Capítulo 13
D ime.
Acedero sabía escuchar.
Merryn le contó los problemillas (como que Tressa le cogía sus cosas y se las dejaba por ahí), los problemas (como que Lowen siempre estaba de morros) y los problemones (como que mamá se pasaba el día en el sillón y que papá había salido de casa una noche de tormenta para no volver).
Algunos días mamá amanecía algo mejor, pero nunca bien del todo.
Merryn veía que lo intentaba. A veces, incluso tenía fuerzas para sentarse a la mesa con ellas, escuchando el parloteo de Tressa sin pronunciar palabra.
Pero hasta el gesto más nimio la agotaba, y enseguida se volvía al sillón o a la cama.
Los momentos buenos daban esperanza a las tres hermanas, aunque Merryn percibía que para Lowen no era suficiente. Jamás habr ía imaginado que su hermana mayor pudiera mostrarse tan huraña, y esperaba contra todo pronóstico que aquello no durase mucho.
Sentada en la playa una mañana, Merryn observaba cómo Acedero entraba y salía del agua.
Le encantaba contemplarlo, ver ondear la crin y la cola.
¿Cómo sería montarlo, sentir también ella esa libertad?
Soñaba con galopar. Pero Acedero era inmenso y salvaje, y ella no se creía con derecho a tratarlo como a una mascota.
Era demasiado menuda, demasiado mediocre, para disfrutar de semejante privilegio.
Unos chorlitos se posaron en la orilla y emprendieron su correteo hacia delante y hacia atrás siguiendo el vaivén del agua, con las largas patitas moviéndose a una velocidad endiablada para copiar el ritmo de las olas.
Una cría de foca arrastró su piel plateada hasta la arena seca, vio de pronto a Merryn y regresó con precipitación al mar, haciéndola reír con sus atropelladas panzadas.
La foca aterciopelada pareció volverse de negro satén al entrar en el agua, y Acedero la siguió, levantando salpicaduras con sus altas zancadas.
Las espumosas crestas blancas de las olas —cabrillas, les llamaba papá— parecían saludarlo mientras su inmensa mole se adentraba en el océano.
Era como si todos los elementos —la tierra, el agua— fueran su hogar.
En cuestión de segundos estaba mar adentro, nadando con poderío.
Merryn se desabrochó el peto sin dudar, lo arrojó sobre la arena seca y corrió hacia la orilla.
El picor de la sal le evocó recuerdos de su familia en la playa y, durante unos instantes, contuvo la respiración.
Le parecía oír los grititos de alegría de Tressa —poco más que un bebé— y ver las largas piernas de Lowen corriendo a lo loco para pillar a papá antes que ella.
Siempre ganaba Lowen, desde luego, pero a veces papá huía hacia Merryn como quien no quiere la cosa, para darle una oportunidad.
Mamá llevaba a Tressa de la manita, mostrándole los tesoros que el mar había dejado en la arena.
Merryn y papá solían nadar hasta una roca desde la que se zambullían. De pequeña estaba convencida de que era la roca en la que se sentaban las sirenas para cepillarse el pelo. Incluso de mayor, papá la izaba, la sentaba en la roca y le decía, riéndose:
—¡Mira qué sirena tan guapa!
Por entonces tenían una perrita, Ginny, que en los recuerdos de Merryn siempre aparecía vieja y despeluzada.
Correteaba por la arena, aunque sin alejarse de la toalla y el cesto de la merienda.
Murió poco después de papá, y la pena de perderla se diluyó e incorporó, de algún modo, al duelo de perderlo a él.
Merryn se adentró en el mar a la zaga de Acedero hasta que el agua le llegó al pecho.
Con un mínimo impulso de los pies, se echó a nadar.
Acedero dio media vuelta y avanzó hacia ella, vadeando con amplias zancadas, la larga cola en su estela.
La foca nadaba junto a ellos; giraba y buceaba sin esfuerzo bajo Merryn, como en una danza submarina.
Los cascos de Acedero surcaban el agua. Abría camino con las patas delanteras y coceaba con las traseras, impulsándose con fuerza entre las olas.
El cansancio y el frío no tardaron en hacerse notar. Mirando a su alrededor, Merryn comprendió que se habían alejado de la orilla más de la cuenta.
Una ola le cubrió la cabeza de agua salada; emergió resollando. De pronto fue consciente de la inmensidad que la rodeaba, que se abría bajo ella. Al mirarse los pies, constató que no alcanzaba a ver el fondo, solo un azul profundo, profundísimo …