Capítulo 21
— ¡M erryn, no! — susurró Lowen con angustia, sujetándola por el brazo, pero era tarde. Ella se había zafado de su hermana y corría hacia el prado.
Subió como una flecha cuesta arriba, sin importarle el ardor de las pantorrillas. Al llegar a lo alto, miró con espanto hacia aquella cacofonía: el inconfundible estallido de los petardos, los relinchos despavoridos de la aterrorizada yegua torda y las malévolas carcajadas de los adolescentes.
—¡ PARAD ! ¡ DEJADLA ! —chilló Merryn con una voz que apenas reconoció.
—¡Ja! ¿Nos vas a obligar tú, caballista? —se recochineó Dexter, y le lanzó otro petardo a la pobre yegua.
Las ovejas se habían congregado en la otra punta del campo, pero algo impedía a la yegua huir de aquella esquina. Estaba acorralada y rodeada; el terror llameaba en sus bondadosos ojos.
Los chicos miraron hacia Merryn y estallaron en carcajadas. Entonces se oyó a lo lejos un grito, una voz honda y autoritaria. Al oír al granjero, los chicos huyeron disparados como liebres campo a través, saltaron con brío el murete de piedra y se perdieron de vista en un segundo.
Merryn corrió como nunca en su vida cuando salió prado abajo en dirección a la yegua. Aminoró la carrera algo antes de alcanzarla y, recobrando el aliento, le habló con la mayor dulzura que pudo.
—Shhh, shhh, shhh, tranquila, tranquila, ya estoy aquí —le repetía con la mano tendida.
Cuando llegó a su lado, le acarició el cuello y el rostro con lentitud, igual que hacía con Acedero, sin dejar de hablarle bajito.
La yegua se había enganchado la manta en el cercado, a buen seguro al recular para huir de la agresión. La soltó con cuidado, sin gestos bruscos.
Apoyó la frente contra la testa de la yegua, las mejillas arrasadas de lágrimas. La notaba temblar de las orejas a los cascos, traumatizada. A Merryn se le partió el alma. ¿Cómo era posible tanta crueldad?