La niña que soñaba con caballos Capítulo 4
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Capítulo 4

L as tres hermanas se miraron. Tressa con los ojos llorosos y los labios sellados, Lowen con una tensión en la mandíbula por la que Merryn supo que estaba apretando los dientes.

—No hagas eso —dijo Merryn, mirando a su hermana mayor con el ceño fruncido.

—¿El qué?

—Ya sabes —contestó Merryn, chocando los dientes—. Acabarás con jaqueca.

Lowen relajó la mandíbula y esbozó su dulce sonrisa, que le dibujó hoyuelos en las mejillas.

—Venga —dijo, echando un vistazo a la mesa desordenada—. Recojamos.

Estalló un relámpago y Merryn contó por lo bajo mientras recogía los platos. ¿Estaba muy lejos la tormenta?

Tressa se limpió la nariz con la manga.

—¿Se irá rápido, como la última vez?

—Dieciocho, diecinueve…

Atronó un sonoro estruendo, como si unos gigantes lanzasen peñascos ladera abajo.

¡Tras! Otro latigazo de luz rasgó la noche y dieron un respingo. Merryn reanudó la cuenta.

—No me refiero a la tormenta —dijo Tressa—, sino a… Bueno… A mamá. —Miró a Lowen en busca de consuelo y luego hacia el sillón de la ventana—. La última vez duró poco. A lo mejor está mejorando, no sé.

Lowen suspiró. Atrajo a Tressa hacia sí y le revolvió el pelo.

—No podemos controlarlo ni pararlo. Es como la tormenta, llega cuando le parece y…

Un tremendo trueno la acalló a media frase. Inmóviles, con los pies bien afianzados en el suelo, se prepararon para lo que venía. Lowen sostenía a Tressa por los hombros.

—… no sabemos si será muy fuerte hasta que empieza —concluyó.

—Doce segundos. Se acerca —indicó Merryn.

—Venga, pececito —dijo Lowen a Tressa—. Enséñame ese libro del que tanto hablas. El de la ballena y la sirena.

Guio a Tressa hacia su dormitorio, con una mano en su espalda.

Merryn aguardó un instante y recorrió el pasillo de puntillas en dirección al cuarto de su madre. La puerta estaba entornada y se detuvo de nuevo

Apenas distinguió la forma de su madre en la cama, encogida de costado y con la cabeza bajo una almohada en la que clavaba los dedos. Las cortinas estaban echadas.

Sin hacer ruido, retrocedió y exhaló despacio. No se había dado cuenta de que contenía la respiración. La casa entera pareció iluminarse cuando otro rayo surcó los cielos. Oyó que la lluvia comenzaba a tamborilear primero y a bramar después contra las ventanas.