Capítulo 15
E se verano, de vez en cuando, mamá lograba levantarse y trastear un poco en la cocina.
Merryn se daba cuenta de que intentaba ayudar —pasar una bayeta, lavar una taza—, pero lo único que conseguía era volver a extenuarse y apagarse.
Era como si llevara dentro una batería vieja que apenas duraba un ratito antes de agotarse y obligarla a recargarla en aquel dichoso sillón.
Merryn había acabado por odiar el sillón y el poder que parecía ejercer sobre su madre.
— ¿Te apetece ayudarme con el puzle, mamá?
—propuso Merryn al sacar la tabla en la que seguía a medio hacer el rompecabezas de mil piezas con la imagen de un leopardo.
Llevaban desde Navidad tratando de montar lo que todas llamaban «el puzle más difícil del mundo » , y no se rendían por pura cabezonería.
—Sí, cariño —respondió débilmente.
— ¡O nos ponemos las pilas , o no lo acabaremos en la vida! —bromeó Merryn—. Tress, ayúdanos, anda. —La hermana pequeña se acercó saltando, entusiasmada—. Lowe…
Lowen dio un portazo en su cuarto. Se quedaron calladas unos segundos.
—Veamos, ¿quién encontrará la pieza que falta en la cola? —dijo mamá en tono afable.
— ¡Yo! —chilló Tressa—. ¡ Os apuesto una libra a que la encuentro antes que vosotras, par de lentorras!
— ¡ Acepto la apuesta! —respondió mamá con súbita animación.
«¿Por qué Lowen no quiere venir?» , se preguntó Merryn. Nunca había sido una adolescente malhumorada, pero estaba tan cambiada… Taciturna y arisca; no se podía hablar con ella. Se iba de casa siempre que podía —Merryn no sabía a dónde— y hacía las tareas domésticas como un robot.
Tressa se quedaba a menudo sola en casa con mamá. No parecía importarle; se divertía con sus juguetes, veía la tele y parloteaba siempre que su madre se sentía con fuerzas para conversar.
A Merryn le remordía la conciencia por dejar a Tressa en casa, pero no hasta el punto de querer llevársela con ella al bosque.
Las horas que pasaba fuera de casa con Acedero eran sagradas.
Como internarse en un universo paralelo —un mundo de sueños— en el que reinaban el sosiego y la felicidad.
Allí no había preocupaciones ni miedos. Si acudía acompañada, quizá se estropearía todo; tal vez se desvanecer ía la magia.
Con Acedero, Merryn tenía la arrolladora sensación de que todo era posible, de ser alguien. Los sonidos, los olores y las imágenes del bosque y de la playa se agrandaban —no sabía cómo—, casi como si ella misma fuera otro animal salvaje.
Cuando se quisieron dar cuenta, el verano había pasado y tocaba preparar la vuelta al colegio.