La niña que soñaba con caballos Capítulo 22
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Capítulo 22

— ¿C ómo está? —preguntó Peter con su voz grave y afable. Merryn lo había visto perseguir a los chicos por el prado, pero ya estaban lejos para cuando él alcanzó el murete.

Merryn se secó la cara antes de girarse.

—Bien, creo. Solo es un susto —tartamudeó.

—Susto el que se van a llevar esos mocosos cuando hable con sus padres. No es nada, vieja amiga —tranquilizó a la yegua torda mientras le pasaba las manos por las patas en busca de lesiones.

— ¿Cómo se llama? —quiso saber Merryn, sin dejar de rascar a la yegua justo detrás de la oreja, donde tanto le gustaba.

Llevaba preguntándoselo desde su última conversación, a veces incluso en clase.

¿Niebla? ¿Diamante? Estrella… Ningún nombre le parecía adecuado, así que le llamaba «preciosa » o «bonita » cuando le hablaba.

— ¿Eh? ¡Ah, sí ! Se llama Bruma —respondió Peter con una sonrisa—.

Toda una preciosidad, ¿a que sí? Es un pecado tenerla muerta de risa en el prado, ahora que Emma casi nunca está.

Me parece que ya no le interesa la yegua, la verdad.

Es una pena, pero me da cosa venderla. A estas alturas ya forma parte del paisaje.

Casi parecía pedir disculpas mientras acariciaba con cariño el cuello de la yegua.

Merryn asintió. No le entraba en la cabeza que nadie pudiera desentenderse de una criatura tan hermosa y mágica como un caballo.

— ¿Sabes qué? —continuó Peter—. El año que la compramos para regalársela a Emma, me ayudó a traerla tu padre. ¿Llegó a contártelo?

Merryn negó con la cabeza, boquiabierta por la sorpresa. O quizá por lo raro que se le hacía oír hablar de su padre.

—Claro, debías de ser muy pequeña. Fue el invierno de las grandes nevadas y temíamos que el remolque no lograse subir la cuesta. Discutimos de broma cuál de los dos volver ía a casa a lomos de la yegua si nos quedábamos atascados…

Rio al recordarlo, y su voz sonaba cálida y llena de afecto.

Merryn no había caído en que los demás también echaban de menos a su padre. Descubrirlo le tocó el corazón y la llenó de orgullo.

—Será mejor que te vayas a casa, pequeña; está anocheciendo.

En cualquier momento empezará a llover —dijo Peter, señalando con la cabeza las nubes negras que avanzaban hacia ellos—.

Escucha, has sido muy valiente al venir a ayudar a Bruma.

No mucha gente se habría atrevido. —Calló un momento y miró a Merryn a los ojos—. Tu padre estaría orgulloso.

Ella no sabía hacia dónde mirar ni qué decir, así que se limitó a dar a la yegua torda una última caricia en la cara, dejando la mano unos segundos en la aterciopelada curva suave del hocico.

Pero el cuerpo nunca miente. Las nubes negras, el comentario inesperado sobre su padre… A Merryn empezó a latirle muy fuerte el corazón y se le formó un nudo en las entrañas que la ancló más fuerte a aquella noche, cuando papá sucumbió a la tormenta.