Capítulo 3
D e pie, Merryn se quitó las botas y las mandó de una patada a su sitio, bajo el caos de abrigos del perchero.
La casa estaba desordenada pero limpia. Un sitio para cada cosa y cada cosa…
en cualquier sitio. De la cocina salía danzando hacia ella una luz acogedora.
Sus pasos blandos dejaron huellas mojadas en la madera.
Lowen y mamá se afanaban sobre una olla que hervía a fuego lento. Probaban con una cuchara y debatían si añadir más sal y finas hierbas. Lowen debía de haber dicho algo gracioso, porque mamá se reía bajito, con una cadera apoyada en la encimera y acentuando sus palabras con la cuchara.
Tressa cantaba una balada pop mientras ponía la mesa; se detuvo para usar una cuchara a modo de micrófono, cerrando los ojos al atacar una nota larga. Se sabía todas las canciones de moda gracias al radiodespertador de su mesilla de noche, un cubo blanco que se iluminaba al sonar la música.
Merryn se acercó a su hermana pequeña por detrás y le tiró de una coleta. Sabía que a Tressa le daba rabia aquella broma y no perdía ocasión de hacérsela.
—¡Ay! ¡Merryn, para! ¡Mamá, Merryn está otra vez tirándome del pelo! —se quejó Tressa, aunque sonreía.
—Merryn, haz el favor —dijo la madre, pero no estaba molesta de verdad—. Lávate, anda, que ya está la cena.
Merryn le sacó la lengua a Tressa mientras se lavaba las manos en el fregadero. La salpicó un poco, de propina.
Cuando se sentaron a cenar, Merryn les habló de los reyezuelos; según sus cuentas, habían entrado y salido del nido cuarenta y siete veces, si no más.
La única que la escuchaba de veras era su madre, pero se sentía tan a gusto que no le importó.
Deseaba que el tiempo se detuviera y así conservar para siempre aquella felicidad, aquella placidez.
Y quizá, si seguía hablando, lo lograría.
—Ojalá el nido resista la tormenta —concluyó, casi sin aliento.
Cuando pasó la mirada de Lowen a Tressa, las vio tensar los hombros y bajar la cabeza al percibir que el malestar se arremolinaba sobre su madre, como nubes negras sobre la bahía.
¿Cómo se le ocurría mencionar la tormenta? Sabía de sobra que no debía hablar de nada que pudiera recordarle a su madre aquello .
Aquella noche, aquella tormenta.
La tormenta que se lo había arrebatado todo a su familia.
El ánimo de su madre podía cambiar en un segundo.
No se enfadaba ni gritaba, pero desde el accidente de papá pasaba de canturrear mientras removía una olla a convertirse en una estatua silenciosa e inmóvil, como quien apaga una luz.
Era como si dentro de su mente hubiera un interruptor, y Merryn sabía que acababa de pulsarlo sin querer. La luz se había apagado.
Se revolvió en la silla, incómoda.
—Este guiso está riquísimo, mamá. Creo que va a ser mi favorito.
Pero la mirada de la madre ya se velaba. Terminó de masticar lo que tenía en la boca, muy despacio, y dejó los cubiertos en el plato sin hacer ruido. Le temblaba una pierna.
¡Tras!
El restallido de un rayo hizo que Merryn saltase en su asiento, tanto que se golpeó la rodilla con la mesa. Lo siguió el chirrido de la silla contra la madera.
Aquel ruido la atravesó, más aterrador que el mismísimo trueno, cuando su madre se levantó de la mesa y se marchó arrastrando los pies.
Se había terminado la cena.