Capítulo 19
L legó el otoño. Anochecía más temprano y empezaba a refrescar. Los árboles y las plantas adquirían poco a poco tonos amarillos, anaranjados y marrones, y los setos se cuajaban de moras.
Muy pronto, pensaba Merryn, se ver ía a través de los árboles, desnudos de su abrigo de hojas, y la playa secreta se convertir ía en una puerta abierta al rugiente mar embravecido. Y a las tormentas. Procuraba olvidarlo.
Siempre hacía lo mismo al salir del colegio. Bajar del bus, dar corazones de manzana y puñados de hierba a la yegua torda, y correr en busca de Acedero para volver a casa antes de la noche.
Su hogar parecía haberse vaciado de vida, gota a gota.
En la cocina ya no olía más que a tostadas, y la banda sonora de parloteos y canciones de Tressa había dejado de sonar.
La echaba en falta, sobre todo desde que los días cortos la obligaban a pasar más horas encerrada en casa. Y Lowen ya casi nunca estaba.
Algunas noches, Merryn y mamá avanzaban un poquito con el puzle, eso sí.
Y mamá empezaba a hablar algo más, aunque fuesen conversaciones breves desde el sillón.
En una ocasión, Merryn se la encontró tomándole la lección de ortografía a Tressa.
Un buen día mamá remendó los leotardos de Tressa y el jersey de Merryn.
A ella se le encend ía una llamita de esperanza, pero sabía de sobra que no debía adelantarse a los acontecimientos y hacerse demasiadas ilusiones.
A veces los días buenos daban paso a días malos.