La niña que soñaba con caballos Capítulo 17
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Capítulo 17

L a jornada escolar se hacía eterna.

Merryn se moría por que transcurriera más rápido. Los minutos se alargaban sin fin y las horas no pasaban nunca. No se explicaba que todo el mundo rebosara energía y entusiasmo. Los pasillos eran un guirigay de charlas animadas y portazos de taquillas.

Para ella, ir a clase suponía una tortura física. Le dolía no estar en el campo con Acedero; le picaban y le ardían los pies, obligados de nuevo a pasar horas y más horas aprisionados en calcetines y zapatos. Se sentía una criatura salvaje encerrada contra su voluntad.

—Merryn, ¿tienes algo mejor que hacer? —preguntó la señora Allan, perdiendo la paciencia, pero no la sonrisa, en su heroico empeño por mantener la concentración de una clase de niños sin más interés que charlar con sus compañeros.

Un día paró a Merryn a la hora de la salida para preguntarle si le gustaría comentarle algo.

Ella respondió en tono animado que todo marchaba de maravilla.

Después pensó que, si algún día se decidía a contarlo, seguramente sería a la señora Allan.

A veces le daba por pensar, pese a las advertencias de Lowen, que tampoco sería el fin del mundo si en el colegio se enterasen de lo de mamá. Al menos les echarían una mano.

Merryn sentía a diario el peso de su secreto. Pero con Acedero siempre tenía un lugar al que acudir, un amigo con quien desahogarse.

La ruta de vuelta a casa también se le hacía interminable.

Cuarenta insoportables minutos dentro de una cacerola con ruedas, llena de una sopa de mocosos chillones de primaria y adolescentes sudorosos de secundaria.

Para cuando llegaban a su parada, Merryn casi empujaba a Tressa en marcha, tal era su ansia por salir de allí.

Por norma general, en su parada solo bajaba Liam, que vivía en la granja. Pero un día se apearon con él cuatro chicos de la clase de Lowen —¿los del acantilado?— que echaron a andar entre risas y empujones.

Mientras Tressa avanzaba a paso de tortuga por la carretera de su casa, Merryn se detuvo a observar cómo Lowen corría para alcanzar a los chicos, como una polilla atraída por la luz. Llevaban petardos y se los tiraban unos a otros a los pies.

— ¿ Tú vas a saltar? —oyó preguntar a Liam.

— ¡Uf, no! ¡Ni loca! —exclamó Lowen, colorada—. No entiendo cómo podéis. ¡Con la de metros que hay! ¿No os da miedo?

—Bah, no es para tanto. Por lo menos, no cuando le pillas el tranquillo. ¡Aunque la primera vez no me cagué vivo de milagro!

Se rio.

— ¿Entonces por qué saltaste?

—Pues… No sé, porque tocaba.

Calló.

Liam miraba a los otros chicos, que se habían adelantado.

Sus amigos. Él no era como ellos, pensó Merryn.

Liam no hablaba a gritos, era tranquilo y ayudaba a su padre, Peter, en la granja.

No tenía aquel aire de caos. Pero se habían criado todos juntos; eran compañeros de clase desde preescolar.

En un sitio pequeño como aquel, los amigos no se separaban.

Merryn miró a su hermana. De pronto, lejos de las tareas domésticas, Lowen parecía más viva. Como si hubiera pasado de ratoncito asustado a gato curioso.

— ¡ Ey, Lowen! —le gritó Dexter, un chico corpulento y fanfarrón de sonrisa dentona. Había cambiado el uniforme escolar por un bañador de surfero y unas zapatillas viejas—. ¿Vas a saltar?

—No, es que…

Lowen no sabía a dónde mirar, con él plantado tan cerca de ella.

—No tendrás miedo… —dijo Dexter, riéndose—. ¡Y yo que creía que te iba la marcha!

—Va a ser que no le apetece, Dex —intervino Liam—. Tú no saltes si no quieres, Lowe.

—Es verdad, Lowe, siempre puedes quedarte sentada como un pasmarote. ¿Te has traído un libro? —se burló Dexter.

Merryn percibió que los chicos clavaban la mirada en su hermana. Sintió náuseas. La idea de tirarse al mar desde el acantilado le parecía una locura; no se imaginaba cometiendo semejante temeridad. Pero ¿qué asustaría más a Lowen, saltar o desairar a Dexter?

—Bueno, venga, salto.

Las palabras de Lowen fueron recibidas con gritos y vítores antes siquiera de que terminara de pronunciarlas.

— ¡Lowen! —Merryn corrió hasta su hermana cuando los chicos echaron a andar hacia los acantilados—. ¡Ni se te ocurra! —le susurró, sujetándola del brazo—. Es peligroso.

Lowen puso mala cara y se zafó.

—Suéltame, Merryn. —Hizo una pausa y, de repente, estalló—: ¡Estoy harta! Estoy hasta las narices de ser la buena chica, la hermana mayor, la primogénita, la responsable. ¡Dejadme todas en paz!

Para que no viera sus lágrimas, Merryn se encaminó hacia el bosque, con las risas y las burlas de los chicos perforándole los oídos.

¿Por qué iba Lowen con ellos? Merryn sabía que mamá se enfadaría un montón —si estuviera bien para darse cuenta— al descubrir con qué tipo de gente se mezclaba Lowen y dónde pasaba las horas.

Pero no pensaba irle con el cuento. Eso no se le hace a una hermana. Puedes chivarte de cosillas sin importancia, como que ha dicho una palabrota, te ha dado una colleja o no quiere dejarte el mando de la tele, pero no de cosas importantes como esas. Nunca.