La niña que soñaba con caballos Capítulo 18
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Capítulo 18

M erryn apretaba el paso por la carretera. Tan impaciente estaba por ver a Acedero que casi pasó por alto a la yegua torda que asomaba el morro sobre el cercado.

Aquella yegua no solía estar allí. Merryn siempre la había visto a lo lejos, en los campos distantes. Era de la hija del granjero, Emma —la hermana de Liam—, que estaba estudiando fuera.

Se detuvo para acercarse al vallado. El largo copete de la yegua le caía sobre los ojos; casi le llegaba a la correa de la cabezada.

Recordó que guardaba un corazón de manzana en la fiambrera y rebuscó en su mochila.

Se lo ofreció en la palma de la mano y la yegua lo aceptó con pausados mordiscos satisfechos.

Era mansa y menuda, con el pelaje rodado, nada que ver con Acedero.

Pero tenía el hocico tan suave que, cuando le pasó la lengua por la palma de la mano, Merryn sonrió sin poder evitarlo, maravillada por aquella sensación cálida y esponjosa.

— ¿Qué hay, Merryn? —La voz la sobresaltó. Era el granjero, Peter—. ¿Qué tal tu madre?

Se quedó petrificada. Al principio temió que el granjero le riñera por dar de comer a su yegua.

—Todo bien —dijo al fin, y cambió de tema enseguida—. ¿Es…? ¿Es la yegua de Emma? —se precipitó a preguntar, aturullándose.

—Sí. Suelo tenerla en el prado de atrás —contestó el granjero con una sonrisa amable—, pero esta temporada Emma no para mucho por casa… Solo piensa en los exámenes y en los chicos. Y la yegua necesita compañía, así que la hemos puesto con las ovejas.

Señaló con la cabeza hacia la otra punta del campo, donde pacía un rebañito de ovejas de lana larga.

Merryn sabía que aquellas ovejas de raza pura eran el mayor orgullo de Peter.

Lo había visto ganar trofeos y diplomas en las ferias agrícolas del lugar y, aunque la mayoría de las ovejas de la granja eran corrientes y molientes, saltaba a la vista que Peter reservaba los mejores pastizales para las que parecían salidas de un poema infantil.

Le fascinó ver la luz que se le encendía a Peter en los ojos al mirarlas. Tenía un rostro amable y un hablar sereno que transmitía la impresión de estar sinceramente interesado en conversar con ella. En su rostro curtido, los surcos de mil sonrisas le rodeaban los ojos.

—Hace tiempo que no veo a tu madre. ¿Va todo bien? —se interesó Peter, insistiendo en la pregunta original—. Si os hace falta cualquier arreglillo en casa, me paso encantado.

Merryn dudó. Peter había sido buen amigo de su padre y sabía que era de confianza, pero la realidad sobre el estado actual de su madre seguía siendo un puño apretado en su interior.

« No digas nada » .

—Qué va, todo perfecto… Todo genial —mintió—. Pero muchas gracias. Le daré recuerdos.

—Muy bien, Merryn. —Peter la vio volver a la carretera y añadió—: Tráele a esta buena señora todos los corazones de manzana que quieras; verás qué contenta se pone. Y, si necesitáis cualquier cosa, ya sabes.

Se despidió con la mano cuando Merryn se fue corriendo hacia el bosque en busca de Acedero.

Al llegar a los árboles, oyó las voces de los chicos, que la brisa transportaba desde los acantilados. Gritos y vítores.

— ¡ Salta, Lowen!

— ¡ Lowen! ¡ Lowen! ¡ Lowen!