Capítulo 6
A la mañana siguiente, la tormenta se había agotado.
Merryn entró descalza en la cocina, donde Lowen preparaba las tortitas de los domingos. Tressa ya estaba sentada a la mesa, con la boca manchada de azúcar. Ni rastro de mamá.
Mientras rompía una tortita caliente con los dedos, Merryn miraba por la ventana. Ya no había truenos ni aguaceros. Los había reemplazado una claridad serena. El cielo estaba azul y, si miraba más allá de los árboles, alcanzaba a distinguir el fulgor turquesa del mar.
Merryn estaba deseando salir. Ansiaba comprobar si la tormenta había hecho estragos en el bosque.
¿Habría caído un rayo en el nido de los reyezuelos?
Quería bajar a la playa secreta. Después de una mala mar, siempre era buen momento para encontrar tesoros, como vidrios pulidos y conchas raras.
Se llevaría una bolsa para recoger la basura escupida hacia la costa por el oleaje.
Un arrastrar de pies las alertó.
Era mamá, vestida pero despeinada, y con una expresión que aunaba dolor y vacío. Miró a las niñas un instante, sin pestañear —nadie se movió—, y luego se acercó con paso lento al sillón y se sentó.
Lowen puso una tortita en un plato y se la dio.
—Toma, mamá. Recién hecha.
Posó el plato en la mesita y alargó la mano para coger la manta que Merryn había dejado en el respaldo. Con cuidado, la estiró sobre el regazo de su madre y fue a la alacena en busca de un vaso de agua y otra cosa.
Lowen se movía con aplomo, serena al atender a su madre. Merryn la observaba maravillada. ¿Sería ella capaz de hacer lo mismo? Le parecía que no sabría cómo actuar si nadie se lo indicaba. Y también creía que no tendría paciencia.
Arrodillándose junto al sillón, Lowen elevó el vaso de agua y abrió el puño para revelar tres pastillas: dos redondas de color rosa y una blanca de forma ovalada.
—Mamá, la medicación —dijo en voz baja.
Torpe, mamá se llevó las pastillas a la boca y se las tragó con un sorbo de agua, obediente. Pestañeó despacio.
Merryn perdió el apetito. Su único deseo era salir, alejarse de aquello.
No quería mirar; se asfixiaba de pronto en aquella quietud, sentía el impulso irrefrenable de saltar, alborotar, gritar, dar voces, hacerse ver.
Le hizo falta un esfuerzo inmenso para contenerse.
Apresurada, llevó el plato al fregadero y volvió corriendo a su habitación.
Vestirse y lavarse los dientes la sosegó. Se pasó los dedos por la melena enredada y, como todas las mañanas, no encontró ni el cepillo ni el coletero, de manera que se dejó el pelo suelto y a su aire. Lo prefería así, de todas formas.
Antes de salir, Merryn respiró varias veces, armándose de valor. Se acercó al sillón y tocó a su madre en el brazo. Tressa le cepillaba el cabello con delicadeza, cantando bajito.
—Mamá, salgo —dijo Merryn sin levantar la voz—. Voy a ver cómo está el nido del que te hablé, y también a buscar conchas de las que te gustan, las de rayitas azules. Si hay suerte, te traeré una.
Los ojos de mamá se giraron con lentitud hacia ella.
Se veían pequeños y cansados, rodeados de las arrugas y las ojeras que delataban una noche en vela.
Por un instante, pareció que estaba a punto de decir algo, pero Merryn casi alcanzó a ver la maraña de ideas que daban vueltas y más vueltas dentro de su cabeza, impidiendo que salieran las palabras.
—Te quiero, mamá.