Capítulo 14
— ¡ A cedero! —gritó, escupiendo agua. No había nadie más a quien llamar. Merryn echó la ca beza hacia atrás e intentó acompasar su pataleo, pero cada ola le llenaba la boca de agua salada. Entró en pánico. El miedo se apoderó de ella.
El agua gélida la atenazó, quitándole el aliento. Los pulmones se agobiaban, las piernas dolían, el agotamiento la superaba. No aguantaría mucho más. Iba a ahogarse, sola.
Justo cuando la abandonaba la última brizna de esperanza, una calidez reconfortante viajó por el agua helada y, de pronto, Acedero estaba a su lado.
Merryn alargó los brazos y se agarró con fuerza a la crin y el cuello. El caballo la remolcó hacia la roca de la sirena y la ayudó a subir con delicadeza.
Estaba a salvo.
Seguían lejos de la playa, pero desde allí regresaría a nado sin dificultad. Distinguía el sendero del bosque y el Frailecillo. En invierno también habría avistado la tranquilizadora columna de humo de su casa tras los árboles, pero ese día solo se veía un cielo sereno.
Merryn oyó un grito lejano, procedente de los acantilados. Había demasiada distancia para entender lo que decían, pero supo que debían ser los chicos, que saltaban desde la caravana vieja. Lanzarse al mar desde aquella altura era una burrada.
Sentada en su roca de sirena, se dejaba reconfortar por el sol, balanceando los pies en el agua.
Acedero le acercó el morro con afecto; ella se lo frotó y le acarició la cara, húmeda y caliente.
El intenso sol arrancaba destellos a su pelaje, convertido en una suave capa gris moteada, como piel de foca que reflejara el agua circundante.
Era el caballo más hermoso que podía imaginar.
Él r esopló bajito, agitando los ollares mientras revolvía con el hocico la melena enredada y salada de Merryn, como queriendo confirmarle que seguía allí. Luego dio un par de zancadas hacia donde el agua lamía la roca y se situó de lado. La miró expectante.
¿Quería que montase? Temía haber entendido mal.
Pero, cuando ella se inclinó hacia él, Acedero relinchó gentil, como para animarla.
Siguió allí, quieto e inmutable, firme como la propia roca.
Con tiento, Merryn se acercó poco a poco, apoyándose en el enorme cuello de Acedero para equilibrarse, hasta que le pareció el momento.
Una, dos y… tres.
Con rapidez, pasó una pierna sobre el ancho lomo de Acedero y —con la mayor delicadeza posible— saltó sobre él.
Por un instante, Merryn no se movió; contenía el aliento, aferrada con ambas manos a la crin enredada. ¿En serio lo estaba montando? Acedero irradiaba calor y Merryn sentía el lento ritmo de su respiración. Le rascó el cuello con el dedo índice y, como si de una señal se tratara, el caballo avanzó.
Merryn tensó hasta el último músculo del cuerpo, enterrando las orejas en los hombros. Era extraño, pero aquella rigidez hizo que se tambaleara. Acedero se detuvo.
Respira hondo.
Afloja los puños.
Relaja los pies.
Ella soltó las crines, colocó una mano a cada lado de la cruz y cerró los ojos.
Sin prisa pero sin pausa, relajó los músculos de las piernas, del trasero y del abdomen, del pecho y de los brazos; con ello se calmó su respiración.
Sacó un pie del agua fría hasta rozar con los dedos el suave lateral del hocico.
Con un repentino chapuzón, la foca asomó del agua justo a su lado. Merryn le dio un toque en el morro con el dedo gordo del pie y se rio cuando la foca se lo devolvió. Acedero salpicaba, juguetón.
Se sentó bien erguida, volvió a agarrarse a la crin y relajó las piernas contra los flancos de Acedero hasta que, con otra rascadura del dedo índice, lo hizo avanzar de nuevo. Con un potente impulso, el caballo se adentró en el agua.
Era como montar en un gigantesco caballito balancín.
Cada zancada parecía inmensa, ondulante, pero Merryn se sentía por entero a salvo, asida a la crin de Acedero para no caerse. Imaginaba que, si cerraba los ojos, el caballo podría llevársela a donde quisiese y ella iría encantada, con tal de no separarse de él.
Estaba tan sumida en aquel mundo que no distinguió, entre los berridos de los chicos del acantilado, los chillidos de una voz femenina. La de Lowen.