La niña que soñaba con caballos Capítulo 9
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Capítulo 9

M erryn y Acedero se detuvieron donde terminaba el bosque. Desde allí, un sendero descendía hacia el mar.

Los chicos mayores pasaban por aquella zona a veces, en dirección a los acantilados. Estaban en el curso de Lowen y eran brutos y gritones. Le decían idioteces a Merryn o le llamaban cosas feas en el autobús escolar. Ella los evitaba siempre que podía.

Pero ese día no había nadie. Suspiró, aliviada. Con la mano en la áspera crin, hizo andar a Acedero.

Fuera de la sombra del bosque, las texturas de su pelaje forestal se apreciaban mejor. Distinguió el marcado dibujo de ramitas, musgo, acedera y liquen. No era ni verde ni gris, sino de un tono intermedio, con círculos musgosos como los del abedul. Las largas orejas vibraban.

—Estamos solos —lo tranquilizó Merryn—. Papá decía que esta era nuestra playa secreta…

Lowen, Tressa y mamá no habían vuelto desde el accidente. Merryn sabía que a Tressa le habría encantado, pero era demasiado pequeña para ir sin un adulto. Además, a Merryn le gustaba que la playa fuera para ella sola. Suya y de papá.

Acedero y ella bajaron juntos, percibiendo los aromas y los sonidos del mar con más intensidad a cada paso. Acedero aguzaba las orejas y erguía la cabeza. Alargó la zancada conforme descendía, como si tirara de él una fuerza invisible, o como si fuera a encontrarse con un amigo.

Al doblar el recodo, Merryn sintió el vuelco de felicidad de siempre.

La arena se extendía al encuentro del agua, con rocas y pozas a cada extremo de la cala, al pie de los imponentes acantilados, pálidos y quebradizos. Pequeñas volutas de nubes blancas esmaltaban el azulado telón de fondo. Su playa secreta.

Varado y encadenado a la derecha del sendero estaba el bote de papá, el Frailecillo .

No se hacía a la mar desde el accidente y la pintura roja empezaba a desconcharse.

Cubierto con una lona, descansaba sobre el herrumbroso remolque de dos ruedas en el que papá lo bajaba hasta el agua.

Los neumáticos negros se veían grisáceos por efecto del sol y parecían deshinchados.

Bajo el casco, una colección de conchas y piedrecitas seguía en la arena, donde Merryn la había dejado.

A menudo se sentaba allí, amparada por la sombra del bote, para pensar en su padre.

Las conchas se habían convertido en una especie de ofrenda a su memoria, del mismo modo que regalaba a su madre tesoros del mar para enriquecer la colección del alféizar.

Nunca le importaba que se las llevara el mar; era como si papá acudiera por ellas.

—Este es mi sitio favorito, aparte del bosque —le dijo Merryn a Acedero—. Como casi nadie sabe que existe esta ensenada, siempre teníamos la playa para nosotros. Tú también estarás a salvo aquí —indicó, palmeando al caballo en el cuello.

Acedero soltó un gran bufido y se alejó trotando por la arena.

El trote se transformó en galope, corto primero, tendido después, a medida que el caballo describía vueltas y saltos, con la crin salvaje ondeando al viento y los cascos elevándose en el aire.

Su pelaje verde bosque pareció cambiar de color para reflejar los tonos de la playa, con dibujos de algas y conchas en vez de ramas y hojas. Refulgía como el sol sobre el agua.

Merryn corrió tras él con los pies descalzos. Notó el retumbar de los cascos en la arena y chilló de alegría.

—¡Yujuuu! —gritó. Acedero contestó con un relincho eufórico cuando juntos corrieron hacia las olas.