entrelazaron, las uñas clavadas en las palmas de pura desesperación.

Tras , restalló un rayo tan violento que todo el cielo se iluminó y se reflejó en el mar. En ese instante, el tiempo pareció ralentizarse.

Merryn apoyó un pie en el borde de… la nada.

Manoteó en balde en el aire cuando cayó hacia atrás. Solo alcanzó a ver a Lowen estirándose, angustiada y chillando, mientras ella se precipitaba de espaldas por el acantilado, como lo haría una vieja muñeca de trapo arrojada al vacío.