La niña que soñaba con caballos Capítulo 16
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Capítulo 16

S iempre había que hacer alguna que otra compra.

Tressa necesitaba leotardos y unos zapatos, y Merryn tenía un enganchón en el jersey.

Mamá ya se lo había remendado en otra ocasión y Merryn estaba resignada a estirarlo un poco más.

También había rescatado unos leotardos viejos que le servirían a Tressa, siempre y cuando se los enrollase en la cintura e hiciera como que no veía el agujero del pie derecho.

Lo que no sabía Merryn era qué necesitaba Lowen, porque su hermana ya no hablaba con nadie. Todo le parecía un incordio y se maquillaba mucho. A Merryn no le gustaba nada. Era imposible saber si la verdadera Lowen seguía debajo de aquella careta anaranjada y aquellos pestañones.

—Quita de ahí, ¿o quieres preparar tú el almuerzo de Tressa? —le ladró Lowen a Merryn el primer día de clase.

Mamá no consiguió levantarse de la cama para despedirlas, pero les dijo «Os quiero » y «Tened un buen día » con voz exhausta desde su habitación cuando salieron hacia la parada del autobús.

De buen día no tenía nada. Para variar.

Mamá estaba, pero no estaba. Todo avanzaba, continuaba, excepto ella.

Merryn seguía llevando a casa tesoros para el alféizar: una concha, una flor, un guijarro, un vidrio pulido por el mar.

Tressa le cepillaba el pelo a su madre y le hacía tantos dibujos que terminó por crear una galería.

Lowen seguía pendiente de que tomase la medicación, que retiraba en la farmacia del pueblo con cada receta renovada. Todas sabían que Lowen no podría prolongarlo más sin que la médica pidiera ver a su madre en persona, y entonces se enteraría todo el mundo.

Aquel pensamiento las obligaba a seguir vadeando el cenagal de la vida: el temor de que alguien se presentara en casa para llevarse a mamá. ¿Qué sería de ellas?

—No lo contéis —decía Lowen—. Ni pío a nadie.

Para entonces cocinaba lo mínimo y había dejado de limpiar y ordenar. Ayudaba a su madre a vestirse los días malos, invirtiendo los papeles de su infancia — « Brazos arriba, mamá » —, pero Merryn sabía que estaba allí por obligación.

Casi todas las noches, Merryn se desvelaba preguntándose si su madre volvería alguna vez a ser la de antes. En el fondo, sabía que no estaba bien que una chica de catorce años se hiciera cargo de una familia.

¿Y si alguien descubría que mamá había recaído?

¿Y si se le escapaba a Tressa?

No sería culpa suya, pensaba: Tressa solo tenía ocho años.

De hecho, le parecía un milagro que hubiera mantenido el secreto tanto tiempo.

Últimamente estaba más silenciosa; cantaba menos, daba menos piruetas descalza sobre el suelo de madera.

Quizá, pensaba, Tressa tampoco podía dormir por la preocupación.

A veces Merryn se enfadaba con su madre, pero no podía decirlo en voz alta.

Sabía que ella no elegía estar así, que era como si una monstruosa bestia negra se hubiera apoderado de su ser y la tuviera a su merced.

Pero en ocasiones le daban ganas de decirle a gritos: «¡Despierta, mamá!

» . ¿No se suponía que los mayores afrontaban las cosas con entereza?

Luego observaba la expresión vacía de su madre, los ojos empañados y sin vida, y lo único que sentía era lástima. Lástima de no poder sanarla, lástima de que fuera tan doloroso para todas.