Capítulo 5
E l sillón de la ventana tenía más años que Merryn, y el cuero estaba tan blando y gastado que formaba un cómodo nido en el que arrellanarse. Era un perfecto mirador de tormentas.
Recolocó los cojines y se tapó con la manta de lana.
Aunque no era su favorita —raspaba un poco y tenía agujeros en los que no podía dejar de hurgar—, si ponía mucho empeño, a Merryn a veces le parecía que todavía olía un poco a papá.
No a papá en sí, más bien a madera y a humo; como al recuerdo de sentarse a tostar nubes de azúcar en la chimenea exterior que él había construido.
La encendía todos los fines de semana, y el pelo y la ropa siempre le olían a humo, igual que las mantas en las que se arrebujaban Merryn y sus hermanas.
El zigzag de los rayos electrificaba el cielo, convirtiendo los árboles en contornos negros, y en el mar iluminaba un reflector sobre las olas encrespadas, como si estuvieran bailando en un escenario.
De pequeña, a Merryn le encantaba ver las tormentas con su padre. Él l a abrazaba muy fuerte para que no sintiera ni pizca de miedo.
Esa noche se abrazó a sí misma y se preguntó c ó mo se sentirían los animales del campo con la que estaba cayendo. ¿ Qué pensarían un conejo o un ciervo, o los diminutos reyezuelos? ¿Tenían miedo? ¿Y los peces, las focas, las ballenas? Por un instante imaginó barcas diminutas en un oleaje titánico.
No, en aquello no podía pensar. Debía impedir que sus ideas recalasen allí.
El siguiente rayo serpenteó en el cielo como una víbora eléctrica lanzándose sobre su presa. El estruendo del trueno llegó de repente, y fue tan colosal que Merryn se sobresaltó y se mordió la lengua.
De fondo oía la melodía suave de Lowen leyéndole a Tressa en su habitación.
Era salvaje, impredecible, terrorífico, pero Merryn no conseguía alejarse de la ventana. El corazón le latía a mil por hora; le sudaban las palmas dentro de los puños apretados.
Observó cómo el rayo forjaba su camino a través del cielo y descendía hasta internarse en el corazón del bosque.