Capítulo 7
S alir de casa fue como emerger a la superficie tras el revolcón de una ola. Merryn inspiró el aire dulce y húmedo. El sol matutino era radiante y prometedor, como si la tormenta de la víspera no hubiera existido.
Merryn deseó que todas las negruras pudieran desaparecer tan rápido y tan fácil.
Pronto llegó al borde del bosque, donde se apoyó en el tronco plateado de un haya para descalzarse. Cuando se disponía a quitarse la bota izquierda, vio la alfombra de ramas y hojas en el sendero y desistió. No era buen día para ir descalza.
Prudente, se adentró en el bosque por el camino de siempre. Si la tormenta era capaz de romper ramas, pensaba Merryn, ¿qué no haría con criaturas tan diminutas y frágiles como los reyezuelos?
Apuró el paso, tratando de no tropezar, agachándose para pasar bajo las ramas y esquivando charcos. Al doblar el camino, frenó en seco.
El claro en el que el día anterior había des cansado con tanta paz era un revoltijo de troncos, ramas, hojas y hiedras.
Pero en el medio, indemne, se alzaba aún el árbol de los reyezuelos.
Merryn no daba crédito. Pasó sobre los restos de los otros árboles, menos afortunados, y se sentó a horcajadas en un tronco caído. Los reyezuelos seguían anidando con afán. Los miró, sonriendo. ¿Cómo se habían librado?
Incluso allí costaba olvidar lo que pasaba en casa.
Todavía tenía el corazón y el pensamiento heridos, zarandeados por la tormenta; llevaba en el pecho una tristeza que le recordaba a la época gris inaugurada por la muerte de su padre.
Semanas y meses que habían sido los peores de su vida.
Por entonces, estaba convencida de que el gris no se iría jamás.
Pero un día, recordó, se rio tanto cuando Tressa se arrancó a imitar a una gallina que escupió el zumo por toda la mesa, y las demás se carcajearon a su vez.
Se reían de que las otras se rieran, y aquel era uno de los recuerdos bonitos que le inspiraban felicidad, pero también un poco de tristeza, cada vez que le venía a la memoria.
Su madre nunca había sido muy dada a reírse —ni siquiera antes del accidente—, pero cuando le entraba la risa se desternillaba hasta que se le caían las lágrimas. Las únicas que le brotaban últimamente eran mudas gotitas de pena, acumuladas hasta rebosar.
Merryn pensó que debía de ser extenuante cargar con una tristeza que la colmaba en todo momento y rebosaba a la menor sacudida. Sabía que no era culpa de su madre, que ella hacía lo que podía; aun así, a veces no podía evitar sentir una marea de rencor subiendo en su fuero interno.
«¿Qué ha sido eso?». Tras el fresno se rompió una ramita y Merryn tuvo la brusca sensación de no estar sola.
Se sentó derecha, dispuesta a salir corriendo, aunque no sabía muy bien por qué.
«Será un ciervo», se dijo. En aquella zona del bosque nunca había nadie.
—¿Hola? —habló con voz temblorosa.
No hubo respuesta.
Pero seguía percibiendo algo. Una presencia. El aire parecía hormiguear, como cargado de estática.
Se inclinó hacia delante para escudriñar por detrás del enorme tronco del árbol de los reyezuelos.
Otro ruido, como una respiración.
Se le aceleró el corazón —le latía en la cabeza— y la tentación de salir huyendo se volvió casi irresistible. ¿Qué era aquello? Al pensar que quizá se tratase de un animal herido en la tormenta, se calmó. Lo suyo era ayudar.
Bajó del tronco con lentitud y dio un paso en dirección al árbol de los reyezuelos.
Pero detrás del tronco no había nada, salvo más árboles, ramas y sotobosque.
Confusa y un poco avergonzada, Merryn se relajó y soltó el aire.
Y entonces aquello se movió.
Nada en concreto. El bosque entero.
El pánico se propagó por el cuerpo de Merryn como un incendio. Retrocedió sobre el resbaladizo ramaje caído, perdió el equilibrio y se fue al suelo.
Con un ruido sordo, su cabeza impactó contra algo duro.
Quedó tendida en el bosque, mirando hacia la luz borrosa de lo alto. Lo último que vio antes de cerrar los ojos fue una sombra oscura que se cernía sobre ella.