Capítulo 2
D e mala gana, Merryn recogió las botas y echó a andar de vuelta a casa. Le encantaba ir descalza, sentir el frescor del bosque bajo los pies. Era como recargarse de energía natural.
Los brotes nuevos —jacintos silvestres, acederas, ajo de oso— bordeaban el sendero que ella misma había creado con los años, y los helechos se desenrollaban en unos tallos secos solo en apariencia.
Hacia la linde del bosque, donde una hilera de árboles montaba guardia como soldados, el camino se ensanchaba al desembocar en un muro de claridad.
Tras hacer un alto para calzarse las botas a la pata coja, Merryn echó a correr.
En la puerta, con la mano ya estirada pero vacilante, sintió la habitual punzada de ansiedad. Aferró el picaporte flojo y lo giró.
En ese instante, desfiló por su mente un carrusel de escenas: risas, canciones, bailes…
Llantos, peleas, gritos. Y, lo peor de todo, silencios.
Merryn se había topado alguna vez con todas y cada una de aquellas escenas al abrir la puerta.
Por eso, estaba entrenada para afrontar, sin que se le notase lo más mínimo, las diferentes versiones de su hogar, al margen de lo que sintiera.
Era como ponerse una capa acolchada, un manto.
Abrió la puerta despacio.
Salieron a su encuentro el aroma a comida y voces alegres.
Merryn exhaló.
Era un buen día.