Capítulo 25
M erryn corría a mil por hora, los brazos y las piernas acompasados, el corazón saliéndosele del pecho. Se le enganchaba la ropa en las ramas y los arbustos; el barro helado le salpicaba las pantorrillas. El pelo le azotaba la cara. Comenzaron a caer goterones.
Miró al cielo, aprensiva. Una luna gibosa resplandecía tras las nubes de lluvia, arrastradas por el viento en un cielo de tinta china.
Al llegar al bosque, vislumbró entre los árboles la caravana vieja, a contraluz de la luna.
Pisó algo duro que se aplastó bajo su peso y la hizo detenerse.
Era una lata, una de varias abandonadas al pie de los árboles.
Mientras recobraba el aliento, el viento llevó hasta ella las voces de los chicos.
De pronto cayó en lo sola que estaba. ¿Y Acedero?
Tanto le preocupaba encontrar a Lowen que no se le había ocurrido llamarlo, pero de repente le pesaba no tenerlo a su lado.
La caravana estaba hecha polvo, destrozada por la intemperie. El armazón y los tablones, podridos; las bisagras y las ruedas, oxidadas por el salitre; la pintura, descascarillada; solo quedaban unas motas de rojo en el embellecedor ondulado.
Merryn ignoraba cuánto tiempo llevaba allí, abandonada al final del bosque.
Volvió a estremecerse al recordar el día en que se había quedado encerrada en ella.
Tenía seis años y se suponía que allí no podían estar.
Y ahora tampoco. En aquella ocasión, cuando sus padres las encontraron tan lejos de casa, Lowen se llevó una bronca enorme. Mamá había llorado.