La niña que soñaba con caballos Capítulo 12
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Capítulo 12

A la mañana siguiente, ola tras ola de emoción e impaciencia inundaba a Merryn en su apresurado retorno al árbol de los reyezuelos.

¿ Encontraría a Acedero? ¿O era fruto de su fantasía? Al fin y al cabo, tenía una «imaginación desbordante » , tal y como llevaba oyendo en todas las tutorías desde los cinco años. Cuando se lanzaba a escribir cuentos, olvidaba la ortografía y la gramática.

—Esta niña está siempre en su mundo —comentaban los maestros con frustrado afecto.

Con el tiempo, Merryn descubrió que era una forma indirecta de decir: « Debe atender más en clase » .

Tal vez eso explicase por qué le gustaba tanto estar sola: podía distraerse horas enteras imaginando cualquier cosa sin que nadie le echara la bronca. ¿Sería Acedero producto de aquel hábito? ¿Se lo había imaginado?

Un remolino de dudas le subió por el cuerpo desde las plantas de los pies. Acedero tenía que ser real, tenía que aparecer. ¡Tenía que existir!

Con paso lento y vacilante, Merryn se acercó al claro.

—Acedero… ¡ Acedero! ¿Estás ahí? —susurró, y de pronto frunció el ceño.

En medio del claro había algo nuevo: una montaña de madera carbonizada dentro de un círculo de piedras. Salpicadas a su alrededor, vio latas vacías y aplastadas.

Si se enfadó, no fue solo por la basura. Alguien había invadido su espacio. Allí nunca iba nadie. Era como si un intruso se hubiera colado en su dormitorio.

Y sabía quién: los chicos mayores. ¿Por qué no se quedaban al borde del acantilado, en la caravana donde pasaban las horas? ¿Qué se les había perdido en su claro?

Merryn se estremeció. No le gustaban los acantilados.

Ni la caravana. Una vez, a los seis años, había entrado en ella jugando al escondite y la puerta se atascó.

Se le hizo eterno el encierro: aporrear la puerta, llamar a gritos a Lowen por las grietas de la madera, llenas de telarañas.

Lowen decía que solo habían sido unos minutos, pero a ella le pareció un siglo.

Merryn comenzó a meter las latas en la bol sa de basura para deshacerse de ellas al volver a c asa.

Una brisa movió las hojas resecas, sin apenas ruido. Más sonoro era el latido expectante de su corazón, que de pronto oía dentro de la cabeza y percibía en las yemas de los dedos. Cantaban los pájaros. Un mosquitero y un petirrojo, le pareció. Pero ni rastro de su caballo.

Se quitó las botas y dejó que sus pies se fundieran con el frescor de las hojas y la tierra que cubrían. Moviendo los dedos, cerró los ojos y respiró con el ritmo largo y pausado del bosque, escuchando.

Nada.

Dando un suspiro de desilusión, se sentó con las piernas cruzadas al pie del árbol. Apoyó la barbilla en una mano y estudió el suelo del bosque, pasando los dedos sobre la hojarasca.

Recordó las cabañitas de palos que construía allí con Lowen y papá, cuando a Lowen todavía le gustaba jugar con ella y no le importaba ensuciarse las uñas.

Deseaba evocar momentos felices en familia, pero le dolía pensar que se habían esfumado, asfixiados por la tristeza.

Recogió palos y hojas, los colocó con cuidado ante sí y, al mirar a su alrededor en busca de más, se percató de que las hojas que tenía delante estaban aplastadas, como si algo muy grande se hubiera tumbado allí.

Se le aceleró el corazón justo en el instante en que un aliento cálido se posó sobre su coronilla. Cerró los ojos un segundo para saborear el momento. Los abrió y allí estaba.

La gran cabeza de Acedero eclipsaba el sol que bañaba el bosque, respirando sobre ella por sus enormes ollares.

Al principio solo distinguió un contorno hermoso, pero más tarde, cuando sus ojos se adaptaron a la claridad, identificó los dibujos de ramitas y las motas verdes, la crin de tallos y las blandas orejas de acedera.

El caballo saludó a Merryn con un resoplido y acercó el morro a su mano, llenándose de sol. Inspirando su aroma dulce y terroso, ella sintió que se desvanecía la tristeza y que una pleamar de felicidad inundaba hasta la última célula de su cuerpo.

Estoy aquí.