La niña que soñaba con caballos Capítulo 23
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Capítulo 23

C uando su padre se hizo a la mar, reinaba la calma.

Lo raro era que él siempre comprobaba la previsión meteorológica.

Merryn llevaba años dando vueltas a una pregunta: ¿sabía que se avecinaba una tormenta?

¿Por qué? Su bote, el Frailecillo, era compacto, robusto y resistente como el ave que le daba nombre, pero también pequeño, y no tenía nada que hacer en un mar embravecido.

Para cuando la tormenta comenzó a azotar la casa, papá llevaba fuera horas. Contaban con verlo entrar por la puerta en cualquier momento, sacudiéndose el agua del pelo al cruzar el umbral, pero la puerta no se abría. Pasaba el tiempo y Merryn notaba que cundían el pánico y la angustia.

Junto a la ventana, la madre no dejaba de mirar el reloj.

—Habrá parado en la granja para ver a Peter y guarecerse de la lluvia. Seguro que vuelve enseguida —dijo, no muy convencida, cuando Lowen preguntó por cuarta vez cuándo volvía papá; tenía que echarle una mano con el trabajo de Geografía, que debía entregar al día siguiente.

— ¡Pero prometió ayudarme, mamá! —se quejó.

Merryn no pudo dejar de notar lo nerviosa que estaba su madre. ¿Por qué papá no llamaba por teléfono para decir dónde estaba? ¿Por qué no contestaba cuando lo llamaban ellas?

A medida que la luz se desvanecía y el temporal arreciaba, la madre empezó a telefonear: a Peter, a otros vecinos, a los guardacostas.

En el cielo, sobre el mar, parpadeaban luces naranjas; delante de la casa, luces azules.

Unos policías empapados dejaron un charco en la puerta.

Recordaba oír las voces contenidas y los pasos comedidos mientras sus hermanas y ella obedecían la orden de esperar en la habitación de Lowen, donde Tressa disfrutaba de una excepcional barra libre con los peluches de su hermana mayor.

El siguiente recuerdo de Merryn era despertar en la cama de Lowen; tenía frío porque Tressa le había robado las mantas. Lowen no estaba, pero Merryn la encontró con la oreja pegada a la puerta de la cocina.

Cuando por fin se armaron de coraje para entrar, se encontraron con un ambiente frío y cortante, a juego con la expresión de los ocupantes de la mesa.

Intentaron sonreír al verlas entrar, pero saltaba a la vista que eran sonrisas forzadas.

Mamá estaba sentada a la cabecera con la expresión vacía y la mirada fija. Así estuvo mucho tiempo.

El Frailecillo había aparecido cabeceando en la marejada, a flote, pero vacío.

La búsqueda del padre se prolongó varios días, hasta mucho después de que la tormenta amainase y el mar se calmara, pero jamás se halló rastro de él.

Merryn tardó semanas en dejar de creer que entraría por la puerta cuando menos se lo esperase.

Lo extrañaba tanto que le dolía el corazón y, tumbada en la cama, imaginaba su reacción al verlo regresar: la alegría, las risas, los abrazos dando vueltas hasta marearse.

Soñaba con que abrazaba a mamá y le devolvía la sonrisa perdida.

Pasaron las semanas, los meses. Se celebró un funeral, se vertieron lágrimas, pero papá no volvió, y su vida y su felicidad cambiaron para siempre.