La niña que soñaba con caballos Capítulo 11
37%

Capítulo 11

—¿C on quién hablabas? ¿Y de dónde vienes? —le espetó Lowen entre dientes, sin dar tiempo a que Merryn cerrara la puerta a su espalda—. Muy mal, Merryn. ¡Sabes que tienes que volver antes de que anochezca!

—Sí, ya lo sé —respondió Merryn sin aliento—. Perdón. Es que… perdí la noción del tiempo en la playa y luego vi un zorro y…

Lowen ya había desconectado, acostumbrada como estaba a oír a Merryn parlotear sobre zorros, pájaros, tejones y cualquier ser con el que se topase. Volvió a la cocina, donde se respiraba un apetecible aroma a sopa y a pan recién horneado.

—Por lo menos saca los cuencos y los cubiertos, ¿no? —le dijo Lowen con un deje de frustración—. Y llama a Tressa. Creo que está jugando en su cuarto.

Merryn encontró a mamá en su sillón, donde la había dejado al salir esa mañana. ¿De veras llevaba todo el día allí sentada?

Ardía en deseos de contarle a su madre lo ocurrido.

Ansiaba hablarle sobre el caballo nacido de la tormenta.

El caballo que ella misma había creado, el amigo con el que siempre había soñado.

Pero temía empeorar la situación. Prefirió buscar la concha diminuta en el bolsillo.

La colocó en la mesita y la deslizó hacia su madre.

—Mira, mamá —le habló, bajito—. He encontrado una concha con rayas azules, como te dije. Es perfecta, la mejor que he traído nunca, creo yo. No sabes lo bonito que estaba el día, mamá… —Calló.

Mamá asintió y, aunque trataba de decir algo, no le salieron las palabras. Estaba blanca como la cera y tenía las manos heladas y resecas.

Merryn se preguntó si su madre todavía conservaba el sentido del oído cuando pasaba las horas en el sillón. A lo mejor era buena idea contarle lo del caballo de la tormenta, hablarle de Acedero; a la vista estaba que no se levantaría de un salto para hacer nada al respecto.

En el alféizar descansaba un cuenquito algo deforme que Merryn había modelado en barro a los siete años.

Lo usaba para guardar minitesoros marinos: conchitas de caracol, diminutas vieiras de rayas anaranjadas y caracolas en espi ral con zonas de brillante madreperla.

Colocó la concha nueva junto al cuenco, al lado de otras que también eran demasiado especiales para mezclarse con las demás.

Sí, era la mejor que había encontrado nunca.