Capítulo 8
D esde arriba le llegaba un aliento cálido. Olía a tierra mojada y agujas de pino. A sal y algas.
Por un momento, Merryn creyó que se había adormilado en el claro, con el sol bañándole el rostro. Luego, fue consciente de otra sensación: un dolor martilleante en la nuca.
Parpadeando y entrecerrando los ojos, intentó interpretar los claroscuros que iban y venían a su alrededor. Algo enorme volvió a moverse.
Sobre ella se erguía la forma inconfundible de un caballo.
Los blandos ollares vibraban con suavidad, expulsando un aliento calmo que le acariciaba la cara como las olas besan la orilla, llevándose consigo el miedo y el dolor.
Merryn se incorporó con cautela sobre los codos. Petrificada, contuvo la respiración cuando el caballo le frotó la cabeza con el morro, haciéndole cosquillas en el pelo revuelto.
«Estoy aquí», parecía decir.
—Hola —susurró Merryn—. Hola.
Extendió la mano con vacilación para tocar las largas crines enrolladas, que pendían como una cortina de flecos del robusto cuello crestado.
Tenían un tacto raro, casi como si estuvieran hechas de tallos y algas secas.
Su mirada recorrió la crin hasta las patas y los cascos.
Parecían brotar del suelo, una maraña de ramas, tallos y palitos entretejidos.
Merryn se puso en pie con dificultad, acercándose para tocar el flanco del caballo cuando la curiosidad pudo más que el miedo.
Áspero y tosco en algunas zonas, pero al tiempo cálido y suave, daba la impresión de moverse y respirar como un caballo de verdad, pero parecía estar fabricado —sí, fabricado— con materiales del bosque.
Era idéntico al caballito que había confeccionado el día anterior con palitos, piedras y acedera, con hiedra y pelusa.
—No puede ser —musitó.
Notaba que los flancos del caballo subían y bajaban con cada respiración, pero, al palparle de nuevo el cuello, descubrió una trencilla blanca entre la maraña de crin verde.
Subía por la cresta del pescuezo y bajaba a continuación hasta el copete de la frente.
Las orejas, largas y bien formadas, se movían adelante y atrás con la suave curva de las hojas de acedera que había utilizado Merryn.
—Acedera… —murmuró al alzar la vista para contemplarlo. Supo sin más que el caballo se llamaba Acedero—. Eres mi caballo de hojitas. Te hice yo. Te hice ayer, antes de la tormenta…
Y entonces se sobresaltó, porque un recuerdo acababa de fulgurar en su memoria: el gigantesco rayo en zigzag caído sobre el corazón del bosque la noche anterior. Era como si aquel impacto hubiera infundido vida a su caballo. «Un caballo de tormenta», pensó, aturdida.
Merryn pasó la mano por la mejilla del caballo y, al ladearle el enredado copete, dejó a la vista un ojo brillante. Era negro como el cielo nocturno, más profundo que el mar, y albergaba una alocada danza de chispas eléctricas.
Cara a cara, sosteniéndose la mirada, Merryn y el caballo se observaron en diálogo silencioso.
¿Por qué había ocurrido aquello?
¿Por qué entonces?
¿Qué debería hacer ella?
Sabía que en el mundo había todo tipo de personas —las que no lo comprenderían, las que se asustarían, las que querrían llevárselo—, y Merryn halló en ese mismo instante la respuesta a, al menos, una de sus preguntas.
No se lo contaría a nadie.
El enorme caballo cambió de posición con lentitud y comenzó a alejarse.
Ven conmigo.
¡Qué silenciosos eran aquellos cascos gigantescos! Lo siguió sin dudar. Sus pies adoptaron enseguida un ritmo apresurado, esforzándose en seguir la marcha de las largas zancadas.
Era todo muy extraño, pero Merryn se sentía inundada por intensas oleadas de paz mientras el bosque entero —cada hoja, cada rama, cada ave— parecía entretejerse para protegerla.